lunes, 3 de abril de 2017

El feminismo socialista, Aleksandra Kollontái (1872-1952)



La historia de Aleksandra Kolontái es la historia del feminismo socialista y de la revolución rusa protagonizada por las mujeres.
 


Durante un breve periodo de tiempo Aleksandra soñó con un mundo utópico en el que las mujeres se liberaran de lo que ella consideraba sus principales ataduras sociales: la familia, la sexualidad y la maternidad. A pesar de que sus logros no se prolongaron en el tiempo, su vida fue sin duda excepcional y dejó una importante huella en el feminismo europeo de principios del siglo XX.


Una aristócrata rebelde
Aleksandra Mijáilovna Kollontái nació el 31 de marzo de 1872 en el San Petersburgo de los zares, en el final de la esplendorosa época de la Rusia Imperial. Pertenecía a una familia aristocrática rusa de origen ucraniano que anclaba sus raíces más allá del siglo XIII. Su padre, Mikhail Alekseevich Domontovich, era un general al servicio del zar, y su madre, Alexandra Androvna Masalina-Mravinskaia provenía de una familia de campesinos finlandeses que había hecho una gran fortuna en la industria maderera.


Aleksandra estuvo siempre muy unida a su padre, quien inculcó en la joven el interés por la historia y la política desde una óptica liberal. Con su madre tendría algún que otro conflicto, sobre todo cuando mostró interés por continuar sus estudios, algo que para su madre, no era apto ni necesario para una mujer.


La infancia de Aleksandra fue una infancia feliz gracias a la situación acomodada de su familia. A los 19 conoció al que sería su marido, Vladimir Ludvigovich Kollontai. Este no sería del agrado de su madre, pues era un joven estudiante de ingeniería de origen modesto. El enfrentamiento con su madre no serviría de mucho al futuro de la pareja pues Aleksandra, tras afiliarse en 1896 al partido socialista abandonó a su marido y su hijo para estudiar en Zúrich, centro neurálgico de las jóvenes estudiosas afines a las ideas socialistas. En 1899 se afiliaba al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso iniciando a partir de entonces una carrera trepidante hasta formar parte activa en la revolución bolchevique de 1917.


A la sombra de Lenin

Después de convertirse en la primera mujer elegida por el Comité Central del Partido Bolchevique ese mismo año de 1917, Aleksandra Kollontai se sumergió en la dirección de la Organización de Mujeres Soviéticas conocida como Zhenodtel en 1920 gracias a su nombramiento por parte de Lenin.


Siguiendo las ideas marxistas que situaban a la familia burguesa en el centro de unas estructuras sociales opresivas e inmorales propias del capitalismos, Aleksandra definió su política social y feminista alejada de la estructura familiar. Para ella, como para muchos socialistas, era necesario eliminar el concepto de la familia patriarcal opresora y trasladar la responsabilidad de los hijos y el hogar a la sociedad. Para ello, Lenin y Kollontai imaginaron una red de instituciones como casas-cuna y guarderías, restaurantes y lavanderías públicos, que liberaran a las mujeres de las tareas del cuidado de los niños y de la casa1.


Durante los primeros años de la revolución rusa, la directora de la Zhenodtel promulgó varias leyes que liberarían a las mujeres a través de sus ideas socialistas. Le dio al matrimonio un carácter civil e igualitario entre cónyuges, facilitó el acceso al divorcio por ambas partes y consiguió la protección estatal a madres e hijos a la vez que hizo gratuita la asistencia maternal en los hospitales.


Los sueños utópicos

A pesar de la Aleksandra Kollontai consiguió avanzar en buena medida en la liberación de las mujeres rusas, dos fueron sus puntos débiles. Por un lado, toda su obra política estaba demasiado ligada a la figura de Lenin quien, en el momento en que dejó de darle su apoyo destituyéndola de la dirección de la Zhenodtel, hizo decaer su influencia política. La destitución vino provocada en buena medida por uno de los puntos del programa ideológico de Kollontai: además de defender la liberación de la mujer alejándola del hogar y de la maternidad, la liberación sexual debía ser el siguiente paso. Pero sus ideas demasiado modernas para su tiempo fueron rechazadas no sólo por Lenin, sino también por muchas mujeres socialistas con unas ideas tradicionalistas demasiado arraigadas.


Por otro lado, su intención de sustituir a la familia por un estado socialista que se hiciera cargo de los roles domésticos, tampoco dio sus frutos. La guerra civil que devastó Rusia tras la revolución bolchevique, trayendo hambre, muerte y desolación, hizo que los que sobrevivieron se aferraran a las instituciones tradicionales, entre ellas la familia.


Así, en 1922, la voz de Aleksandra Kollontai perdió fuerza. Lenin la relegó de su cargo y le asignó tareas diplomáticas. Sin saberlo, Aleksandra se convertiría en la primera mujer embajadora del mundo.


Durante más de 20 años, la gran defensora del socialismo feminista transmitió sus ideas por Europa y Estados Unidos. Mientras Aleksandra defendía con orgullo y profundo convencimiento sus ideas por medio mundo, en la nueva Unión Soviética, Stalin revocaba parte de las leyes que ella había promulgado en defensa de los derechos de la mujer.


Un gran número de artículos y discursos así como varios libros y su propia autobiografía dejaron por escrito sus ideas, sentando las bases del movimiento feminista socialista.


Aleksandra Kollontai moría el 9 de marzo de 1952 en Moscú. Tenía 79 años.

sábado, 18 de marzo de 2017

Marx y Engel


Los nacionalismos
 contra el proletariado



Los nacionalismos son, por su propia naturaleza, reaccionarios. Representan la tendencia contraria a la creación de los grandes Estados, al desarrollo en gran escala de los medios de producción y comunicación. Anteponen sus mezquinas aspiraciones nacionales, en palabras de Engels, a la revolución. Y esto es así desde el primer momento. Cada vez que se presenta una gran ocasión histórica, una gran revolución, ellos toman el bando de la contrarrevolución.





"Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera con sus reivindicaciones surge necesariamente del sistema económico actual, que, con la burguesía, crea inevitablemente y organiza al proletariado.

Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan no por los esfuerzos bien intencionados de algunas que otras nobles personalidades, sino por medio de la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en dejar sentado en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea.

Toda la historia escrita hasta ahora es la historia de la lucha de clases, la sucesión en el dominio y en las victorias de unas clases sociales sobre otras. Y esto ha de continuar hasta que no desaparezcan las bases de la lucha de clases y del dominio de clase: la propiedad privada y la producción social caótica.

Los intereses del proletariado exigen que estas bases sean destruidas, por lo que la lucha de clase consciente de los obreros organizados debe ser dirigida contra ellas. Y toda lucha de clases es una lucha política.


Estos conceptos de Marx y de Engels los ha hecho suyos en nuestros días todo el proletariado en lucha por su emancipación" Vladimir I. Lenin




martes, 7 de febrero de 2017

PASO A NIVEL SIN BARRERA




"La consecuencia de dejar pasar el tiempo es que este se acaba".






Pueden reírse a gusto, pero esta altisonante sentencia de perogrullo fue pronunciada por el President de la Generalitat, Carles Puigdemont, en la reciente reunión de la dirección de su rebautizado partido (Pdecat); y son una palabras tan ambivalentes que no se sabe si intenta amenazar a Rajoy o lamentarse.


