martes, 18 de julio de 2017

La Guerra de Secesión. Factores externos e influencias externas en el origen de los nacionalismos.

Vamos a hacer un brevísimo recorrido por los principales acontecimientos de los siglos XVII, XVIII y XIX en los que España, no sólo perderá uno tras otro los territorios conquistados, sino que se pondrá en cuestión la unidad peninsular.

·        Desde mediados del siglo XVII, España pasa de ser la potencia hegemónica en Europa a convertirse en terreno de intervención por parte de las grandes potencias.
·        El azuzamiento y respaldo a la desmembración –no ya del vasto imperio, sino también de la misma unidad peninsular– se convierte en uno de los privilegiados instrumentos de dominio e intervención sobre España.
·        Francia es, en este periodo, el origen y sostén de todos los movimientos disgregadores, provocando en 1640 la secesión de Cataluña y Portugal.
·        Durante todo el siglo XVIII, España constituye un virreinato francés de facto, donde los embajadores, emisarios o colaboradores galos hacen y deshacen a su antojo. Este hecho hará desaparecer durante esta centuria las tensiones fragmentadoras. Cuando París necesitó cuestionar la unidad española –aunque durante el periodo de los Austrias, los diferentes territorios disfrutaban de una amplísima autonomía-, las turbulencias secesionistas hicieron su aparición. Por el contrario, cuando España permaneció férreamente alineada bajo dominio galo, el fantasma de la disgregación desapareció, pese a que el centralismo borbónico suprimió los fueros y libertades locales.
·        Durante el siglo XIX la intervención de Inglaterra será el factor decisivo que librará a España de la desintegración como país. Mientras Francia va a potenciar por diferentes vías la fragmentación, Inglaterra dedicará sus energías a desmembrar el Imperio americano, pero actuará en los hechos como una fuerza de contención para impedir que Francia se adueñe de España. Esto se pondrá claramente de manifiesto en las diferentes posiciones que adoptan ante el carlismo, París azuzará su pervivencia y extensión, mientras Londres intervendrá para cerrar una herida que sólo contribuye al incremento de la influencia gala.

Los principales acontecimientos por orden cronológico son:

I.- 1640: Guerra de Secesión. Francia impulsa la independencia de Cataluña y Portugal.
La intervención francesa provoca la fragmentación peninsular, impulsando la independencia de Cataluña y Portugal, que no sólo debilitará España hasta el punto de transformarla, en un brevísimo lapso de tiempo, en una mera colonia de las grandes potencias, sino que acarreará nefastas consecuencias para los territorios empujados hacia las aventuras secesionistas.
Cataluña huirá espantada de la ocupación francesa, que provoca un unánime rechazo popular, no sin antes sufrir la amputación de casi un tercio de su territorio, incorporado a Francia. Y Portugal iniciará su andadura formalmente independiente satelizada por la voracidad inglesa.

II.- 1701-1713. Guerra de Sucesión. Francia e Inglaterra se disputan el dominio de España.
Frente a la propaganda independentista que nos la presenta como “una guerra entre Cataluña y España”, la Guerra de Sucesión fue un conflicto donde Inglaterra y Francia se disputan militarmente el dominio de España.
Inglaterra se apoyará en el fomento del arraigado apego de los territorios de la Corona de Aragón a sus privilegios y libertades locales para intervenir en España. Promete protección a Cataluña para conservar su autonomía, pero traiciona después todos sus compromisos en una negociación con París de la que se excluye tanto a Madrid como a Barcelona. Con el Tratado de Utretch, que dará fin a la guerra, Inglaterra obtendrá las plazas de Menorca y Gibraltar, entre otras.

III.- 1808-1814. Guerra de la Independencia. Los proyectos de Napoleón para fragmentar España.
Para incorporar a España como una colonia del imperio francés, Napoleón proyecta la anexión del territorio español al norte del Ebro, dinamitando el resto en tres virreinatos ocupados por monarcas títeres.
Fruto de esta política, y como ejemplo a trasladar al resto de España, París consumará en 1812 la anexión en los hechos de Cataluña, sólo deshecha con la expulsión de las tropas napoleónicas.
Mientras el pueblo español, de forma especialmente combativa en Cataluña, se levanta contra el invasor francés, Napoleón empuña la fragmentación como medio para eternizar el dominio galo.

IV.- 1833-1876. La grieta carlista.
Aunque esté protagonizada por grandes propietarios rurales enfrentados al desarrollo capitalista que amenaza sus intereses y privilegios, es el respaldo político, militar y económico de París lo que provoca que el carlismo se convierta en un problema nacional, que sin tener nunca un carácter secesionista, incide sobre todo en Euskadi y Cataluña, constituyéndose en ambos territorios como parte del sustrato de los futuros nacionalismos.
El carlismo y sus efectos desestabilizadores permitirán a París disponer de un privilegiado, y muy lucrativo, instrumento de presión, injerencia y dominio.

NOTA: En escuelas anteriores hemos tratado la guerra de la independencia, el carlismo o incluso la guerra de sucesión, sin embargo, no hemos tenido ocasión de estudiar la guerra de secesión.
Hemos considerado de interés dedicar un paréntesis a este acontecimiento especialmente significativo. El único momento donde se consumó en los hechos la independencia de Cataluña. Su principal cabeza, Pau Claris, es definido en los círculos independentistas como “un presidente valiente que se posicionó al lado del pueblo frente a la monarquía hispánica”. Comprobemos en los hechos si esta afirmación es cierta o se trata de una burda e interesada tergiversación de la historia.

La Guerra de Secesión (1640 – 1652): desmembración de Cataluña y ruptura con Portugal.

·        Los antecedentes de la guerra de secesión están en el enfrentamiento larvado entre Cataluña y la Corona, agudizado por las necesidades de la política imperial y la falta de cintura táctica del Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV.
·        Pero la clave que desencadena la secesión es la intervención francesa a través de un minoritario pero muy activo partido profrancés, cultivado durante años por la diplomacia gala. La intervención de Francia, transformará la rebelión catalana en una aventura secesionista.
·        Se quiebra así la histórica corriente principal de desarrollo peninsular hacia la creación de una más amplia unidad política, culminada sólo sesenta años antes con la incorporación de Portugal a la corona española.

La relación entre Cataluña y la Corona se encona por la intervención del Conde-Duque Olivares, que encarna una política unificadora con la máxima Multa regna, sed una lex, «Muchos reinos, pero una ley», pretende repartir entre todos los territorios las necesidades de la política imperial (con múltiples frentes abiertos y una hacienda pública exhausta). Sus pretensiones de aumentar la contribución económica y aporte de tropas, no serán bien acogidos por las Cortes periféricas y especialmente las catalanas. En 1635 Luis XIII declara la guerra a Felipe IV. Olivares elige deliberadamente a Cataluña como frente para atacar a Francia por el sur y forzar así que Cataluña contribuyese a los esfuerzos militares. Una política suicida que encona las relaciones con las élites catalanas, y hace estallar la rebelión social.

En 1640 se produce la sublevación de Cataluña o “Guerra dels Segadora”. En el origen del conflicto está el descontento popular ante la hambruna, el saqueo y los atropellos protagonizados por las tropas españolas, formadas por mercenarios y desplegadas por el territorio catalán para combatir al francés.
Sobre esas contradicciones actuará la injerencia francesa, transformando una rebelión provocada por los excesos de Olivares que jamás habría derivado por su propia dinámica a una ruptura, en un abierto desafío secesionista.
Un minoritario grupo creado por la diplomacia francesa entre sectores de las élites dirigentes, aprovechará las dramáticas circunstancias de 1640 –enconamiento del conflicto con la Corona, amenaza militar francesa, rebelión campesina…- para dar un auténtico golpe de Estado interno.
Violentando la misma legalidad local, Pau Claris, canónigo de la Seo de Argel y presidente de la Diputación General de Cataluña, consigue forzar a las Cortes a aceptar el apoyo de Francia para levantarse contra España.
Entonces se materializa el pacto secreto que destacados miembros del partido profrancés habían acordado con París para asegurar la protección militar francesa en un levantamiento contra España.
Las tropas galas penetran en la península. Francia empujará entonces los acontecimientos. Richelieu insta a tres embajadores catalanes a proclamar una República separada de España, que Claris hace aceptar a los Brazos y el Consejo de Ciento. Para una semana después declararla inviable y colocar a Cataluña bajo obediencia francesa. Ese mismo día se proclama a Luis XIII como Conde de Barcelona, bajo el nombre de Luis I.
La valoración del enviado plenipotenciario de Luis XIII, y pariente de Richelieu, Du Plésis-Besançon, no deja lugar a dudas sobre la intervención francesa en la secesión catalana:“Se puede decir sin exageración que las consecuencias de este acontecimiento (la revuelta catalana) fueron tales que nuestros asuntos que en Flandes no iban nada bien y peor aún en el Piamonte, súbitamente empezaron a prosperar por todas partes, incluso en Alemania, pues las fuerzas de nuestros enemigos, contenidas dentro de su país, quedaban reducidas a debilidad en todos los demás teatros de la guerra”.

