miércoles, 12 de abril de 2017

Centenario de la Revolución de Octubre

CUANDO EL MUNDO EMPEZÓ A CAMBIAR DE BASE

Lo que ha sucedido en el último siglo en el mundo, y los principales acontecimientos de la actualidad, no pueden comprenderse sin tener en cuenta los efectos de un terremoto histórico, con epicentro en la Rusia de 1.917, y cuyas réplicas siguen hoy sacudiendo el mundo



En la noche del 6 al 7 de noviembre de 1.917 (24 y 25 de octubre según el calendario juliano, vigente entonces en la Rusia ortodoxa) los bolcheviques toman el poder en Moscú. Ese dí­a la revolución comunista deja de ser "un fantasma que recorre Europa" para convertirse en una realidad. Y la consigna anunciada en la Internacional casi un siglo antes -"los nada de hoy todo han de ser"- calificada de utopí­a imposible, es un hecho incuestionable.

En ese momento, el mundo cambió.

Se habían vivido muchas revoluciones, pero siempre habían sido unas clases explotadoras las que desalojaban del poder a otras. Como hizo la burguesía con la aristocracia. Jamás los esclavos o los siervos lo hicieron, ni siquiera llegaron a planteárselo.

Pero en octubre de 1.917 fueron los obreros rusos, y con ellos el conjunto del pueblo, los que se sentaron en el trono. Por primera vez en la historia, los explotados tomaban el poder.

Este acontecimiento sin precedentes solo fue posible porque el proletariado se organizó en su propio partido, los bolcheviques, y enarboló su propia teoría, el marxismo. La burguesía había hecho lo propio para hacer su revolución contra el feudalismo, pero como clase dominante prohibía que el proletariado pudiera imitarlo.

Hoy, justo cien años después, nos dicen que la Revolución de Octubre es “una lección de historia más”, que forma parte de un pasado que ha muerto definitivamente y que nada tiene que ver con el presente.

Por el contrario, todo lo que ha sucedido en el último siglo en el mundo, y los principales acontecimientos de la actualidad, no pueden comprenderse ni explicarse sin tener en cuenta los efectos de un terremoto histórico, con epicentro en la Rusia de 1.917, y cuyas réplicas siguen hoy sacudiendo el mundo.

De febrero a octubre de 1.917. Nueve meses que estremecieron al mundo

… Y una chispa incendió la pradera

Al comenzar 1.917 Rusia continúa viviendo bajo el dominio de la autocracia zarista, y la Iª Guerra Mundial había convertido en un infierno la vida de la inmensa mayoría de la población. Pero al finalizar ese mismo año, se ha convertido en la referencia de la revolución más avanzada, en el ejemplo que todos los pueblos del mundo quieren seguir.

Comprender como en un periodo de tiempo tan breve se produce un cambio de tal magnitud es el propósito de esta primera entrega.

Los meses que van de febrero a octubre de 1.917, desde el triunfo de la revolución burguesa a la victoria de la revolución proletaria, son de una extraordinaria intensidad. Los acontecimientos se atropellan unos a otros. El largo sueño de los explotados por fin va a realizarse.

Nos han presentado que el triunfo de la Revolución de Octubre fue en realidad un “golpe de Estado” obra de una minoría, los bolcheviques, y resultado del “genio táctico” de un hombre, Lenin.

Nosotros queremos reflejar como, durante esos meses, el conjunto del pueblo y el proletariado ruso hizo historia, con mayúsculas. Y con ellos, los bolcheviques y Lenin expresando sus más hondos anhelos y deseos.

Este periodo sintetiza como ningún otro la vida de Lenin. Estos meses nos dan un fiel retrato de su voluntad decidida de hacer la Revolución sin escatimar esfuerzos, sin regatear tareas. Son la constatación de que “nada es imposible bajo los cielos si uno se atreve a escalar las más altas montañas”.

La revolución de Octubre sólo fue posible, una vez dadas las condiciones objetivas, por el sistemático combate desarrollado por Lenin contra las posiciones “conciliadoras” que llegaban al mismo Comité Central del Partido Bolchevique. Y, al mismo tiempo, por empeñarse en hacer realidad la consigna de: “organización, organización, y más organización siempre y en todas partes, en cada distrito, en cada barrio, en cada unidad”.

Porque un solo hombre, o incluso un pequeño grupo de hombres, nada pueden hacer, por muy justa que sea su linea, sin la participación activa del conjunto del pueblo, sin su organización y movilización.