Parece más bien lo segundo pues el Govern de la Generalitat retrocede en sus planteamientos. Hace apenas 12 meses consideraron las últimas elecciones autonómicas como plebiscitarias y defendían que el resultado les legitimaba para la independencia por tener más escaños, aún no llegando al 50% de los votos. Apenas tardaron unas semanas en alargar ese objetivo con la promesa de una futura "declaración unilateral de independencia" en un plazo de 18 meses. En octubre ya habían rebajado de nuevo sus metas con la consigna de "referéndum o referéndum" pero sin fijar fecha. Sus portavoces hablan de que como objetivo basta que se les reconozca el derecho a decidir. Y aún empiezan a sonar voces que suplican por una consulta pactada con el Estado. El mismo Puigdemont contestaba estos días en una entrevista que desea reunirse con Rajoy aunque no sea para tratar de la independencia. Y esto tras afirmar hace unas semanas que él abandonará la presidencia y se va a su casa en breve.


Agotados


Son síntomas de desfallecimiento. Ninguneados en la escena internacional, con la totalidad de las cancillerías europeas dándoles la espalda. Con los sectores de la oligarquía española vinculados a Cataluña apostando abiertamente por la unidad: "El Banco de Sabadell podría trasladar su sede -fuera de Cataluña- en caso de necesidad sin tener que someter esta decisión a la aprobación de la junta general de accionistas", afirmó este enero su presidente Josep Oliu. "Mejor juntos que separados", había sentenciado ya hace tiempo Isidre Fainé presidente de Caixabank. Y sobretodo se corresponde a una merma notable en el apoyo popular.


La última encuesta del CEO, un organismo controlado por la Generalitat corroboraba lo que vienen anunciando los resultados y pronósticos electorales: la disminución del apoyo a la separación.


Camuflados


Y si baja en general el apoyo a los partidos independentistas, no digamos ya del batacazo electoral a nivel autonómico que se anuncia (ya se lo dieron a nivel estatal) para el partido de Artur Mas. Tras la ruina de Convergencia, separado de Unió Democrática, acuciado por los procesos judiciales sobre la trama de corrupción del 3%, con su fundador (Pujol) pasando de "honorable" a repudiado, endeudados hasta ver su sede embargada... Y cosechando la mitad de sus tradicionales votos en unas Generales, para quedar reducidos a una fuerza residual en un Parlamento estatal, en el que llegaron a ser el apoyo principal de varios gobiernos. Finalmente este pasado verano tuvieron que cambiarse el nombre y esconderse de urgencia tras nuevas siglas: Pdecat.


Sí todo apunta a que se les acaba el tiempo: el órdago del soberanismo ha chocado con una oligarquía española que no cede ni un euro. Más que el repetido "choque de trenes" que se anuncia, parece que la vieja Convergencia se ha saltado un paso a nivel sin barreras y se le viene encima un tren de mercancías.


Y la izquierda sonámbula



Con este título, antes del referéndum del 9-N por el que estos días se juzga a sus promotores, el vicerector en la Universidad autónoma de Barcelona, Francisco Morente publicaba un artículo en el que ya se preguntaba "qué pinta ahí la izquierda", aceptando que el debate sobre la soberanía y lo identario que dirige y orienta una burguesía temerosa de perder su cuota de poder regional, desplace y oculte las demandas sociales de la mayoría. "La cuestión nacional... contribuye a desinflar la protesta contra la brutal ofensiva que desde el Govern se ha desencadenado contra las clases populares catalanas. Guste o no guste leerlo y oírlo, el susodicho derecho a decidir no hace sino dividir a las clases trabajadoras...". Y este es el centro del asunto: la unidad del pueblo trabajador es una cuestión de principios. Dado que las clases populares suman una inmensa mayoría frente a sus explotadores, dividir para vencerlas es una imprescindible táctica para cualquier burguesía que aspire a su dominio. ¿Qué puede hacer un pueblo dividido frente a las imposiciones de las grandes potencias? ¿No acatan Mas o Puigdemont y Rajoy por igual los mandatos de recortes de EEUU o la UE? ¿No protegen unos y otros los beneficios de los grandes inversores y propietarios contra los intereses de la mayoría? Y cuando Trump enarbola el nacionalismo del cierre de fronteras y los muros, produce indignación oir a portavoces de la izquierda reduciendo el debate en España a conseguir un encaje territorial, como si fuera un problema de tectónica de placas.


Concluía la citada tribuna de opinión con un demoledor: "La izquierda, sonámbula, está en el centro de la pista bailando con su enemigo. Cuando despierte quizás caiga en la cuenta, tarde, de que esto iba de otra cosa. Lucha de clases le decían los clásicos." Pues eso.

domingo, 5 de febrero de 2017

HISTORIA DEL CAPITALISMO A TRAVÉS DE SUS CRISIS (II)



La formación del proletariado








La acumulación originaria comienza con la expropiación forzosa –a través de diversos métodos de usurpación y haciendo uso del terrorismo más inhumano- de los pequeños campesinos propietarios. Así se crea el contingente de proletarios libres y desheredados, privados de la propiedad sobre cualquier medio de producción y de vida, condición imprescindible para el desarrollo del régimen de producción capitalista.

Estamos hablando de un periodo histórico, que arranca a fines del siglo XV y comienzos del XVI, de disolución del régimen feudal y acelerada decadencia de una aristocracia arruinada, de ascenso progresivo de los elementos que conformarán la burguesía, y de constitución de las monarquías absolutas –como un tercer poder independiente que se apoyará en la burguesía en ascenso, beneficiándola con muchas de sus decisiones, para imponer su poder absoluto frente a la aristocracia feudal-.

Veamos cómo lo explica Marx:

2.- CÓMO FUE EXPROPIADA DEL SUELO LA POBLACIÓN RURAL

En Inglaterra, la servidumbre había desaparecido ya, de hecho, en los últimos años del siglo XIV. En esta época, y más todavía en el transcurso del siglo XV, la inmensa mayoría de la población se componía de campesinos libres, dueños de la tierra que trabajaban, cualquiera que fuese la etiqueta feudal bajo la que ocultasen su propiedad. (…) Además, tenían derecho a compartir con los verdaderos labradores el aprovechamiento de los terrenos comunales en los que pastaban sus ganados y que, al mismo tiempo, les suministraban la madera, la leña, la turba, etc.. La producción feudal se caracteriza, en todos los países de Europa, por la división del suelo entre el mayor número posible de tributarios. El poder del señor feudal, como el de todo soberano, no descansaba solamente en la longitud de su rollo de rentas, sino en el número de sus súbditos, que, a su vez, dependía de la cifra de campesinos independientes. Estas condiciones cerraban el paso a la riqueza capitalista.