La histórica política francesa hacia España aparece ya definida en 1640: mantener a España enredada en sus provocados desgarros internos, azuzar la fragmentación para someterla, en todo o en parte, a vasallaje.
Al calor de la secesión catalana, los círculos de la nobleza lusa en torno al Duque de Braganza –la familia real portuguesa- reciben el apoyo de Richelieu para hacer realidad sus ambiciones independentistas. En 1641, Richelieu firmó una Alianza con Portugal. A pesar de que un importante sector de la nobleza portuguesa se opuso a la secesión, el apoyo francés, y más tarde británico, obligarán a España reconocer en 1668 la independencia portuguesa.
El cuestionamiento de la unidad peninsular alcanza tales cotas que algunas destacadas cabezas pretenden tomarse el reino por su mano. En Andalucía fue descubierta la conspiración nobiliaria del duque de Medina Sidonia y del marqués de Ayamonte, que pretendían tomar el poder en esta zona contando con el apoyo portugués. En 1648 se volvió a descubrir otra intentona de ruptura con Castilla, esta vez procedente de tierras aragonesas y cuyo protagonista era el duque de Híjar, que pretendía proclamarse rey de Aragón.



La intervención francesa provoca la fragmentación peninsular, con nefastas consecuencias

 para los territorios empujados hacia las aventuras secesionistas. 


El carácter de agentes franceses y enemigos de Cataluña de los máximos promotores 
de la secesión quedará demostrada en su colaboración con el invasor galo.




Pocos meses después de que los dirigentes del partido profrancés enarbolaran la negativa a cualquier tipo de colaboración militar con la Corona española, aceptaron facilitar el desembarco de tropas francesas en puertos catalanes, sufragar las tropas de Luis XIII y enviar a Francia nueve rehenes como garantía. Condiciones mucho más duras que las exigidas por Felipe IV.

Los privilegios locales que los Claris, Tamarit, Villaplana dicen defender son pisoteados por los invasores. El gobierno catalán, que hasta entonces permanecía celosamente en manos locales, pasa a manos francesas. Francia nombró un Gobernador y luego un Virrey, impuso en las instituciones catalanas individuos adictos a París, estableciendo el derecho de veto sobre las listas de candidatos a cargos institucionales, o suprimiendo de ellas los nombres de los posibles desafectos a la causa francesa. Richelieu había dado instrucciones de que se nombraran gobernadores catalanes en cada localidad conquistada pero poniendo a su lado “un francés particularmente hábil y decidido, que ejerza verdaderamente el poder”.

El coste del ejército francés para Cataluña era cada vez mayor, y cada vez se mostraba más como un ejército de ocupación. Mercaderes franceses comenzaron a competir con la burguesía comercial local, pero favorecidos por el gobierno francés que convirtió a Cataluña en un nuevo mercado para Francia. Todo esto, junto a la situación de guerra, la consecuente inflación, plagas y enfermedades llevó a un descontento de la población que iría a más conscientes de que su situación había empeorado con Luis XIII respecto a la que gozaban con Felipe IV.

Las tropas francesas son obligadas a abandonar gran parte territorio catalán. Pero el tratado de los Pirineos, en 1659, con el que se da fin a la guerra, anexionará a Francia el Rosellón, Conflent, Vallespir y parte de la Cerdaña.

Mientras que Felipe IV decreta una amnistía y respeta los fueros y privilegios catalanes, en la parte francesa Luis XIV ordena la supresión del Consejo General de Cataluña, la Diputación y las demás instituciones catalanas, al tiempo que prohíbe el uso oficial del catalán “por ser contrario a mi autoridad y al honor de la nación francesa”.

Destacados miembros del partido profrancés catalán se exiliarán en el Rosselló ocupado por Francia, ejecutando, al ocupar importantes cargos locales, la política centralizadora de Luis XIV.

Por su parte, el Portugal formalmente independiente pronto quedó satelizado por Londres. Lisboa perdió una sustancial parte de su imperio (Malaca, Mascate, Tidore, Ceilan, Cochín, Tánger, Azemmur, y Bombay a Inglaterra). Al año siguiente, el matrimonio de Catalina de Braganza con Carlos II de Inglaterra selló una alianza que pronto se transforma en dependencia. En 1703, el tratado de Methuen reservó el mercado inglés a los vinos de Madeira y de Oporto; a cambio, Inglaterra podía colocar libremente el trigo y sus géneros de lana en Portugal, que a partir de entonces se dedicó al monocultivo de la vid, y participar en el comercio de Brasil.



Factores internos e influencias externas en los orígenes del nacionalismo en España








La intervención de Inglaterra y Francia va a provocar el fracaso de la Iª República, y de las corrientes federalistas e iberistas que se habían convertido en la alternativa de importantes sectores de la burguesía peninsular. Desencadenando, especialmente en Cataluña, la transformación de una parte considerable de estas fuerzas hacia el nacionalismo.

Se ha difundido que las fuerzas nacionalistas están, por su propia naturaleza y desde su mismo nacimiento, enfrentadas a la unidad y en permanente conflicto “con Madrid”. Los hechos históricos dicen exactamente lo contrario. El nacionalismo catalán hunde sus raíces en las corrientes iberistas que propugnaban un reforzamiento y ampliación de la unidad peninsular.
A partir de las revoluciones de 1854, y sobre todo de 1868, se abre un periodo donde, como expresa el historiador Pierre Villar, “España pueda gobernarse a sí misma”.
Es entonces cuando los  sectores más dinámicos y avanzados de la burguesía española se articulan en torno al iberismo, una corriente ideológica y política que propugna la unión de las dos naciones peninsulares (España y Portugal) en una única entidad política. El ideal iberista se hace especialmente fuerte entre los liberales (y entre ellos en sus sectores más progresistas) y entre los republicanos federales. De forma particularmente importante precisamente en Cataluña.
El iberismo no se expresa de forma romántica, sino bajo la forma de una alternativa política que formula explícitamente tres grandes objetivos:
1.- En primer lugar dotar de una plena eficiencia al desarrollo del capitalismo que en ambos países está en sus inicios y es extremadamente débil.
Potenciando el desarrollo económico de la Península con unas comunicaciones e instrumentos económicos comunes: diseño unificado de la red de ferrocarriles y carreteras,  la navegación de los ríos y la conexión entre el Duero y el Ebro, la unión del Mediterráneo y el Atlántico,  supresión de aduanas, moneda única...
2.- En segundo lugar, el iberismo, al potenciar los vínculos de unidad entre liberales, progresistas y revolucionarios españoles y portugueses buscaba dotar de una mayor fuerza a los partidarios de las transformaciones liberales frente a la fuerte reacción absolutista interna en ambos países.
3.- Por último, entre los sectores más avanzados del iberismo se genera una conciencia de la necesidad de la unión para el fortalecimiento de ambos países, convertidos en su proyecto en una única entidad política estatal, frente a las potencias europeas.
Fernando Garrido, uno de los máximos exponentes del iberismo, diputado en 1869 y 1872 y seguidor de las teorías socialistas utópicas de Fourier, diría en su libro Los Estados Unidos de Iberia: “Ni España ni Portugal pueden ejercer su legitima influencia en la política de Europa ni en la de las Américas y por su aislamiento están en África anulados [pero] federándose asegurarían su independencia y la conservación de sus todavía vastas provincias ultramarinas”.
El auge del iberismo va a enfrentarse a los intereses de dominio imperialista.
Nada más proclamarse la Iª República, el gobierno inglés envió un memorándum secreto a su homólogo francés manifestando su voluntad de no permitir jamás el triunfo de un movimiento iberista en la península.
La intervención de Londres y París va a poner fin a la primera experiencia republicana, abriendo paso a la restauración monárquica. Acelerando la fusión entre los círculos más reaccionarios de la burguesía y la aristocracia, que contó con la bendición incondicional de la Iglesia y el beneplácito de las potencias imperialistas de la época, en particular de Inglaterra y Francia, que se apoyaban en estos sectores precisamente para impedir el desarrollo de un capitalismo autónomo (y por tanto rival) y para intervenir en los asuntos internos de España.
Los sectores de la burguesía media y la pequeña burguesía (que desde Cataluña, con Prim o Pi i Margall, habían jugado un importante papel en la política española) son excluidos de cualquier participación en el aparato estatal.
Estos son los hechos que van a determinar la evolución de estos sectores hacia el nacionalismo. Con mayor velocidad tras la crisis del 98 y la amputación de Cuba -cuyo comercio era clave para la economía catalana- a manos de la nueva potencia imperialista emergente, los EEUU.
Sin embargo, las concepciones iberistas no van a desaparecer, y reaparecerán enarboladas por los sectores más progresistas del nacionalismo catalán o gallego en la IIª República.