En 1.914 estalla la Iª Guerra Mundial. El imperio ruso, encabezado por una autocracia zarista odiosa para la población y que es un residuo anacrónico en pleno siglo XX, participa aliándose con Francia e Inglaterra.

Como en muchos otros países europeos, los socialdemócratas rusos, los “mencheviques” encabezados por Kerenski, se pasan con armas y bagajes al campo del imperialismo. Votan los presupuestos de guerra, y colaboran con el Estado zarista y la burguesía en crear un amplio clima de opinión “chauvinista” entre el pueblo dirigido a presentar la guerra de rapiña imperialista como una guerra “en defensa de la patria”.

Los bolcheviques encabezarán en solitario la oposición a la guerra, bajo la consigna de “convertir la guerra imperialista en guerra revolucionaria”. Llamando a los soldados a que confraternicen en el frente con los soldados alemanes y vuelvan sus fusiles para derrocar a la autocracia zarista.

Durante los tres años transcurridos entre 1.914 y 1.917, los bolcheviques impulsarán una frenética carrera de propaganda y organización, entre el pueblo ruso, entre los soldados... En las peores condiciones posibles, donde en ocasiones los agitadores bolcheviques son perseguidos y apedreados en sus mítines contra la guerra.

La revolución de febrero

Después de 3 años de padecimientos y miseria provocados por la guerra, comienzan en San Petersburgo grandes demostraciones populares que reclaman ‘pan y paz’.

El 18 de febrero se declaran en huelga los obreros de la fábrica Putilov, una de las fundiciones de acero mayores del mundo. 4 días después se les unen los del resto de grandes fábricas de San Petersburgo. 24 horas más tarde (8 de marzo para el calendario occidental, Día de la Mujer trabajadora) miles de mujeres salen a la calle contra el hambre, la guerra y el zarismo. A las 48 horas eran ya 200.000 los obreros en huelga y el movimiento revolucionario se había extendido a toda la ciudad. El 26 de febrero, las huelgas y manifestaciones se convierten en una insurrección obrera y popular que termina en una matanza a manos de la policía zarista.

Es el principio del fin. Ese mismo día, los soldados de la guarnición de San Petersburgo abren fuego, pero no contra los obreros, sino contra la policía zarista. Al día siguiente, las tropas de la capital anuncian que se niegan a disparar contra los obreros y se pasan a su lado, levantándose en armas y deteniendo a ministros y generales zaristas. Cuando la noticia del triunfo revolucionario en la capital llega al resto de grandes ciudades rusas, obreros y soldados empiezan a derribar a los representantes de la autocracia zarista. Cae el zar, la revolución democrática ha triunfado.

Al igual que en 1905, se forman rápidamente los Soviets de diputados obreros –a los que en esta ocasión se suman los soldados (un 40% de los obreros industriales estaban movilizados en el frente)–, que se convierten inmediatamente no sólo en el punto de referencia político y organizativo de las masas movilizadas, sino en auténticos órganos de la insurrección armada y, al mismo tiempo, en el germen del nuevo poder revolucionario.

Pese a que la Revolución de Febrero es realizada esencialmente por los obreros y los soldados revolucionarios, la correlación de fuerzas en los Soviets favorable a socialdemócratas y social-revolucionarios da lugar a un gobierno burgués (“de la burguesía y de los terratenientes aburguesados”, como lo llamará Lenin), que asume la forma de gobierno de coalición. La burguesía y el imperialismo incluyen en el gobierno oficial (dispuesto a continuar la guerra) a la socialdemocracia de Kerenski, en un intento de darle un “barniz socialista” y tratar de obtener así una base social de apoyo entre las masas. En palabras del embajador inglés “la socialdemocracia es la última y casi la única esperanza de salvación para nosotros”.

En febrero de 1.917 la rebelión del pueblo ruso ha echado abajo el zarismo. Pero la revolución burguesa es incapaz de satisfacer las principales demandas de la población. Un callejón sin salida que solo se resolverá en octubre, con la revolución proletaria.

jueves, 6 de abril de 2017

¿La novedad de las “puertas giratorias”?




Lenin nos muestra cómo el capital financiero es la fusión de un puñado de grandes bancos con el capital industrial.





Pero esta fusión conlleva también la “unión personal” de grandes banqueros y grandes industriales, desde el intercambio de directivos, la participación simultánea en los distintos consejos de administración o las “uniones familiares”.


Hasta tal punto se produce este intercambio de acciones cruzadas, directivos y consejeros comunes entre los grandes grupos monopolistas que el gobierno Zapatero sacó una ley en octubre de 2007, gracias a la cual está permitido legalmente ocultar las participaciones que los grandes bancos y empresas poseen en muchos otros.