El preludio de la transformación que había de echar los cimientos para el régimen de producción capitalista, coincide con el último tercio del siglo XV y los primeros decenios del XVI. El licenciamiento de las huestes feudales lanzó al mercado de trabajo a una masa de proletarios libres y desheredados. (…) El florecimiento de las manufacturas laneras de Flandes y la consiguiente alza de los precios de la lana, fue lo que sirvió de acicate directo para esto en Inglaterra. La antigua aristocracia había sido devorada por las guerras feudales, la nueva era ya una hija de sus tiempos, de unos tiempos en los que el dinero es la potencia de las potencias. Por eso enarboló como bandera la transformación de las tierras de labor en terrenos de pastos para ovejas. (…)

La Reforma, con su séquito de colosales depredaciones de los bienes de la Iglesia, vino a dar, en el siglo XVI, un nuevo y espantoso impulso al proceso violento de expropiación de la masa del pueblo. Al producirse la Reforma, la Iglesia católica era propietaria feudal de una gran parte del suelo inglés. La persecución contra los conventos, etc., transformó a sus moradores en proletariado. Muchos de los bienes de la Iglesia fueron regalados a unos cuantos rapaces protegidos del rey o vendidos por un precio irrisorio a especuladores rurales y a personas residentes en la ciudad, quienes, reuniendo sus explotaciones, arrojaron de ellas en masa a los antiguos arrendatarios, que las venían cultivando de padres a hijos.

(…) La «glorious Revolution» (Revolución gloriosa 1688) entregó el poder, al ocuparlo Guillermo III de Orange, a los terratenientes y capitalistas-acaparadores. Estos elementos consagraron la nueva era, entregándose en una escala gigantesca al saqueo de los terrenos de dominio público, que hasta entonces sólo se había practicado en proporciones muy modestas. (…) Estos bienes del dominio público, apropiados de modo tan fraudulento, en unión de los bienes de que se despojó a la Iglesia, son la base de esos dominios principescos que hoy posee la oligarquía inglesa. Los capitalistas burgueses favorecieron esta operación, entre otras cosas, para convertir el suelo en un artículo puramente comercial, extender la zona de las grandes explotaciones agrícolas, hacer que aumentase la afluencia a la ciudad de proletarios libres y desheredados del campo, etc. Además, la nueva aristocracia de la tierra era la aliada natural de la nueva bancocracia, de la alta finanza, que acababa de dejar el cascarón, y de los grandes manufactureros, atrincherados por aquel entonces detrás del proteccionismo aduanero. La burguesía inglesa obró en defensa de sus intereses (…).

Los bienes comunales eran una institución de viejo origen germánico, que se mantenía en vigor bajo el manto del feudalismo. (…) La forma parlamentaria que reviste este despojo es la de los Bills for Inclosures of Commons (leyes sobre el cercado de terrenos comunales); dicho en otros términos, decretos por medio de los cuales los terratenientes se regalan a sí mismos en propiedad privada las tierras del pueblo, decretos de expropiación del pueblo (…) reconociendo con ello, que la transformación de estos bienes en propiedad privada no puede prosperar sin un golpe de Estado parlamentario. (…)

Los terrenos anexionados por el terrateniente colindante, bajo pretexto de cercarlos, no eran siempre tierras yermas, sino también, con frecuencia, tierras cultivadas mediante un tributo al municipio, o comunalmente.

(…) En el siglo XIX se pierde, como es lógico, hasta el recuerdo de la conexión existente entre el agricultor y los bienes comunales. Para no hablar de los tiempos posteriores, bastará decir que la población rural no obtuvo ni un céntimo de indemnizaciones por los 3.511.770 acres de tierras comunales que entre los años de 1801 y 1831 le fueron arrebatados y ofrecidos como regalo a los terratenientes por el parlamento de terratenientes.

Finalmente, el último gran proceso de expropiación de los agricultores es el llamado Clearing of Estates («limpieza de fincas», que en realidad consistía en barrer de ellas a los hombres).

(…) En Escocia, en el siglo XVIII, a los gaeles lanzados de sus tierras se les prohibía al mismo tiempo emigrar del país, para así empujarlos por la fuerza a Glasgow y a otros centros fabriles de la región. Como ejemplo del método de expropiación predominante en el siglo XIX, bastará citar las «limpias» llevadas a cabo por la duquesa de Sutherland. Esta señora, muy instruida en las cuestiones de Economía política decidió, apenas hubo ceñido la corona de duquesa, aplicar a sus posesiones un tratamiento radical económico, convirtiendo todo su condado —cuyos habitantes, mermados por una serie de procesos anteriores semejantes a éste, habían ido quedando ya reducidos a 15.000— en pastos para ovejas. Desde 1814 hasta 1820 se desplegó una campaña sistemática de expulsión y exterminio para quitar de en medio a estos 15.000 habitantes, que formarían, aproximadamente, unas 3.000 familias. Todas sus aldeas fueron destruidas y arrasadas, sus campos convertidos todos en terreno de pastos. Las tropas británicas, enviadas por el Gobierno para ejecutar las órdenes de la duquesa, hicieron fuego contra los habitantes, expulsados de sus tierras. Una anciana pereció abrasada entre las llamas de su choza, por negarse a abandonarla. Así consiguió la señora duquesa apropiarse de 794.000 acres de tierra, pertenecientes al clan desde tiempos inmemoriales.

A los naturales del país desahuciados les asignó en la orilla del mar unos 6.000 acres, a razón de dos por familia. Hasta la fecha, esos 6.000 acres habían permanecido yermos, sin producir ninguna renta a sus propietarios. Llevada de su altruismo, la duquesa se dignó arrendar estos eriales por una renta media de 2 chelines y 6 peniques cada acre a aquellos mismos miembros del clan que habían vertido su sangre por su familia desde hacía siglos. Todos los terrenos robados al clan fueron divididos en 29 grandes granjas destinadas a la cría de lanares, atendida cada una de ella por una sola familia; los pastores eran, en su mayoría, braceros de arrendatarios ingleses. En 1825, los 15.000 gaeles habían sido sustituidos ya por 131.000 ovejas. Los aborígenes arrojados a la orilla del mar procuraban, entretanto, mantenerse de la pesca; se convirtieron en anfibios y vivían, según dice un escritor inglés de la época, mitad en tierra y mitad en el mar, sin vivir entre todo ello más que a medias.

Pero los bravos gaeles habían de pagar todavía más cara aquella idolatría romántica de montañeses por los «caudillos» de los clanes. El olor del pescado les dio en la nariz a los señores. Estos, barruntando algo de provecho en aquellas playas, las arrendaron a las grandes pescaderías de Londres, y los gaeles fueron arrojados de sus casas por segunda vez.

Finalmente, una parte de los pastos fue convertida en cotos de caza. Como es sabido, en Inglaterra no existen verdaderos bosques. La caza que corre por los parques de los aristócratas es, en realidad, ganado doméstico, gordo como los concejales de Londres. Por eso, Escocia es, para los ingleses, el último asilo de la «noble pasión» de la caza.

«En la montaña» —dice Somers en 1848— «se han extendido considerablemente los cotos de caza. (…) Los propietarios siguen la norma de diezmar y exterminar a la gente como un principio fijo, como una necesidad agrícola, lo mismo que se talan los árboles y la maleza en las espesuras de América y Australia, y esta operación sigue su marcha tranquila y comercial».