Junto a estos factores internos, esta transición desde el republicanismo federal hacia el nacionalismo, va a estar marcada también por la influencia ideológica y política que irradia, a partir de 1870, la nueva potencia imperial en ascenso en Europa: el nuevo Imperio Alemán unificado o Segundo Reich.
Los nacionalismos en España empiezan a eclosionar poco tiempo después de que se haya producido un cambio sustancial en la correlación de fuerzas y el equilibrio entre las distintas potencias europeas. La derrota de Napoleón III ante las tropas de Bismarck marca el cambio en la supremacía continental, que pasa a Berlín.
Las formas ideológicas y políticas que adquieren los nacionalismos en España estarán en correspondencia con la irradiación política y cultural que se propaga desde allí como nuevo centro de expansión imperialista. Y no porque exista una relación mecánica entre las fuerzas políticas nacionalistas españolas y el imperialismo alemán, ya que en aquel momento Alemania no tiene ningún interés en promover una ruptura de España que únicamente beneficiaría a Francia, la potencia con la que se está jugando la hegemonía europea.  
Sin embargo, el mismo hecho de que sea un poder imperial en ascenso y expansión hace que las formas político-ideológicas que históricamente había adoptado el nacionalismo alemán para su unificación sean las que predominen en el surgimiento de esta segunda oleada de nacionalismos europeos. Unas concepciones, además que se apoyan en toda la serie de desarrollos impulsados desde Alemania que en el campo de las ciencias (historiografía, antropología, socio-lingüística, biología,..) dominan el pensamiento europeo de la época.
Un nacionalismo que se basa de forma determinante en el volkgeist (“el espíritu, el genio del pueblo”), es decir, en una especie de esencia o de valores cuasi genéticos que cada pueblo posee y que le hace diferente de los demás. Desde esta concepción, la raza, el territorio, la lengua o la tradición son los elementos que aglutinan al pueblo que conforma una nación. Y esto, además, es algo que le viene dado a cada individuo que forma parte de esa colectividad, y es, por lo tanto, independiente de la voluntad de sus habitantes.
La influencia de estas concepciones en el nacionalismo vasco resulta evidente en las teorías racistas de Sabino Arana, pero de ellas tampoco se libran el resto de los nacionalismos.
Muchos de los padres intelectuales del nacionalismo catalán aplaudieron la aparición en 1887 de un libro, “Herejías” de Pompeu Gener (adscrito al republicanismo federal para después reconvertirse al nacionalismo) cuya tesis central es que “existe una raza catalana de origen ario-gótico, superior al resto de pueblos peninsulares, de raíces semíticas. Mientras que los catalanes reconquistaron pronto sus territorios y entraron bajo la benéfica influencia aria de los francos, Castilla pasó largos siglos dominada por los semitas árabes y bereberes, lo que explica la radical diferencia e incompatibilidad e ambos pueblos”
Aunque ocupando una posición subordinada y secundaria a sus objetivos políticos, las ideas de diferenciaciones y superioridades raciales, de incompatibilidad de unos pueblos con otros forma parte de su “humus” ideológico, aunque permanezca en estado latente o sea enarbolado sólo por sus sectores más radicalmente independentistas, para los que “la raza constituye la única fuente de cultura y debe mantenerse pura”.
Como el diputado por el ala radical de ERC, Pere Mártir Rosell, que en 1930, presentará, ante el peligro que la “mezcla entre catalanes y no catalanes conduzca a la degeneración”, un “Plan para la mejora de la raza catalana”, elaborado directamente desde sus experiencias sobre la mejora genética del ganado durante su etapa como director del Servicio de Ganadería de la Mancomunitat catalana. Para estos sectores del radicalismo independentista, “la raza constituye la única fuente de cultura y debe mantenerse pura”.

La fuerte influencia de estas concepciones etnicistas y racistas propias del nacionalismo alemán en las distintas corrientes nacionalistas españolas no podían jugar, excepto en el caso vasco, un papel determinante en sus estrategias políticas, al no existir paralelamente un  proyecto estratégico imperialista que les diera cobijo. Pero resultan especialmente peligrosos en el momento en que cambia la orientación del imperialismo alemán. 

domingo, 16 de julio de 2017

La posición de los comunistas ante la cuestión nacional


El problema de las nacionalidades en España 
a la luz de la intervención imperialista

La posición de los comunistas ante la cuestión nacional:

Defender la libre y solidaria unidad del pueblo de las nacionalidades y regiones de España es revolucionario

El nacionalismo vasco reclama ancestrales derechos e identidades que se remontan a la noche de los tiempos como origen de su existencia; el catalán, más comedido, retrocede sólo mil años para definir su esencia nacional.

No es necesario, sin embargo, ir tan atrás en el tiempo. No existe en todo nuestro pasado una coyuntura histórica donde el problema de las nacionalidades aparezca de forma tan diáfana y cristalina como en los tres años de nuestra guerra nacional revolucionaria, entre 1936 y 1939.

Durante ese período van a quedar perfectamente reflejadas las posiciones de las distintas fuerzas políticas y de clase ante los tres tipos de contradicciones que históricamente han recorrido –y siguen haciéndolo– el problema de las nacionalidades en España:

1.- La contradicción entre unidad y fragmentación (contradicción que, como veremos en la Escuela, no responde fundamentalmente a causas internas, no es, en este sentido, un demonio familiar interno, sino importado desde fuera)

2.- La contradicción entre unidad y articulación (es decir, las formas políticas en que debe darse la unidad, esta sí, una contradicción que hunde sus raíces entre nosotros).

3.- Y, presidiendo y determinando el desarrollo y la relación de ambas la contradicción entre los intereses imperialistas, de las distintas potencias imperialistas más fuertes de cada época, por dominar a España y los intereses nacionales y populares de conquistar frente a ellas la independencia y la libertad.

Entre 1936 y 1939, la agudización y el antagonismo extremos que adquiere la contradicción principal que recorre nuestro país –la que enfrenta a la oligarquía y el imperialismo con el pueblo– permiten (y a la vez fuerzan) que el resto de contradicciones se alineen en torno a esta cuestión central y por tanto se presenten en su forma más descarnada y abierta posible, sin veladuras ni mixtificaciones.


I.- La línea impulsada por el PCE de José Díaz y Pasionaria durante la Guerra Nacional Revolucionaria sintetiza, por primera vez en España, la posición de los comunistas y revolucionarios ante la cuestión nacional, desde los intereses comunes de la clase obrera y el pueblo trabajador frente al dominio imperialista y oligárquico. De 1936 a 1939 el PCE, partiendo de los fustes fundamentales del leninismo y aplicándolos al análisis de la situación concreta en España, establece una justa línea revolucionaria desde donde abordar el problema de las nacionalidades para fortalecer la unidad del conjunto del pueblo español contra sus enemigos comunes. 

Vamos a establecer las claves de esta posición revolucionaria ante la cuestión nacional estudiando fragmentos de un folleto editado en 1938 por la editorial “Ediciones del Partido Comunista de España”, y escrito por Vicente Uribe, miembro del Comité Central del PCE, ministro de Agricultura durante el Gobierno de Largo Caballero y de Instrucción Pública en el de Negrín.

“El problema de las nacionalidades en España no puede ser examinado separadamente de la cuestión nacional general de España, de la revolución democrática de toda España, de la guerra por la libertad y la democracia. La cuestión de las nacionalidades, en el período actual, tiene que ser tratada necesariamente dentro del conjunto de las circunstancias históricas del momento y las obligaciones que de ahí se derivan, cuyo desarrollo y ejecución asegurarán el triunfo sobre los invasores fascistas alemanes-italianos y sus agentes.

La solución acertada de las reivindicaciones democráticas y parciales de las distintas nacionalidades de España se encuentra únicamente tomando en consideración todas las particularidades y condiciones interiores y exteriores del desenvolvimiento de la lucha general de todos los pueblos españoles para restaurar y consolidar la independencia e integridad de la Patria. Asimismo la guerra por la independencia de la República española no se puede examinar sin tener en cuenta su contenido social político interior y las condiciones internacionales que la rodean. Solamente de esta forma encontraremos los motivos teóricos exactos de la posición político-práctica que en esta guerra tenemos los proletarios y los comunistas de España y de todo el mundo”.

¿Cuáles son las claves que nos está planteando Vicente Uribe desde donde los comunistas abordamos la cuestión nacional?

1º.- El problema de las nacionalidades debe plantearse desde los intereses de clase comunes de todo el proletariado y las clases populares en el conjunto de España, y su lucha contra los enemigos también comunes. 

Si no se hace desde aquí, si se considera “separadamente”, al margen de las clases y como un conflicto entre “las libertades de las nacionalidades” y “la opresión española”, se adopta inevitablemente la posición y el punto de vista de la burguesía, dividiendo las filas del pueblo.

Tal y como planteaba Lenin “si el marxista ucraniano se deja arrastrar por su odio legítimo y natural a los opresores gran-rusos hasta el extremo de hacer extensiva aunque sólo sea una partícula de ese odio a la causa proletaria de los obreros gran-rusos, ese marxista se habrá deslizado a la charca del nacionalismo burgués.”

2º.- La cuestión nacional solo puede valorarse a la luz de la lucha contra los principales explotadores y opresores, que en la época del imperialismo son las principales potencias mundiales.