(…) La depredación de los bienes de la Iglesia, la enajenación fraudulenta de las tierras del dominio público, el saqueo de los terrenos comunales, la metamorfosis, llevada a cabo por la usurpación y el terrorismo más inhumano de la propiedad feudal y del patrimonio del clan en la moderna propiedad privada: he ahí otros tantos métodos idílicos de acumulación originaria. Con estos métodos se abrió paso a la agricultura capitalista, se incorporó el capital a la tierra y se crearon los contingentes de proletarios libres y privados de medios de vida que necesitaba la industria de las ciudades.


1º.- La acumulación originaria imprescindible para que surja el capital, exigía desposeer a los campesinos de sus tierras y medios de vida.

Este es el corazón de un proceso que se prolonga durante tres siglos, y que se realiza a través de los más diversos métodos de usurpación y haciendo uso del terrorismo más inhumano.

Las condiciones en las que vivía el pueblo a finales del siglo XV eran aceptables –es un periodo conocido como “la edad de oro” del campesinado-, pero incompatibles con el desarrollo del capitalismo. La inmensa mayoría eran campesinos libres y propietarios, los jornaleros eran escasos y tenían las espaldas cubiertas por los campesinos libres. A su vez existían terrenos comunales y públicos que permitían la subsistencia.

2º.- La privatización de los terrenos comunales o la confiscación de los bienes de la Iglesia se llevaron a cabo desde el poder.

Como dice Marx, la transformación de estos bienes en propiedad privada no puede prosperar sin un golpe de Estado parlamentario.

Los terrenos comunales son privatizados ilegalmente, amplias áreas son transformadas en pastos y sus habitantes expulsados, la confiscación de los bienes de la iglesia enriquece o crea grandes propietarios.

Un proceso que crea la agricultura capitalista –haciendo hegemónicas en el campo unas relaciones capitalistas que eran antes marginales-.

3º.- Este proceso, sobre todo, genera por la fuerza la clase de hombres desposeídos –obligados por tanto a vender su fuerza de trabajo, que es ahora su único medio de subsistencia-, que dará origen al proletariado moderno.

“Se crearon los contingentes de proletarios libres y privados de medios de vida que necesitaba la industria de las ciudades”.

Después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, era necesario encuadrar a los antiguos campesinos libres en la disciplina que exigía el trabajo asalariado, y eso sólo podía hacerse –en el periodo de la acumulación originaria- mediante leyes grotescamente terroristas, y a fuerza de fuego y tormentos.

Marx nos lo sigue explicando:

3.- LEGISLACION SANGRIENTA CONTRA LOS EXPROPIADOS, A PARTIR DE FINES DEL SIGLO XV. LEYES REDUCIENDO EL SALARIO.

Los contingentes expulsados de sus tierras al disolverse las huestes feudales y ser expropiados a empellones y por la fuerza formaban un proletariado libre y privado de medios de existencia, que no podía ser absorbido por las manufacturas con la misma rapidez con que aparecía en el mundo. Por otra parte, estos seres que de repente se veían lanzados fuera de su órbita acostumbrada de vida, no podían adaptarse con la misma celeridad a la disciplina de su nuevo estado. Y así, una masa de ellos fue convirtiéndose en mendigos, salteadores y vagabundos; algunos por inclinación, pero los más, obligados por las circunstancias. De aquí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI se dictase en toda Europa Occidental una legislación sangrienta persiguiendo el vagabundaje. De este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes «voluntarios», como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones, ya abolidas.

En Inglaterra, esta legislación comenzó bajo el reinado de Enrique VII.

Enrique VIII, 1530: Los mendigos viejos e incapacitados para el trabajo deberán proveerse de licencia para mendigar. Para los vagabundos capaces de trabajar, por el contrario, azotes y reclusión. Se les atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane de su cuerpo, devolviéndolos luego, bajo juramento, a su pueblo natal o al sitio en que hayan residido durante los últimos tres años, para que «se pongan a trabajar». ¡Qué ironía tan cruel! En caso de reincidencia de vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al culpable y cortarle media oreja; a la tercera vez que se le coja, se le ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad.

[NOTA: Marx sigue citando legislaciones similares de Eduardo VI (1547), Isabel (1572), Jacobo I (1603). En algunas de ellas se ordena que si alguien se niega a trabajar se le asigne como esclavo a la persona que le denuncie como holgazán, marcándole a fuego una S y ahorcándole si se escapa. También se da derecho a quitarle los hijos a los vagabundos y esclavizarlos].

(…) Estos preceptos, que conservan su fuerza legal hasta los primeros años del siglo XVIII, sólo fueron derogados por el reglamento del año 12 del reinado de Ana, (1702-1707).

Leyes parecidas a éstas se dictaron también en Francia, en cuya capital se había establecido, a mediados del siglo XVII, un verdadero reino de vagabundos. (…) Normas semejantes se contenían en el estatuto dado por Carlos V, en octubre de 1537, para los Países Bajos, en el primer edicto de los Estados y ciudades de Holanda (1614), en el bando de las Provincias Unidas (1649), etc.

Véase, pues, cómo después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado.

No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. Ni basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas las resistencias; la creación constante de una superpoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo y, por ello, el salario a tono con las necesidades de crecimiento del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales. Dentro de la marcha natural de las cosas, ya puede dejarse al obrero a merced de las «leyes naturales de la producción», es decir, puesto en dependencia del capital, dependencia que las propias condiciones de producción engendran, garantizan y perpetúan. Durante la génesis histórica de la producción capitalista, no ocurre aún así. La burguesía, que va ascendiendo, necesita y emplea todavía el poder del Estado para «regular» los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que benefician a la extracción de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de dependencia. Es éste un factor esencial de la llamada acumulación originaria.

(…) En Inglaterra, la legislación sobre el trabajo asalariado, encaminada desde el primer momento a la explotación del obrero y enemiga de él desde el primer instante hasta el último, comienza con el Statute of Labourers [Estatuto de obreros] de Eduardo III, en 1349. A él corresponde en Francia la Ordenanza de 1350, dictada en nombre del rey Juan. La legislación inglesa y francesa, siguen rumbos paralelos y tienen idéntico contenido.

(…) En el Statute of Labourers se establece una tarifa legal de salarios. Se prohíbe, bajo penas de cárcel, abonar jornales superiores a los señalados por el estatuto, pero el delito de percibir tales salarios ilegales se castiga con mayor dureza que el delito de abonarlos; se castiga con diez días de cárcel al que abone jornales excesivos; en cambio, al que los cobre se le castiga con veintiuno. (…) Desde el siglo XIV hasta 1825, el año de la abolición de las leyes anticoalicionistas, las coaliciones obreras son consideradas como un grave crimen. Cuál era el espíritu que inspiraba el estatuto obrero de 1349 y sus hermanos menores se ve claramente con sólo advertir que en él se fijaba por imperio del Estado un salario máximo; lo que no se prescribía ni por asomo era un salario mínimo.

Durante el siglo XVI, empeoró considerablemente la situación de los obreros. El salario en dinero subió, pero no proporcionalmente a la depreciación del dinero y a la subida de los precios de las mercancías. En realidad, pues, los jornales bajaron. A pesar de ello, seguían en vigor las leyes encaminadas a hacerlos bajar, con la conminación de cortar la oreja y marcar con el hierro candente a aquellos que nadie quisiera tomar a su servicio. (…)

Por fin, en 1813 fueron derogadas las leyes sobre reglamentación de salarios. Estas leyes eran una ridícula anomalía, desde el momento en que el capitalista regía la fábrica con sus leyes privadas, haciéndose necesario completar el salario del bracero del campo con el tributo de pobreza para llegar al mínimo indispensable. Las normas de los Estatutos obreros sobre los contratos entre el patrono y sus jornaleros, sobre los plazos de aviso, etc., las que sólo permiten demandar por lo civil contra el patrono que falta a sus deberes contractuales, permitiendo, en cambio, procesar por lo criminal al obrero que no cumple los suyos, siguen en pleno vigor hasta la fecha.

Las crueles leyes contra las coaliciones hubieron de derogarse en 1825, ante la actitud amenazadora del proletariado. No obstante, sólo fueron derogadas parcialmente. Hasta 1859 no desaparecieron algunos hermosos vestigios de los antiguos estatutos. (…) Como se ve, el parlamento inglés renunció a las leyes contra las huelgas y las tradeuniones de mala gana y presionado por las masas, después de haber desempeñado él durante cinco siglos, con el egoísmo más desvergonzado, el papel de una tradeunion permanente de los capitalistas contra los obreros.

En los mismos comienzos de la tormenta revolucionaria, la burguesía francesa se atrevió a arrebatar de nuevo a los obreros el derecho de asociación que acababan de conquistar. Por decreto del 14 de junio de 1791, declaró todas las coaliciones obreras como un «atentado contra la libertad y la Declaración de los Derechos del Hombre», sancionable con una multa de 500 libras y privación de la ciudadanía activa durante un año. Esta ley, que, poniendo a contribución el poder policíaco del Estado, procura encauzar dentro de los límites que al capital le plazcan la lucha de concurrencia entablada entre el capital y el trabajo, sobrevivió a todas las revoluciones y cambios de dinastía. Ni el mismo régimen del terror se atrevió a tocarla. No se la borró del Código penal hasta hace muy poco.

1º.- Para formar el proletariado moderno, se encajó a los antiguos campesinos, mediante leyes terroristas, a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado.

Los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes “voluntarios”, como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones.

2º.- La organización del proceso capitalista de producción suponen la dependencia completa de la fuerza de trabajo asalariada respecto al capital, dependencia que las relaciones de producción capitalistas “engendran garantizan y perpetúan”.

En la producción capitalista, el obrero desprovisto de todo medio de vida ha de vender su fuerza de trabajo para subsistir. Marx explica: “El obrero obtiene a cambio de su fuerza de trabajo medios de vida, pero, a cambio de estos medios de vida de su propiedad, el capitalista adquiere trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora con la cual el obrero no sólo repone lo que consume, sino que da al trabajo acumulado [al capital] un mayor valor del que antes poseía. El obrero recibe del capitalista una parte de los medios de vida existentes. ¿Para qué le sirven estos medios de vida? Para su consumo inmediato. Pero, al consumir los medios de vida de que dispongo, los pierdo irreparablemente.” Por el contrario, el capital ha aumentado con el trabajo del obrero.

Este intercambio desigual entre el capital y la fuerza de trabajo es el que sirve de base a la producción capitalista y tiende a reproducir al obrero como obrero y al capitalista como capitalista”.

El obrero no sólo produce mercancías, sino que produce capital, aumentando el poder de éste sobre el trabajo asalariado en cada intercambio. Esto hace cada vez más fuerte el dominio del capital y agranda el abismo social que lo separa del trabajo asalariado.

Sin embargo, en el inicio del capitalismo este dominio del capital está en estado naciente, esa clase obrera educada y disciplinada que debe aceptar como “orden natural” las relaciones capitalistas de producción no está aún formada.

Por esto, durante todo este periodo, se hace necesario hacer uso de la violencia y el terror en primera instancia para encuadrar a los obreros asalariados en las condiciones que exigía el capital. Y esta es la razón del conjunto de leyes grotescamente terroristas que se dictan durante esta época. Obligando a los antiguos campesinos propietarios, una vez expropiados, a convertirse en obreros asalariados.

3º.- Durante el periodo de la acumulación originaria es el Estado quien garantiza la sujeción de los salarios a las necesidades del capital, imponiendo salarios máximos por debajo de los límites de subsistencia. Este es un factor esencial para explicar la acumulación originaria.


Como afirma Marx, la burguesía, que va ascendiendo, necesita y emplea todavía el poder del Estado para “regular” los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que benefician a la extracción de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de dependencia.

Este –y no sólo, ni principalmente, el desarrollo de las fuerzas productivas- es un factor esencial que explica el “milagro” de la acelerada revalorización del capital durante la época de la acumulación originaria.

Como complemento inevitable a esta cadena de abusos terroristas sobre el trabajo asalariado, había que privarle de cualquier derecho y libertad como clase. Las revoluciones burguesas enarbolan las declaraciones de los derechos humanos universales. Pero el derecho de los obreros a organizarse contra el interés burgués está proscrito. En Inglaterra está prohibida hasta 1825 cualquier asociación obrera, y sólo en 1871 se reconoció legalmente a las tradeunions. La revolución francesa –emblema del proceso democrático burgués- dictó inmediatamente la prohibición de las asociaciones obreras, que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX.

jueves, 2 de febrero de 2017

HISTORIA DEL CAPITALISMO A TRAVÉS DE SUS CRISIS (I)



La “acumulación – expropiación” originaria





Hemos visto que la existencia del capital requiere de dos condiciones previas:

Primera: que exista una acumulación originaria (o como dice Marx, hablando en propiedad, una expropiación originaria) gracias a la cual una parte de la sociedad –la clase de los capitalistas– se ha apropiado de los frutos del trabajo social.

Segunda: que, por el contrario, exista otra parte de la sociedad que no posea otra cosa que su fuerza de trabajo y deba venderla en el mercado para subsistir.

¿Y cómo se dio este proceso?

Marx dedica un capítulo de su obra principal, El Capital, a exponer cómo surgieron en la historia las condiciones para la aparición del modo de producción capitalista. El texto es tan rico y completo que resulta difícil recortarlo, hemos optado por presentar una selección amplia que sintetizaremos al final.

Veamos lo que plantea Marx:

1.- EL SECRETO DE LA ACUMULACION ORIGINARIA

Hemos visto cómo se convierte el dinero en capital, cómo sale de éste la plusvalía y de la plusvalía más capital. Sin embargo, la acumulación de capital presupone la plusvalía; la plusvalía, la producción capitalista, y ésta, la existencia en manos de los productores de mercancías de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo este proceso parece moverse dentro de un círculo vicioso, del que sólo podemos salir dando por supuesto una acumulación «originaria» anterior a la acumulación capitalista («previous accumulation», la denomina Adam Smith), una acumulación que no es fruto del régimen capitalista de producción, sino punto de partida de él.

Esta acumulación originaria viene a desempeñar en la Economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original. Adán mordió la manzana y con ello el pecado se extendió a toda la humanidad. Los orígenes de la primitiva acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. (…) Así se explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por no tener ya nada que vender más que su pellejo. De este pecado original arranca la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar.