Por eso, como afirma Uribe, debe tomarse en consideración en primer lugar “el triunfo sobre los invasores fascistas alemanes-italianos y sus agentes”. Y someterlo a “la lucha general de todos los pueblos españoles para restaurar y consolidar la independencia e integridad de la Patria”, frente al dominio del imperialismo.

3º.- Si la contradicción principal es el dominio imperialista, la solución a las justas reivindicaciones de las nacionalidades jamás vendrá de una lucha parcial y segregada.

Sólo puede alcanzarse fortaleciendo la unidad con el conjunto del pueblo español, avanzando en la conquista de una España independiente del dominio de las grandes potencias.

El texto de Vicente Uribe continúa:

“Ahora todo el mundo sabe que HitIer y Mussolini fueron los principales instigadores y dirigentes del complot; fueron, y continúan siendo, los supremos iniciadores y dirigentes de la guerra contra la República española. (…) Muy pronto se manifestó, y se hizo evidente para todo el mundo, que los generales traidores Franco, Mola, Sanjurjo y compañía, no son sino agentes ejecutores de los planes político-militares del imperialismo fascista italo-alemán.

(…) La circunstancia de la solidaridad con Hitler y Mussolini, expresada por Deterding y los grupos reaccionarios fascistas de las oligarquías financieras de la Gran Bretaña, Francia y otros países, no aminora, sino que subraya con mayor fuerza el carácter bandolero de pillaje, reaccionario y destructor de la guerra contra la República española.

(…) La guerra contra la República española es una guerra de bandidaje, de rapiña, reaccionaria, imperialista, colonial, conquistadora”.

Aquí Vicente Uribe reafirma y desarrolla lo antes planteado en dos puntos clave:
Establecer el carácter de la guerra como nacional y revolucionario. Insistiendo en que se trata de “una guerra por la independencia de España”, contra el dominio imperialista.

Frente a reducir el blanco a las élites internas reaccionarias, el PCE sitúa que los enemigos a batir no son sólo los ejércitos franquistas y la oligarquía que sustenta el fascismo. El “Estado Mayor” del fascismo está en Berlín y en Roma, y no en Madrid. Y los generales fascistas “no son sino agentes ejecutores de los planes político-militares del imperialismo fascista italo-alemán”.
Por primera vez la izquierda revolucionaria en España se quita “la venda en los ojos” que le mantenía ciega ante la intervención imperialista.

Situando correctamente el centro del blanco en las principales potencias imperialistas, y señalando el carácter vendepatrias de la oligarquía española.

Es desde aquí que el PCE puede establecer un justo tratamiento de la cuestión nacional, desarrollando con rotundidad la posición de los comunistas ante la unidad y la fragmentación.

II.- Las claves de la defensa de la unidad desde los intereses y la lucha común de la clase obrera.

Continuamos con Vicente Uribe y el texto del PCE:

“Al mismo tiempo que los más consecuentes internacionalistas somos los más fieles luchadores y defensores de la República española; los más entusiastas defensores de la Patria española; los más fieles ardientes patriotas de la España democrática; los más decididos enemigos de toda tendencia separatista; los más convencidos partidarios de la Unidad Nacional, del Frente Popular, de la Unidad popular.

(…) Las cuestiones particulares nacionales de los catalanes, vascos y gallegos están ligadas vitalmente con la cuestión nacional de toda España. Se han convertido en cuestión particular de la guerra democrática de toda España por la independencia. Los intereses nacionales específicos, la pequeña Patria de los catalanes, vascos y gallegos, se ha convertido en parte inseparable de los intereses generales de la gran Patria de todos los pueblos de España. Es indudable que los intereses nacionales, particulares, de las distintas nacionalidades de España no han desaparecido, no se han borrado. Existen y se han hecho aún más sensibles, puesto que han sido comprendidos por las masas, aun mejor que antes. (…) Los sentimientos nacionales, el patriotismo y el amor a la libertad de los catalanes, vascos y gallegos, se han confundido en el círculo general, potente y combativo del gran patriotismo revolucionario de todos los luchadores en defensa de la independencia y la libertad de la España republicana y democrática. Las grandes masas del pueblo sienten y comprenden que la defensa de la independencia, de la integridad y la democracia de España, que la defensa de la República española, es la causa común de todos y un deber, un honor y un motivo de orgullo para todas las nacionalidades de España.

El PCE sintetiza aquí las razones de la defensa de la unidad desde los intereses y objetivos del proletariado revolucionario:

1º.- La lucha conjunta del proletariado, y el resto de clases populares, contra sus enemigos comunes -las grandes potencias imperialistas y la clase dominante local- exige fortalecer tanto la “Unidad popular” como la “Unidad nacional”.

La defensa de la unidad, que para la burguesía es una cuestión de territorio y de mercado, para el proletariado revolucionario está unida a sus intereses históricos como clase.

Lenin establece con claridad que los comunistas“luchamos sobre el terreno de un Estado determinado, unificamos a todos los obreros de todas las naciones de este Estado. Pero no se puede ir a este objetivo sin luchar contra todos los nacionalismos”.

Por eso Lenin y los bolcheviques trazan una clara línea de demarcación entre la posición de la burguesia y el proletariado al abordar la cuestión nacional:“La burguesía coloca siempre en primer plano sus reivindicaciones nacionales y las plantea de modo incondicional. El proletariado las subordina a los intereses de la lucha de clases. Al proletariado le importa garantizar el desarrollo de su clase; a la burguesía le importa dificultar ese desarrollo posponiendo las tareas de dicho desarrollo a las tareas de “su” nación. La política del proletariado en la cuestión nacional es una política de principios, apoyando a la burguesía, sólo condicionalmente”.

2º.- Desde la lucha contra el dominio imperialista y oligárquico, se forja un nuevo patriotismo revolucionario, que fortalece la unidad del conjunto del pueblo español frente a sus enemigos comunes.

En la época del imperialismo no se puede ser internacionalista sin ser patriota, sin luchar contra el dominio del imperialismo. Este es un punto fundamental del leninismo, que enarbola la lucha de las naciones oprimidas por su independencia como parte del combate general contra los principales explotadores, las potencias imperialistas.

Desde aquí Vicente Uribe llama a la “defensa de la independencia político-estatal y la integridad territorial de España” que el proletariado y los comunista debemos encabezar está dirigida por la lucha contra el imperialismo.

Frente a todas las tergiversaciones posteriores -que han identificado unidad con reacción y disgregación con progresismo- es en el momento donde la izquierda española es más consecuentemente revolucionaria cuando con más conciencia y firmeza ha defendido la unidad.

3º.- La lucha de todo el pueblo por la independencia frente al dominio imperialista y la lucha de las nacionalidades son inseparables.

Es necesaria la unidad popular y nacional para derrotar al imperialismo, y las nacionalidades solo podrán ser realmente libres conquistando, junto al resto del pueblo español, una España independiente.

Seguimos con el texto:

“En la guerra contra la República los generales traidores y sus amos buscan el exterminio de las conquistas nacionales de Cataluña, Vasconia y Galicia, la supresión de sus Estatutos, destruyendo todos los elementos de la cultura nacional propia de estos pueblos.

(…) la clase obrera no sólo se encuentra a la vanguardia de la lucha de todo el pueblo por la libertad, la independencia y la democracia, sino que juega un papel decisivo en la determinación y ejecución en la política general del Estado. La clase obrera está interesada vitalmente en la conservación y perfección del régimen democrático; en que se realice la colaboración creadora y solidaridad fraternal de todos los pueblos españoles.

(…) La política del Gobierno de Unión Nacional, presidido por el camarada Negrín, está claramente manifestada en el punto 5º del programa aprobado por el Consejo de Ministros. Dice así: «Respeto a las libertades regionales, sin menoscabo de la unidad española. Protección y fomento al desarrollo de la personalidad y particularidades de los distintos pueblos que integran España, como lo imponen un derecho y un hecho históricos, lo que, lejos de significar una disgregación de la Nación, constituye la mejor soldadura entre los elementos que la integran.»

Así, pues, la situación general creada en la República, después de julio del 36, se caracteriza: de un lado, por la falta de cualquier motivo e interés material, económico, social o político, determinante de situación privilegiada de una nacionalidad y de situación de desigualdad para las demás nacionalidades; y, de otro lado, por la existencia de todas las condiciones y factores necesarios para una colaboración activa y fraternal, cada vez más estrecha, entre todos los pueblos españoles, sobre la base de una confianza mutua y de la unidad combativa, inseparable, por la causa general contra el enemigo común.”

Vicente Uribe establece aquí como sólo desde los intereses de clase del proletariado es posible acabar con la opresión nacional:
Por un lado, porque el interés de clase del proletariado es acabar con la explotación y con cualquier tipo de opresión, también la nacional.

Marx planteaba ya en el Manifiesto Comunista “abolid la explotación del hombre por el hombre y habréis abolido la explotación de una nación por otra”. Al tiempo que reafirmaba que “la acción común de los diferentes proletarios es una de las primeras condiciones de la emancipación de las naciones oprimidas”.