(…) Sabido es que en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, el esclavizamiento, el robo y el asesinato, la violencia, en una palabra. Pero en la dulce Economía política ha reinado siempre el idilio. Las únicas fuentes de riqueza han sido desde el primer momento el derecho y el «trabajo». En la realidad, los métodos de la acumulación originaria fueron cualquier cosa menos idílicos.

Ni el dinero ni la mercancía son de por sí capital, como no lo son tampoco los medios de producción ni los artículos de consumo. Hay que convertirlos en capital. Y para ello han de concurrir una serie de circunstancias concretas, que pueden resumirse así: han de enfrentarse y entrar en contacto dos clases muy diversas de poseedores de mercancías; de una parte, los propietarios de dinero, medios de producción y artículos de consumo deseosos de explotar la suma de valor de su propiedad mediante la compra de fuerza ajena de trabajo; de otra parte, los obreros libres, vendedores de su propia fuerza de trabajo y, por tanto, de su trabajo. Obreros libres en el doble sentido de que no figuran directamente entre los medios de producción, como los esclavos, los siervos, etc., ni cuentan tampoco con medios de producción de su propiedad como el labrador que trabaja su propia tierra, etc.; libres y desheredados. Con esta polarización del mercado de mercancías se dan las condiciones fundamentales de la producción capitalista. (…) Por tanto, el proceso que engendra el capitalismo sólo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la propiedad de las condiciones de su trabajo, proceso que, de una parte, convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras que, de otra parte, convierte a los productores directos en obreros asalariados. La llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Se la llama «originaria» porque forma la prehistoria del capital y del modo capitalista de producción.

La estructura económica de la sociedad capitalista brotó de la estructura económica de la sociedad feudal. Al disolverse ésta, salieron a la superficie los elementos necesarios para la formación de aquélla.

El productor directo, el obrero, no pudo disponer de su persona hasta que no dejó de vivir encadenado a la gleba y de ser siervo dependiente de otra persona. Además, para poder convertirse en vendedor libre de fuerza de trabajo, que acude con su mercancía adondequiera que encuentre mercado, hubo de sacudir también el yugo de los gremios, sustraerse a las ordenanzas sobre aprendices y oficiales y a todos los estatutos que embarazaban el trabajo. Por eso, en uno de sus aspectos, el movimiento histórico que convierte a los productores en obreros asalariados representa la liberación de la servidumbre y la coacción gremial, y este aspecto es el único que existe para nuestros historiadores burgueses. Pero, si enfocamos el otro aspecto, vemos que estos trabajadores recién emancipados sólo pueden convertirse en vendedores de sí mismos, una vez que se vean despojados de todos sus medios de producción y de todas las garantías de vida que las viejas instituciones feudales les aseguraban. Y esta expropiación queda inscrita en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego.

A su vez, los capitalistas industriales, estos potentados de hoy, tuvieron que desalojar, para llegar a este puesto, no sólo a los maestros de los gremios artesanos, sino también a los señores feudales, en cuyas manos se concentraban las fuentes de la riqueza. Desde este punto de vista, su ascensión es el fruto de una lucha victoriosa contra el poder feudal y sus indignantes privilegios, contra los gremios y las trabas que estos ponían al libre desarrollo de la producción y a la libre explotación del hombre por el hombre. Pero los caballeros de la industria subieron y triunfaron por procedimientos no menos viles que los que en su tiempo empleó el liberto romano para convertirse en señor de su patrono.

El proceso de donde salieron el obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización del obrero. Este desarrollo consistía en el cambio de la forma de esclavización: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista. Para comprender la marcha de este proceso, no hace falta remontarse muy atrás. (…) Allí donde surge el capitalismo hace ya mucho tiempo que se ha abolido la servidumbre (…).

En la historia de la acumulación originaria hacen época todas las transformaciones que sirven de punto de apoyo a la naciente clase capitalista, y sobre todo los momentos en que grandes masas de hombres son despojadas repentina y violentamente de sus medios de subsistencia y lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres y desheredados. Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino. Su historia presenta una modalidad diversa en cada país, y en cada uno de ellos recorre las diferentes fases en distinta gradación y en épocas históricas diversas. Reviste su forma clásica sólo en Inglaterra, país que aquí tomamos, por tanto, como modelo.


1º.- Llamamos acumulación originaria a un proceso singular de acumulación de capital.

Singular porque no es fruto del régimen de producción capitalista, sino punto de partida imprescindible para él. Sólo sobre la base de una acumulación originaria de este tipo pudieron llegar a brotar de la estructura económica de la sociedad feudal las condiciones fundamentales de la producción capitalista.
Marx no llega al concepto de “acumulación originaria” a través del estudio de los hechos históricos, sino exactamente al revés. Lo establece como una necesidad teórica del materialismo histórico, y sólo luego la busca y la documenta en la historia.

2º.- Las condiciones fundamentales necesarias para que exista la producción capitalista exigen polarizar el mercado de mercancías en dos tipos muy distintos de poseedores:

- de un lado los propietarios de dinero, medios de producción y artículos de consumo deseosos de aumentar el valor de su propiedad mediante la compra de fuerza de trabajo ajena.

- del otro, obreros libres. Libres en el doble sentido, se ha librado de las relaciones de servidumbre; pero también ha sido desposeídos de sus medios de vida. Libres y desposeídos.


3º.- La acumulación originaria es el imprescindible punto de partida en la génesis del capitalismo. Exige la disociación entre el productor y los medios de producción.

Supone la expropiación forzosa del productor directo, transformándolo en obrero asalariado.

Sólo así pueden crearse las condiciones fundamentales para que exista la producción capitalista. Como dice Marx: El proceso de donde salieron el obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización del obrero. El cambio de la forma de esclavización: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista.

4º.- Este proceso está escrito en la historia “a sangre y fuego”. Es un proceso de lucha de clases. Y “los métodos fueron de todo menos idílicos”.

En la trasformación de los productores en obreros asalariados, los historiadores burgueses sólo ven el aspecto de la liberación de la servidumbre. Pero ocultan el otro aspecto, el de ser “despojados de todos sus medios de producción. Y esta expropiación queda inscrita en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego”.

A su vez la burguesía tuvo que desalojar del poder a los feudales.
Las condiciones necesarias para la aparición del capitalismo no brotan de forma espontánea de la descomposición del régimen feudal. Este sería un punto de vista economicista. Es un proceso de lucha de clases, y se imponen desde el poder y por la fuerza.

5º.- Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino.

Allí donde surge el capitalismo hace ya tiempo que el régimen feudal está en abierta disolución y se ha abolido la servidumbre. Esta disolución del feudalismo crea una gran masa –Marx plantea que en la Inglaterra del siglo XV son la inmensa mayoría de la población- de campesinos libres que son propietarios de la tierra que trabajan, tienen a su disposición amplios terrenos comunales donde se aprovisionan de diversos productos y pastaban sus ganados.

En la próxima asignatura conoceremos cómo se da en Inglaterra este proceso por el que “grandes masas de hombres son despojadas repentina y violentamente de sus medios de subsistencia y lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres y desheredados”.

domingo, 29 de enero de 2017

HISTORIA DEL CAPITALISMO A TRAVÉS DE SUS CRISIS (0)

 “nociones” de 
materialismo histórico.


Antes de entrar en la materia que nos ocupa, vamos a partir de algunas nociones de la teoría marxista, que consideramos imprescindibles para comprender el fondo del problema que vamos a estudiar.




Marx abrió un nuevo continente científico, el Materialismo Histórico, una teoría científica que estudia los cimientos de la sociedad. Y en particular, cuáles son las leyes que rigen el desarrollo del modo de producción capitalista.

El capitalismo no es el único modo de explotación del hombre por el hombre, el esclavismo o el feudalismo, anteriores a él, también lo fueron. Sin embargo, es cualitativamente distinta la forma en que esta explotación se ha realizado.

Repasemos brevemente lo que dice Marx sobre las relaciones capitalistas de producción, la explotación particular del capitalismo:

El primer capítulo de “El Capital” comienza diciendo: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un "enorme cúmulo de mercancías", y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza”.

Estamos más que familiarizados con esa forma celular básica que es “la mercancía”; prácticamente todo lo que nos rodea son mercancías que se compran y se venden; que se intercambian.


La mercancía es un producto del trabajo social, de la división social del trabajo. Todas las mercancías tienen un valor de cambio. Y podemos comprobar que este valor equivale a la cantidad de trabajo socialmente necesario (TSN) que hay encerrado en ellas, es decir, a la cantidad de trabajo necesario bajo determinadas condiciones sociales medias de producción. ¿Y cómo se mide la cantidad de trabajo? Por su tiempo de duración.

  • A menor cantidad de trabajo socialmente necesario, baja el valor de la mercancía, y a la inversa, a mayor trabajo socialmente necesario, mayor valor.
Esto lo comprobamos día a día; por ejemplo, cuando Ford introdujo el trabajo en cadena que revolucionó la producción, abarató enormemente el valor de sus automóviles ya que éstos necesitaban menos horas de trabajo social para ser fabricados. De hecho, para competir en el mercado, los capitalistas se ven obligados a revolucionar incesantemente las fuerzas productivas, aplicar más maquinaria, más especialización, etc… de forma que baje el valor de sus mercancías y esto le permita desplazar a otros competidores del mercado.

·        ¿Y de dónde obtiene la ganancia el capitalista?  Suele pensarse que la ganancia capitalista proviene de un sobre precio añadido al valor de la mercancía. Pero no es cierto, las mercancías se venden por su valor.

Se obtiene ganancia vendiendo las mercancías por su valor. Y aquí es donde encontramos la piedra angular de todo el edificio capitalista: la plusvalía.

En el capitalismo, la fuerza de trabajo humana se ha transformado en una mercancía.
Marx dice: “El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado”.

“La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía que su propietario, el obrero asalariado, vende al capital, ¿Para qué la vende? Para vivir. La fuerza de trabajo no ha sido siempre una mercancía. El trabajo no ha sido siempre trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no vende su trabajo al labrador. El esclavo es, por sí mismo, una mercancía, pero la fuerza de trabajo no es una mercancía suya. El siervo de la gleba sólo vende una parte de su fuerza de trabajo. No es él quien obtiene un salario del propietario del suelo; por el contrario es éste, el propietario del suelo, quien percibe de él su tributo. El siervo de la gleba es un atributo del suelo y rinde frutos al dueño de éste. En cambio el obrero libre se vende él mismo, y se vende en partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, día tras día, entregándolas al mejor postor, al propietario de las materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida: es decir, el capitalista. El obrero no pertenece a ningún señor ni está adscrito al suelo, pero las 8, 10, 12 o 15 horas de su vida cotidiana pertenecen a quien se las compra”.

El obrero no vende su trabajo, sino su fuerza de trabajo. ¿Y cómo se fija el valor de la fuerza de trabajo? Al igual que todas las demás mercancías, se determina por la cantidad de trabajo necesaria para su conservación o reproducción.

Un hombre tiene que consumir artículos de primera necesidad.

Se desgasta y ha de ser reemplazado por otro, por tanto además del sustento propio, necesita sostener el de los hijos que le puedan reemplazar.

Otra cantidad de trabajo se la lleva el aprendizaje que no es igual según los oficios o especialización; por eso los valores de fuerzas de trabajo de los diferentes oficios son distintos como los son los valores de los productos de diferente calidad.

Y esto de acuerdo al nivel de vida medio del lugar en que se esté, por ejemplo no tiene el mismo coste de producción la fuerza de trabajo en España o en Marruecos.

¿Y cómo se obtiene la ganancia? Hemos dicho que el capitalista compra las horas de trabajo del obrero, son de su propiedad y también lo será el fruto del trabajo de dichas horas.

La materia prima o la maquinaria, transfieren su valor a la mercancía final, pero la fuerza de trabajo añade valor ya que como hemos establecido, el valor de una mercancía se establece por el tiempo de trabajo invertido en su producción. En las 3, 4, … primeras horas de su jornada laboral, el obrero añade un valor equivalente al de su fuerza de trabajo (al salario que va a percibir), sin embargo no ha concluido su jornada laboral y seguirá añadiendo valor a las mercancías que está produciendo. Es ese valor de más, esas horas de trabajo no remuneradas, esa plusvalía, la fuente de la ganancia capitalista. Cuando el capitalista venda las mercancías por su valor, una parte del trabajo invertido por el obrero no la ha pagado y ahí está su ganancia.

La cuota de plusvalía dependerá de la proporción en que la jornada de trabajo se prolongue más allá del tiempo durante el cual el obrero, con su trabajo, se limita a reproducir el valor de su fuerza de trabajo, a reponer su salario.

Este intercambio entre el capital y la fuerza de trabajo es el que sirve de base a la producción capitalista y tiende a reproducir al obrero como obrero y al capitalista como capitalista.

            Hemos comprendido a un primer nivel cómo el capital se incrementa con la explotación de la fuerza de trabajo, pero …

  • ¿Qué forma el capital?
El capital está formado por materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida de todo género que se emplean para producir nuevas materias primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de vida.
Todas estas partes integrantes del capital son fruto del trabajo, productos del trabajo, por eso le llamamos trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve de medio de nueva producción es el capital.

El capital es, además, una suma de mercancías.
Todos los productos que lo integran son mercancías. Ahora bien, no toda suma de mercancías  es capital.

¿Cómo se convierte en capital una suma de mercancías?
Una suma de mercancías se convierte en capital en tanto que existe como fuerza social independiente, es decir, fuerza en poder de una parte de la sociedad. Y como tal fuerza social independiente se conserva y se aumenta por medio del intercambio con la fuerza de trabajo inmediata, viva.

La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital.

Así pues, la existencia del capital presupone dos condiciones previas:
1).- Que exista una acumulación originaria (o como dice Marx, hablando en propiedad, una expropiación originaria) gracias a la cual una parte de la sociedad –la clase de los capitalistas– se ha apropiado de los frutos del trabajo social

2).- Que, por el contrario, exista otra parte de la sociedad que no posea otra cosa que su fuerza de trabajo y deba venderla en el mercado para subsistir.

lunes, 9 de enero de 2017

Ciclo de Escuelas de Marxismo de Unificación Comunista de España:


“La historia del capitalismo a través de sus crisis”


Comenzamos un año lleno de incertidumbres: ¿cuáles serán los cambios que la inesperada “era Trump” provocará en la situación internacional?, ¿estamos al inicio de “la recuperación”, como repiten los grandes medios, o nos esperan nuevas sacudidas de una crisis que está lejos de concluir?