Y Vicente Uribe reafirma que “la clase obrera está interesada vitalmente (…) en que se realice la colaboración creadora y solidaridad fraternal de todos los pueblos españoles”.
Por otro lado porque sólo bajo la dirección del proletariado revolucionario es posible alcanzar la libre unidad del pueblo de las nacionalidades y regiones de España.

El PCE toma una clara posición contra la opresión a que son sometidas las nacionalidades bajo el dominio del imperialismo y la oligarquía. Formulando en el punto 5 de “Los 13 puntos de Negrín” -un programa a toda la nación de resistencia frente a la agresión imperialista y fascista- como unidad y pluralidad se refuerzan mutuamente, estableciendo la “protección y fomento al desarrollo de la personalidad y particularidades de los distintos pueblos que integran España”, y como eso “lejos de significar una disgregación de la Nación, constituye la mejor soldadura entre los elementos que la integran”.

III.- En torno a la posición ante la contradicción principal (con el imperialismo y con la oligarquía) se deslindan con claridad dos líneas antagónicas en las fuerzas nacionalistas. Revelando el carácter pro-imperialista de sus sectores más reaccionarios y rabiosamente independentistas.

El tratamiento dado por el PCE al conjunto de fuerzas nacionalistas va a partir de la contradicción principal; la lucha contra la agresión imperialista y fascista. Dice así:

¿Ha sido comprendida por los dirigentes políticos y representantes verdaderos de los pueblos catalán, vasco y gallego la nueva situación de las nacionalidades de la España republicana después de julio del 36? Sin duda alguna, ha sido comprendida. La demostración evidente de esto consiste en que dichos dirigentes y representantes participan de manera voluntaria y entusiasta, junto con su pueblo, en todos los terrenos de la lucha general por la defensa de la República, de la libertad y de la independencia.

(…) Es verdad que, tanto entre los vascos como entre los catalanes, se encuentran algunos individuos que conservan antiguos conceptos formados en las viejas condiciones políticas (…) intentan resucitar, entre ciertos núcleos del pueblo –afortunadamente sin resultado alguno– los antiguos sentimientos de desconfianza y enemistad hacia la República. (…) Quienes de tal manera proceden son gentes que se equivocan de buena fe, o que reflejan inconscientemente la influencia del enemigo. (…) En estos casos se trata, desde luego, de gente honrada y amante de su país.

Sin embargo, encontramos con mayor frecuencia conductas que nada tienen que ver con la honradez y con el amor al país. En mayor grado nos encontramos, en este sentido, con provocadores encubiertos, con trotskistas, con agentes de Franco, Mussolini, Cambó y compañía. Por regla general, estos elementos son enemigos del pueblo y actúan bajo la máscara de un nacionalismo cerrado y egoísta, pero de hecho reaccionario, que convierte los distintos párrafos de los estatutos o de la Constitución en sofismas reaccionarios. Su tarea consiste en crear el mayor número de dificultades, introducir la disgregación, provocar discordias, debilitar la Unidad nacional de todos los pueblos de España. Es natural que contra dichos sujetos se impone una lucha despiadada y la obligación de descubrir, ante el pueblo, su verdadera faz de enemigos de la República.

¿Qué extraemos de aquí?

1º.- La línea impulsada por el PCE, diferenciando quiénes son los auténticos enemigos y quiénes los verdaderos amigos, permite unir consecuentemente a la inmensa mayoría de las bases y dirigentes de las fuerzas nacionalistas, que se colocan del lado de las filas del pueblo, incluso aunque ello les lleve a tener que abandonar o postergar indefinidamente los mismos objetivos políticos por los que hasta entonces habían estado luchando.

2º.- El PCE lleva una política de unidad y lucha con las fuerzas nacionalistas. Criticando las posiciones que en su seno debilitan la unidad, pero estableciendo al mismo tiempo que la inmensa mayoría de ellos “se equivocan de buena fe”, y a pesar de lo profundamente erróneo de su actuación, son gente unible, ganable para el campo de las filas del pueblo.

3º.- El blanco se concentra sólo en aquellos sectores minoritarios que “introducen factores de disgregación”, y son tratados como “agentes del enemigo, de la reacción y del imperialismo, incrustados en las filas del pueblo”.

Los hechos confirman la justeza de esta línea.

La agudización de los ataques del imperialismo demarcan las dos posiciones antagónicas que conviven en el seno de las fuerzas nacionalistas.

La inmensa mayoría de los miembros y dirigentes de las fuerzas nacionalistas van a fortalecer su unidad con el conjunto del pueblo español, sometiendo sus reivindicaciones a la lucha común contra el fascismo.

Lluis Companys -cuya figura es hoy subvertida por los sectores más independentistas- es quizá el mejor ejemplo.

El 6 de octubre de 1934 Companys proclamó el Estat Catalá dentro de la “República federal española”. No era una declaración de independencia. Sino el apoyo a la huelga general que las fuerzas obreras y revolucionarias han convocado en toda España como respuesta a la entrada en el gobierno de la CEDA, representante de los más reaccionarios intereses oligárquicos y punta de lanza de la amenaza fascista.

Companys fue detenido, junto a todo el gobierno de la Generalitat, y el estatuto catalán suspendido. Será el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 el que devolvió a Cataluña su autonomía perdida y se restituyó a Companys y al gobierno catalán legítimo en sus puestos.

De 1936 a 1939, Companys encabezará la unidad de Cataluña con el resto de España en la lucha común contra el fascismo. Respaldando con pasión la lucha popular en Madrid con frases tan elocuentes como esta: “¡Madrileños, Cataluña os ama!”. O editando carteles bajo el lema “¡Fill, Madrid et necessita!” (¡Hijo, Madrid te necesita) llamando a alistarse para la defensa de Madrid.

En marzo de 1938, la Generalitat edita el folleto “El President de Catalunya diu...”, reproduciendo un discurso de Companys que hoy sería inaudito:

“Los soldados catalanes por centenares de millares luchan en todos los frentes de la República. El pequeño escudo de bronce con las cuatro barras de nuestra bandera encima del pecho infunde bravura a los catalanes encuadrados en las líneas de combatientes que preside la bandera gloriosa de la España autónoma y democrática, que combate por su independencia. La pólvora de Cataluña y los instrumentos de guerra salidos de ella son una nueva contribución al alzamiento hispánico para la defensa de su patria territorial y espiritual. Cataluña y la libertad son una misma cosa; en donde vive la libertad, se encuentra mi patria.

Por otra parte, y virulentamente enfrentados a la línea que representa Companys, o los gudaris vascos que lucharon contra el fascismo, está el reducido grupo que forman los sectores más radicalmente independentistas. Éstos mantienen las posiciones más abiertamente reaccionarias, racistas y excluyentes (introduciendo factores de disgregación, provocando discordias y rencillas y atacando y debilitando constantemente la unidad) apareciendo permanentemente en tratos con los imperialismos más feroces y agresivos.

Los círculos nucleados en torno a Josep Dencàs, fundador de Estat Català, creador dels “escamots”, una fuerza paramilitar de carácter fascista, y que tuvo que exiliarse en 1937 por su participación en la represión contra los anarquistas, intentó primero ofrecer sus servicios a la Italia mussoliniana a cambio de conseguir una Cataluña independiente. Más tarde, en 1940 estableció contacto con los dirigentes alemanes instalados en Vichy para explorar la posibilidad de que la Alemania nazi, una vez ganada la guerra e impuesto su Nuevo Orden en Europa, apoyara la creación de un Estado catalán.

También se unieron a las maniobras disgregadoras los sectores nacionalistas más vinculados a Francia e Inglaterra, con el claro objetivo de impedir el triunfo de una España popular.

Joan Casanovas, que llegó a ser presidente del parlamento catalán, intentó que ante el triunfo franquista Cataluña, con la protección de Francia, se convirtiera en un territorio soberano, separado de España en concepto de “zona fuera de la influencia de los estados fascistas”, para ser entre los Pirineos y el Mediterráneo “un factor de equilibrio y orden”.

A finales de 1937 y principios de 1938 los sectores más liberales y probritánicos dentro de ERC, encabezados por Carles Pi i Sunyer, van a sumarse a las presiones de la embajada inglesa para expulsar a los comunistas del gobierno y acordar una rendición frente a las tropas franquistas. Y cuando el ejército franquista iniciaba su final en Cataluña, esos mismos sectores provocarán una crisis en el gobierno de la Generalitat que debilitará la capacidad de resistencia.

En 1938 el representante de la Generalitat en Londres, Batista i Roca, se dirige al Foreign Office con un memorándum en el que pide la mediación inglesa para terminar la guerra, y un referéndum en Cataluña bajo supervisión internacional.

Finalizada la guerra, Carles Pi i Sunyer constituirá en Londres el Consell Nacional de Catalunya -frente al que todavía encabezaba Companys desde París- para ofrecerse en 1941 como vía de intervención en España a cambio de que Londres reconozca la independencia catalana

sábado, 17 de junio de 2017

la historia de la industria del petróleo en España





Cuando España se enfrentaba a los monopolios confabuladoras







En 1917, cuando el petróleo en España representaba el 0,3% en el uso final de energía, Joaquín Sánchez de Toca, ministro conservador de la época e hijo del médico que atendió en sus últimas horas al General Prim, escribió una pequeña obra titulada El Petróleo como artículo de primera necesidad para nuestra economía nacional. Según he leído en un artículo de Adrian Shubert, este escrito de Sánchez de Toca es el que inspiró, durante el gobierno de Primo de Ribera a su ministro de Hacienda, José Calvo Sotelo, para realizar la nacionalización del petróleo. Esta iniciativa se plasmó en el Real-Decreto Ley 1141 de 28 de junio de 1927, publicado en la Gazeta de 30 de junio de ese mismo año. En él, después de un “mono” parte sobre el buen estado de salud de la familia real de Alfonso XIII en Londres, se puede leer la exposición de motivos que el mismo Calvo Sotelo hace sobre la ley. En esta exposición se habla del problema del petróleo como uno en primera línea de todos los que modernamente interesan a todos los pueblos.

En el texto se justifica la nacionalización del petróleo, que daría lugar a la creación de CAMPSA, por tres razones. Primero se entiende que la industria del petróleo, por sus efectos de arrastre sobre otros sectores, puede ser uno de los instrumentos para la industrialización del país; segundo se asume que el petróleo es un instrumento básico de la defensa nacional (entiendo que como combustible de la flota marina y aérea); y en tercer lugar, se le ve también como una fuente de ingresos fiscales. Estas tres razones conducen a una de las frases más graciosas del texto, en la que se dice que el nuevo monopolio no significa realmente una instauración, sino tan sólo sustitución; porque de hecho, en materia de petróleos vivimos en régimen de Monopolio en manos de muy pocas entidades privadas cuya confabulación, siempre posible y en derecho estricto difícilmente reprimible, sobre todo si aquellas se amparan en fuero de extranjería, podría ocasionar riesgos gravísimos al consumidor y al mismo Estado, impotentes para desbaratarla.


A tenor de lo que cuenta Adrian Shubert, al final estas entidades privadas, apoyadas por sus gobiernos respectivos, fueron las que desbarataron el proyecto inicial. Este proyecto inicial era crear una empresa petrolera integrada española (con capital y trabajo nacional), cuya participación del Estado había de ser del 30%. Para crear esta empresa, se tuvo que nacionalizar lo que ya existía en la Península Ibérica: Industrias Babel y Nervión, inicialmente de capital francés y comprada por la Standard Oil de Jersey (1925), la Sociedad Petrolífera Española, filial de la Royal Dutch Shell,y otras empresas menores, fundamentalmente francesas, así como integrar a la Sociedad de Petróleos Porto Pi, creada por Juan March en 1925 -cuya emblemática y arquitectónicamente maravillosa gasolinera puede verse todavía hoy en Madrid en la Calle Alberto Aguilera.

Ello culminó en una batalla sobredimensionada, vista la minúscula dimensión del mercado petrolífero español de la época (en 1927, sólo el 2,1% del consumo final total de energía tenía como origen el petróleo) y la poca importancia de la Península Ibérica en el juego petrolífero mundial, que no acabó con CAMPSA, pero costó un dineral al erario español y desvirtúo el proyecto inicial de tener una empresa petrolera nacional fuerte. Esta batalla perdida, históricamente tiene su gracia, pues contiene algunos ingredientes relevantes para el relato del devenir de la industria petrolera internacional.

Esta historia transcurre entre 1925 y 1927; año, el primero, en el que quedaron fijadas en Lausana las fronteras entre Turquía e Iraq, incluyendo la región de Mosul, y con ello las concesiones petrolíferas en Oriente Medio; y año, el segundo, previo a que las siete compañías petrolíferas más poderosas del mundo (según Calvo Sotelo, los monopolios privados confabuladores) se constituyeran en las Siete Hermanas y se repartieran, junto a la Compañía Francesa de Petróleo, el mercado mundial. Por ello este pequeño acto, cebollante, de creación de una compañía nacional fuera del ámbito de la gran industria petrolera internacional, pudo ser considerado, por parte de ésta, como un acto de rebeldía que no se debía tolerar. Máxime si se tiene en cuenta, que la única empresa petrolífera implicada en la historia, la de la Sociedad Petróleos Porto Pi, había logrado un acuerdo con las autoridades soviéticas para importar crudo desde la URSS, sólo tres años después de que en la Conferencia de Génova y subsiguientes, se limitaran sustancialmente las relaciones entre la incipiente industria petrolera soviética y la occidental. Ello, aunque ahora podamos pensar que no tenía futuro alguno, rompió la hegemonía de las “grandes” en España y debió ser visto como una disidencia a no permitir.

Es curioso, pero visto en perspectiva, éste debió de ser uno de los momentos de máxima actividad diplomática internacional en torno al sector petrolífero español. Se creó una campaña de boicot internacional y se desestabilizó, a la ya inestable, dictadura de Primo de Rivera. Parece increíble que un país atrasado como España, con un ínfimo consumo de petróleo, por querer crear una compañía de petróleos nacional con participación estatal, creara tal alboroto, pero la moraleja es evidente: el poder del monopolio no se logra por el buen hacer, sino por la exclusión de cualquier atisbo de competencia, por pequeña e inofensiva que esta sea. Esto fue así, cuando esta industria era incipiente, y lo es ahora, cuando está madura y obsoleta.

La diferencia es que, entonces, el gobierno intentó oponerse, en palabras de Calvo Sotelo, a ese poder privado que atenta contra el consumidor y el Estado, mientras que ahora, nuestros gobernantes favorecen su poder. Intuyo que esta debe ser la diferencia entre un conservadurismo nacional y uno globalizado, pues por lo demás, las distas ideológicas entre el gobierno de entonces y el de ahora, parecen pocas.

jueves, 15 de junio de 2017

Escuela zonal 12

            

La venda en los ojos

           
 El hilo conductor de esta ciclo de Escuelas de Marxismo sobre la historia de España está concentrado en su mismo título: “¿España, potencia imperialista o país dominado?”.
           




Frente a una visión dominante sobre nuestra historia que pone el foco de atención en “el atraso español” o en el carácter reaccionario de las élites locales, vamos a demostrar con hechos como el factor determinante que explica tanto el pasado como el presente es la intervención de las principales potencias imperialistas para dominar España.
            Después de estudiar el siglo XIX en la primera escuela de este ciclo, vamos a concentrar nuestra atención en el primer tercio del siglo XX, un periodo donde gracias a la debilidad de las potencias dominantes tradicionales -Inglaterra y Francia- tras la Iª Guerra Mundial, se abre la posibilidad de que España emprenda el camino de un desarrollo autónomo donde puedan expresarse todas sus potencialidades. En el terreno económico pero también en el científico o cultural, donde se vive, a partir de los años veinte, una auténtica Edad de Plata de la cultura española.
            Un horizonte cuyos límites vienen una vez más determinados por el grado de dependencia respecto a las principales potencias, y su capacidad para intervenir en nuestro país para cercenar la posibilidad de un desarrollo autónomo que cuestione sus intereses.
            Una contradicción que se expresa -en unos términos que podrían perfectamente aplicarse a la España actual- en un artículo aparecido en septiembre de 1916 en la Revista Nacional de Economía, una publicación en la que escribían los principales economistas y científicos de la época: “Se presentan para España dos caminos: o recibir, aceptar humildemente agradecida, el capital extranjero, más o menos disimulado o suave, y por ende el dinero extranjero, la técnica extranjera, y que sean los embajadores extranjeros los que gobiernen con su baraja de ministros, ministrables y presidentes, con sus cortesanos adictos y sus generales afectos y sus magistrados agradables y sus periodistas y sus intelectuales a sueldo, o España tiene que buscar ardientemente el camino del trabajo, del estudio, de la austeridad y del deber, la reconquista de su casi perdida independencia política, de su riqueza monopolizada por la banca extranjera, haciéndose su técnica propia, su banca propia, su cultura propia para llegar a ser nación independiente de pleno iure”.
            En torno a este nódulo principal van a desarrollarse todos los acontecimientos que definirán a principios del siglo XX un desarrollo capitalista en España cuyos pilares siguen vigentes en la actualidad.

1º.- El nacimiento y desarrollo del movimiento obrero. 
La venda en los ojos.