Si un arquitecto quiere diseñar una casa que no se derrumbe necesita partir de las leyes de la física. De la misma manera, si queremos comprender los fenómenos de la economía y la política mundiales, debemos partir de las leyes fundamentales del capitalismo.

Cuando estalló la crisis, textos marxistas declarados caducos, como “El Capital” o “El Manifiesto Comunista”, se convirtieron en best sellers. Porque todos los que querían comprender el aparente caos que la actualidad nos presentaba, se aferraron al conocimiento sobre los fundamentos del modo de producción capitalista que el marxismo nos proporciona.

El pensamiento dominante en el seno de la izquierda tacha al marxismo de “dogmático”, afirma que en un mundo tan cambiante es imposible una ciencia social, y que sólo podemos aspirar a meras aproximaciones, pero nunca a certezas. ¿Acaso un ingeniero no parte de las certezas que le proporciona la Física para poder enviar un cohete a la luna? ¿Entonces por qué no podemos hacer lo mismo para transformar la sociedad?

Vamos a iniciar un nuevo ciclo de Escuelas populares de Marxismo que hemos titulado “La historia del capitalismo a través de sus crisis”.

Comprobaremos cómo la teoría establecida por Marx para analizar el capitalismo no sólo era absolutamente válida para el capitalismo de libre cambio del siglo XIX (que él estudió con la precisión con que un químico estudia la estructura molecular de la materia), sino imprescindible para conocer las leyes de desarrollo que han guiado la base económica del mundo desde entonces hasta hoy.

Y vamos a hacerlo estudiando también el desarrollo concreto del capitalismo en los últimos tres siglos, en los momentos cruciales que sientan los cimientos que nos permiten comprender el mundo actual.

“La historia del capitalismo a través de sus crisis” es un título que hemos tomado prestado de una serie de escuelas que hicimos en 2007, adelantándonos al estallido de la crisis. Diez años después consideramos que su contenido es imprescindible para comprender el mundo actual y nos proponemos revisitarlo aunque de forma más concentrada.

El diseño inicial del ciclo es:




1ª Escuela 27 y 28 de Enero: 
El nacimiento del capitalismo. La expropiación originaria.





Nos han vendido la idea de que el capitalismo se hizo hegemónico gracias a que era más productivo que el feudalismo. Los economistas clásicos de la burguesía afirmaban que una “mano invisible” regía el funcionamiento del capitalismo. Y todavía hoy, el pensamiento dominante en la izquierda afirma que con el neoliberalismo “la economía ha colonizado la política”.

La realidad es exactamente la contraria. Es el dominio de clase de las principales burguesías, impuesto a sangre y fuego, lo que les permite imponer su explotación. Y esto es así desde el mismo nacimiento del capitalismo.

Para crear la masa de obreros necesaria para la expansión del capital, la burguesía procedió durante los siglos XVI al XVIII a expropiar por la fuerza a los campesinos. Les despojaron y expulsaron de sus tierras, impusieron leyes terroristas para encuadrarlos en la disciplina del trabajo asalariado, el Estado impuso “salarios máximos” de pura miseria y prohibió cualquier tipo de asociación obrera.

Es esta dictadura sobre la población la que permitió una hiperexplotación que hace posible la acumulación originaria de capital y su extraordinario crecimiento posterior.




2ª Escuela 24 y 25 de Febrero: 
El salto al imperialismo.

En las últimas décadas del siglo XIX, el salto del capitalismo de libre cambio al capitalismo monopolista va a concentrar el poder mundial en un pequeño puñado de potencias imperialistas con capacidad para imponer la explotación económica y el dominio político y militar sobre todo el planeta.

Un cambio encabezado por nuevas potencias entonces en ascenso, como EEUU y Alemania, que sentaron las bases les permiten su dominio actual.



3ª Escuela 24 y 25 de Marzo: 
La Iª Guerra Mundial, 
la grieta imperialista 
y la Revolución de Octubre.



La Iª Guerra Mundial será la expresión de como el imperialismo podía llevar la barbarie a cotas desconocidas por la humanidad. Pero al mismo tiempo, su desarrollo va a provocar un debilitamiento del poder de las viejas potencias tradicionales. Permitiendo que puedan expresarse proyectos y energías antes vetados, en el plano económico, político, cultural, científico...

El triunfo de la Revolución de Octubre va a abrir en canal esta grieta imperialista, demostrando en los hechos que “los nada de hoy todo pueden ser”, que los explotados pueden tomar el poder. Un ejemplo que pronto quieren imitar todos los pueblos del mundo, provocando una oleada revolucionaria cuyos efectos continúan hoy.


Escuela Central de Semana Santa 14, 15 y 16 de Abril: 
IIª Guerra Mundial, Hegemonismo
 conclusión de la Guerra Fría y situación actual.

Las Escuelas Zonales tratarán los antecedentes del mundo actual, en la Escuela de Semana Santa nos adentraremos ya en los cimientos inmediatos de la distribución del poder actual.

Comenzando con los “felices y narcotizados años veinte”, donde se anunciaba una expansión sin límites del capitalismo, pero que se truncaron violentamente con el crack del 29, sacando a la luz el antagonismo larvado durante la época de bonanza y alumbrando los fascismos.

Estudiaremos cómo la resolución de la crisis, agudizando las disputas entre las grandes potencias, condujo a una IIª Guerra Mundial, cuyo resultado fue la irrupción de EEUU como superpotencia.

Y cómo la degeneración de la URSS, transformada en un nuevo monstruo, condujo a una disputa por la hegemonía mundial entre Washington y Moscú que colocó al mundo al borde del abismo.

Tras la victoria en la Guerra Fría, EEUU se apresuró en anunciar “el fin de la historia”. Pero lo que ha sucedido en realidad es un acelerado declive de una superpotencia norteamericana que es incapaz de detener el avance de la lucha de los países y pueblos del mundo.


El resultado de todo este proceso histórico es el mundo en que vivimos. El estallido de la crisis ha abierto en carne viva todos los antagonismos sociales.

Somos muchos los que afirmamos que algo está terriblemente mal en el mundo y que es urgente cambiarlo. Pero sólo conociendo en profundidad la realidad del sistema capitalista estaremos en condiciones de disponer de las herramientas necesarias para transformarlo.

Este es el objetivo del ciclo de Escuelas de Marxismo que ahora comenzamos.

La primera de las Escuelas de Marxismo se celebrará el viernes 27 y el sábado 28 de enero

- Tiene una matrícula de 6 euros.

- A todos los matriculados se les proporcionará un dossier con las asignaturas y los textos de estudio.

Os invitamos a reservar ya vuestra matrícula para las 3 Escuelas Zonales por 18€ y para las Escuela Central por 12€, son 30€ en total, para un ciclo de estudio del máximo interés.

Más información  609615971

Comité de Formación de Unificación Comunista de España.