            El movimiento obrero nace en España en el siglo XIX, y se desarrolla extraordinariamente durante el siglo XX, con una enorme combatividad y organización. En 1917, al calor de la Revolución de Octubre, las principales fuerzas obreras y populares convocan una Huelga Nacional Revolucionaria que paraliza el país, y en el campo andaluz se abre un periodo conocido como “el trienio bolchevique”.
            Pero, a pesar de las enormes evidencias que lo atestiguan, en el movimiento obrero existe una ceguera absoluta sobre como España se ha convertido en un país intervenido donde el principal muro que hay que derribar para abrir un camino revolucionario es el dominio de las grandes potencias imperialistas.
            Se dirige la lucha popular contra el patrón sin situar el centro en el control del capital extranjero, contra el cacique y no frente a la intervención de las embajadas extranjeras sobre la vida política del país...
            Una auténtica “venda en los ojos” ante la intervención imperialista que ha impedido a una clase obrera y un pueblo extraordinariamente combativo derrotar a sus auténticos enemigos.
            En esta escuela vamos a abordar una primera explicación de las razones objetivas de esta inexplicable ceguera en las fuerzas del movimiento obrero español: ¿ha surgido “espontáneamente” o se ha impuesto de forma interesada?

2º.- La configuración de la oligarquía

            En las primeras décadas del siglo XX se configura definitivamente la clase dominante en España: una oligarquía financiera vinculada familiarmente con los terratenientes, pero que tiene ya su nódulo principal en un selecto grupo de grandes bancos con participación directa en la gran industria.
            Y que fortalece su “unión personal” con el Estado, a través de cuadros que alternan los principales ministerios con el consejo de administración de los grandes bancos e industrias.

3º.- La dictadura de Primo de Rivera: 
el íntento de desarrollar un capitalismo nacional autónomo

            La dictadura de Primo de Rivera -vigente desde 1923 a 1929- es valorada como uno más de los regímenes reaccionarios y derechas que han recorrido la historia del país. En realidad su sentido histórico es muy diferente. Representa el primer y único intento de desarrollar, desde sectores oligárquicos y el Estado, un capitalismo nacional independiente.
            Algunos de los principales monopolios españoles, como Telefónica o Campsa, nacen en este momento.
            Para ello fue necesario cuestionar en parte los tradicionales lazos de dependencia hacia las grandes potencias y el capital extranjero. Expropiando a la todopoderosa Standard Oil y la Shell con el objetivo de recuperar el control nacional sobre sectores estratégicos como el energético. Y buscando, ante la presiones británicas, un acuerdo con la URSS -la bestia negra de toda la burguesía mundial- para abastecerse de petróleo.
            La intervención, principalmente desde la embajada inglesa, tejerá una red para acabar a cualquier precio con el régimen primorriverista. Los nódulos de la oligarquía, a pesar de haber salido enormemente beneficiados del crecimiento económico durante este periodo, se plegaran a los ataques exteriores, demostrando su incapacidad para encabezar un proyecto independiente.

La Escuela de Marxismo se celebrará 
el viernes 16 y sábado 17 de junio

-          Tiene una matrícula de 6 euros.

-          A todos los matriculados se les proporcionará un dossier con las asignaturas y los textos de estudio.
-       Más información 609615971 

lunes, 5 de junio de 2017

EL ETERNO Y OBLIGADO RETORNO A MARX

“El retorno de Karl Marx para entender lo que está pasando en el capitalismo avanzado”.






El título de la última columna del economista Vicenç Navarro -una de las referencias del pensamiento progresista en España- no exige explicación alguna:

En él se nos desvela como incluso entre los principales propagandistas del pensamiento liberal y conservador -como el seminario británico The Economist- se reconoce la validez de las aportaciones de Marx, y la necesidad de partir de ellas para poder comprender los principales acontecimientos del mundo actual.

El artículo de Vicenç Navarro (que se puede consultar en Público) tiene la virtud de poner de manifiesto cómo el marxismo (que como recuerda el economista catalán “ha sido definido por algunas voces como anticuado, irrelevante o cosas peores”) es un obligado punto de referencia incluso para sus más acérrimos detractores.

No es la primera vez que Vicenç Navarro nos recuerda cómo los hechos corroboran la validez del análisis de Marx sobre el capitalismo. También en su habitual columna en Público, publicó en agosto del pasado año el artículo “Marx llevaba bastante razón”.

Vicenç Navarro es una influyente figura en el ámbito progresista. Exiliado durante el franquismo, fue asesor del gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende y del gobierno cubano, pero también de algunos de los principales gobiernos socialdemócratas en Europa. Elaboró, junto a Juan Torres, una propuesta de programa económico para Podemos, y fue incluido en la lista presentada por Pablo Iglesias en su última asamblea general.

"Incluso los grandes centros de poder están obligados a reconocer que la validez de los fustes y las predicciones sobre el desarrollo del capitalismo establecidas por Marx"

Pero para defender la validez del marxismo, Vicenç Navarro no recurre a movimientos y pensadores revolucionarios o progresistas... sino a las fuentes más conservadoras.

Principalmente al seminario británico The Economist, portavoz de los intereses de la City londinense y del gran capital norteamericano, y considerado desde su fundación en 1843 poco menos que como la biblia del pensamiento liberal.

En una de las históricas columnas del seminario británico (llamada “Bagehot”, y que cumple el papel de un segundo editorial) uno de sus principales analistas -Adrian Wooldridge- nos presenta un título (“El momento marxista”) y un subtítulo (“Los laboristas llevan razón: Karl Marx tiene mucho que enseñar a los políticos de hoy en día”) sorprendentes en un medio tan conservador.

Cuando son las grandes burguesías las que avalan a Marx

La columna de The Economist tiene su origen en la política doméstica inglesa. En plena campaña electoral, para atacar al candidato laborista, algunos políticos y medios conservadores se han lanzado a lo que Vicenç Navarro define como “una burda, grosera e ignorante demonización de Marx y del marxismo”.

Pero el analista de The Economist se eleva por encima de las trifulcas partidistas... para dar la razón a Marx.

Adrian Wooldridge reconoce explícitamente que, como estableció Marx, “la presente crisis no se puede entender sin partir de los cambios dentro del capital, por un lado, y el crecimiento de la explotación de la clase trabajadora”.

Pero Wooldridge no se detiene aquí en su reconocimiento a los aciertos de Marx. Pone de manifiesto como una de las principales características del capitalismo es, como predijo Marx, “la creciente monopolización del capital, tanto productivo como especulativo, que está ocurriendo en los países capitalistas más desarrollados”.

El analista de The Economist vuelve a confirmar a Marx al corroborar que “el capitalismo por sí mismo crea la pobreza a través del descenso salarial”, incrementando con ello permanentemente las desigualdades sociales.

Y se ve obligado a reconocer nuevamente que Marx tenía razón al cuestionar las legitimidad del poder político, pues “la evidencia acumulada muestra que el maridaje del poder económico y político ha caracterizado la naturaleza de los Estados”.

"Existía una demanda social de marxismo. Porque para comprender lo que hoy ocurre no hay más remedio que volver la mirada a Marx"

No es la primera vez que Wooldridge reconoce los aciertos de Marx. En uno de sus principales libros reconoce que “como profeta de la interdependencia universal de las naciones Marx sigue siendo relevante. Su descripción de la globalización sigue siendo tan aguda hoy como hace ciento cincuenta años”.

No es el único economista burgués que está obligado a reconocer la molesta necesidad de recurrir a Marx para comprender los fundamentos del mundo actual. Paul Kurgman, Nobel de Economía y principal referencia de Obama en política económica, afirma que ha sido el pensamiento marxista el que mejor ha predicho las crisis cíclicas del capitalismo. Mientras Nouriel Roubini, uno de los totems del pensamiento económico liberal actual, confiesa que “Karl Marx tenía parte de razón cuando decía que la globalización, la intermediación financiera sin control y la redistribución de la renta y riqueza desde el trabajo al capital podría conducir al capitalismo a su autodestrucción”.

No se han vuelto locos. Los principales economistas burgueses no se han convertido al marxismo. Pero cuando reflexionan se ven obligados a reconocer que el marxismo, ese pensamiento declarado caduco y obsoleto, resulta que tenía razón en sus principales predicciones.

Por eso El Capital o el Manifiesto Comunista se reeditaron al estallar la crisis. Existía una demanda social de marxismo. Porque para comprender lo que hoy ocurre no hay más remedio que volver la mirada a Marx.

Lo reconocen incluso los grandes centros de poder que consideran, con toda la razón, que el marxismo es su principal enemigo.

martes, 23 de mayo de 2017

De la Guerra de la Independencia al desastre del 98 (3)




Crisis del 98: La última amputación







España cierra el siglo XIX con la amputación de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y varias islas del Pacífico por parte de EEUU, la nueva potencia en ascenso. El último acto del desmembramiento del imperio español no era la conclusión lógica de la liberación de los pueblos bajo dominio español. Cuba no era una colonia al uso, sino que en realidad formaba parte del territorio nacional.

El General en Jefe del Ejército Libertador de Cuba, al final de la guerra y cuando EEUU ha impuesto su dominio sobre la isla, afirma: “Tristes se han ido ellos y tristes nos hemos quedado nosotros; porque un poder extranjero los ha sustituido. Yo soñaba la paz con España, yo esperaba despedir con respeto a los valientes soldados españoles, con los que siempre nos encontramos frente a frente en el campo de batalla. Pero la palabra, Paz y Libertad no debía inspirar más que concordia entre los encarnizados contendientes de la víspera. Pero los norteamericanos lo han amargado todo con su tutela impuesta por la fuerza”.

La pérdida de Cuba sería comparable a que en la actualidad se perdiera Andalucía o Canarias. No es sentida como la pérdida de una colonia, sino como la amputación de parte del territorio nacional.


I.- Las relaciones de Cuba con España durante el siglo XIX rebasan ampliamente las establecidas entre una metrópoli y sus colonias. En muchos aspectos el desarrollo cubano supera al de la España peninsular.
           
A lo largo de los siglos XVIII y XIX, Cuba alcanza un grado de dinamismo y desarrollo económico, industrial y comercial que la convierten en una plaza importantísima del mercado mundial.
Los once meses de dominación inglesa en 1762 introducen plenamente las relaciones capitalistas, abren el azúcar cubano al mercado mundial, y dinamizan drásticamente las estructuras económicas de la isla.
Cuba va a convertirse en el primer productor mundial de azúcar, pasando de aportar el 13% de toda la producción del planeta en 1800 al 31% en 1835. El azúcar era en esos momentos el primer producto básico del comercio mundial.
Así mismo, Cuba es también el primer productor mundial de bananas y posee una importante industria tabaquera.
·         Sobre esta base, Cuba emprende un fulgurante desarrollo económico, político y social, por encima de la metrópoli peninsular.
Diez años antes que la península, se levantan en Cuba las primeras vías férreas, así como las primeras comunicaciones telefónicas. Las universidades cubanas están mucho más avanzadas que las españolas. Y los salarios de los trabajadores en la isla son considerablemente más elevados que en España.
 A finales del siglo XIX, la renta per cápita de Cuba sólo era comparable en América a la de unos pocos Estados ricos de EEUU (Nueva York, Massachusets, Nueva Jersey,...), y muy superior a la de España o al de la inmensa mayoría del resto de Estados de EEUU.
·         El desarrollo cubano genera una oligarquía criolla dinámica y poderosa económicamente, que gobierna de facto la isla, con un grado de autonomía notable, y establece una nueva relación con la metrópoli.
La oligarquía criolla –una “sacarocracia” de grandes propietarios azucareros vinculados al mercado mundial– emerge como poder local. Se entronca familiarmente con los mandos militares peninsulares y las altas jerarquías de la administración colonial. Bajo la presencia de un capitán general, es la oligarquía local quien gobierna de facto la metrópoli, ennobleciéndose y acaparando los cargos políticos y militares. Cuba se convierte en un caso insólito de colonialismo: nunca antes –ni después– una colonia dispuso de un ejército colonial formado y dirigido por una burguesía criolla.
Es un triunfo económico y político criollo que arranca de España un régimen de autonomía de facto.
           
-Esta es una situación -donde la colonia se desarrolla a un nivel superior que la metrópoli y adquiere una notable autonomía política- incompatible con la lógica tradicional del imperialismo. Lo que lleva, por ejemplo, a  Adolphe Jovillet (uno de los más lucidos analistas franceses de la época) a afirmar, en 1841, que Cuba no era una colonia.

II.- El desarrollo económico cubano será una base fundamental de acumulación de capital para la oligarquía española. Pero los lazos de unidad entre Cuba y España sobrepasan con mucho el ámbito de las clases dominantes para impregnar al conjunto de la sociedad, a ambos lados del Atlántico.

El monopolio del comercio trasatlántico, los beneficios del mercado cautivo cubano, o los capitales invertidos en la isla, y posteriormente repatriados a España, serán la base del desarrollo de importantes sectores oligárquicos.
El Banco de Santander se funda en 1856 para financiar el comercio exterior, principalmente hacia Cuba. Y la repatriación de los capitales invertidos en Cuba serán la base de la creación del Banco Hispano Americano o la refundación de Banesto.
Muchas fortunas oligárquicas nacen y se desarrollan al calor del monopolio de sectores del comercio con Cuba. Y la burguesía catalana tiene en Cuba un mercado cautivo, que compensa el escaso desarrollo del mercado español, hacia el que se dirigen el 60% de sus exportaciones.
·         Pero los profundos lazos de unidad entre Cuba y España impregnan al conjunto de la sociedad, y se expresan en la masiva inmigración española.
Entre 1868 y 1894 llegan a Cuba un millón de peninsulares, para una población de millón y medio. No son una élite colonial -como es norma habitual en otras posesiones coloniales- sino la mitad de la población, procedente de todos los sectores sociales, desde élites comerciales a soldados o trabajadores atraídos por las mayores oportunidades de la isla. Se van a fundir con el pueblo, a través de numerosos matrimonios mixtos, formando parte integrante de la sociedad cubana y familias con ramas a ambos lados del Atlántico.
José Martí, líder de la independencia, declaró que no iba contra su padre valenciano y su madre canaria. Y la mayoría de los españoles emigrados -hasta  700.000- se quedarán en Cuba tras proclamarse la independencia.
Sólo desde aquí es posible entender que la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas sea percibida como la amputación de una parte del territorio nacional, y provoque una auténtica crisis de la conciencia nacional. Un fenómeno que no se había producido décadas antes, aunque las pérdidas territoriales fueran entonces mucho más numerosas.

III.- La independencia de Cuba es el resultado de un plan diseñado y ejecutado por los círculos más agresivos de la burguesía norteamericana (los “jingoes”, equivalentes a los actuales “halcones”). EEUU ocupará militarmente la isla, estableciendo los mecanismos de control e intervención imperialista que permitirán convertir Cuba en dominio exclusivo del capital norteamericano.

En 1885, los estrategas norteamericanos expusieron un plan que se cumplirá milimétricamente: el control del Caribe como escala imprescindible de la expansión norteamericana, y la construcción de un canal transoceánico que impulsara el comercio y le permitiera el control de los dos océanos.
Entre 1850 y 1857 se suceden diversos complots de sectores cubanos partidarios de la anexión, con el respaldo norteamericano. La presentación de un proyecto de amplia autonomía desde España precipitará la ejecución de los proyectos norteamericanos. Cuando Roosevelt –entonces secretario de Defensa, posteriormente presidente, y representante político de los “jingoes”– anuncia que “hemos construido una escuadra que arrasará el Caribe”, los acontecimientos se precipitan.
El hundimiento del Maine hará el resto. El primero de los autoataques norteamericanos será la bandera de una campaña: “Recordar el Maine”, que terminará con la declaración de guerra a España.

·         EEUU se había convertido, ya bajo la dominación española, en el poder económico dominante en Cuba.
EEUU compraba el 95% del azúcar cubano y el 87% de sus exportaciones. Y a Cuba acudían el 38% de las exportaciones norteamericanas.
La influencia norteamericana se apoya en sectores de la burguesía media-alta criolla. Influyentes en la vida económica y política de la isla,  se deslizan desde mediados del XIX hacia posturas próximas al anexionismo con EEUU. Estos sectores forman el partido de la burguesía criolla, el PLA, cuyo líder declarará que “el azúcar es el cordón umbilical que nos une a EEUU, y a través del cual éste nos envía su sangre, el dinero”.
Al mismo tiempo, Washington va a marginalizar a los sectores independentistas nucleados en torno al  Partido Revolucionario de José Martí, cuya base social está en los sectores populares, y la población negra, y que son un peligro tanto para EEUU como para los grandes propietarios azucareros.
Una vez concluida la guerra, EEUU dedicará sus esfuerzos a desarmar al ejército independentista de Martí, cuyos miembros se niegan, en una amplia mayoría, a aceptar el sometimiento a EEUU o las órdenes de generales norteamericanos.
·         Tras la “independencia”, EEUU impone en la constitución cubana la enmienda Platt, donde literalmente se establece que “el gobierno de Cuba consiente que los EEUU puedan ejercer el derecho de intervenir para preservar la independencia cubana y el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de la vida, las propiedades y los intereses norteamericanos”.
Las tropas norteamericanas ocuparán el país durante tres años, y organizan un nuevo Estado bajo su completa dependencia. Ese “derecho a intervenir” volverá a ser utilizado por EEUU en 1922, permaneciendo otra vez varios años. Entonces formarán la Guardia Nacional, cuerpo del que surgirá la saga de dictadores de los Batista.
·         La agresión norteamericana, desgajando Cuba de España e imponiendo su dominio colonial sobre la isla, va a marcar el principio de una nueva relación de solidaridad entre España y el conjunto del mundo hispano.
Se recupera el sentido de una hispanidad compartida, sobre un profundo sentimiento antiimperialista común contra el dominio norteamericano.
Tiene su base en el rechazo a la intervención norteamericana. Así lo expresarán los miembros del Partido Revolucionario de Martí, una vez que se consuma que la independencia ha sido transformada en una relación colonial con EEUU.
Se produce entonces una corriente de solidaridad a ambos lados del Atlántico, con una profunda base antiimperialista, que exalta las bases de la hispanidad como bandera frente a EEUU. Un ejemplo destacado será Rubén Darío, en el terreno cultural, desde Centroamérica, que va a convertirse en el siguiente escalón de las agresiones norteamericanas en el continente