Esta unión de banqueros y grandes industriales se completa con la unión personal de ambos con el gobierno.

En el actual gabinete del PP, Cristóbal Montoro trabajó para la CEOE. Luis Ángel Rojo pasó del Banco de España al Santander. Luis de Guindos, viene de Lheman Brothers, el banco norteamericano que con su caída desató la actual crisis ...

José María Aznar dejó el mullido sillón del Consejo de Estado por la llamada del magnate Rupert

Murdoch para integrarse en el consejo de administración del gigante mediático editor deThe Wall Street Journal y The Times y propietario de cadenas de televisión como CNBC, Sky News y Fox, entre otras. También formó parte del comité asesor del fondo de inversión Centaurus, de la financiera norteamericana Doheny Global Group, de la inmobiliaria estadounidense JER Partners. De 2011 a 2014 estuvo en el consejo de administración de la española Endesa (por 300 mil euros anuales), compañía privatizada durante su mandato. Ha actuado como intermediario, en los acuerdos de Abengoa con la Libia de Gadafi. Es miembro o consejero de varias grandes empresas, bufetes jurídicos o consultoras de alcance global. Es una incógnita el importe de su nómina en todos los puestos que ocupa, salvo en algún caso cuyo cargo es meramente honorario.

Felipe González, no llegó a entrar en el Consejo de Estado, fue directivo durante 4 años y medio de Gas Natural Fenosa. José Luis Rodríguez Zapatero optó por el mismo camino de abandonar el Consejo de Estado para presidir el consejo asesor del alemán Institute for Cultural Diplomacy.

Pero esta no es una característica de la “corrupta España”, por el contrario, este es el pan de cada día en el capitalismo monopolista.

El actual presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, fue un alto directivo del banco de inversión norteamericano Goldman Sachs, el mismo que ayudó al gobierno griego a falsear sus cuentas para poder entrar en el euro. Durao Barroso, expresidente de Portugal primero y de la Comisión Europea después, ahora es Chairman del mismo banco, Goldman Sachs.

En EEUU, la relación viene de lejos.

“si nos remontamos a los principios de la dinastía de los Rockefeller, podremos comprobar que, ya en la época de su fundador, la Standard Oil contó para su expansión exterior con la estrecha colaboración de las instituciones políticas estadounidenses. El propio John D. Rockefeller anotaría en su libro autobiográfico que "una de las entidades que más nos ha ayudado ha sido el Departamento de Estado", aunque se le olvidara añadir que, para hacer más grata esa ayuda, muchos de los embajadores y cónsules norteamericanos figuraban en la nómina de la Standard, percibiendo a cambio de sus servicios las oportunas compensaciones económicas”. Cabe anotar, que el departamento de Estado norteamericano es lo equivalente a nuestro ministerio de asuntos exteriores.

La Administración Bush es uno de los ejemplos más claros: Dick Cheney, el vicepresidente, era directivo de Halliburton, del City Group. Condoleezza Rice, secretaria de estado, había sido previamente alta directiva de la petrolera Chevron, participada a su vez por el City Group. Rumsfeld, secretario de defensa, es directivo y accionista de empresas de biotecnología, a su vez relacionadas con el City Group.

Kissinger, el incombustible secretario de Estado de varios presidentes, está formado en los foros en
instituciones de la Fundación Rockefeller, lo mismo que Brzezinski y muchos más.

La Bayer cuenta con 400 ex altos cargos de su empresa que son diputados del Parlamento nacional alemán o de los landers. Los reúne cada mes para establecer estrategias.

La lista resulta interminable, porque ésta es una de las características del capital financiero: la unión
personal, un viejo concepto que ahora aparece como novedad en las llamadas “puertas giratorias”.

La realidad es que en la época del Imperialismo, el Estado pasa a estar en manos de las oligarquías
financieras, poniéndose al completo servicio de sus intereses. Por un lado seguirá siendo el árbitro de sus intereses impidiendo que un pequeño sector se haga con todo el poder, fruto de la concentración económica, estableciendo leyes que lo impidan y garantizando la competencia entre ellos, mecanismo necesario para conquistar nuevos mercados. Por otro seguirá siendo el instrumento para imponer al conjunto de clases las condiciones y medidas que le interesen, y será también el imprescindible instrumento para defender los intereses de sus monopolios en el exterior, poniendo a su servicio los medios necesarios para ejercer el control político, el chantaje económico y la amenaza militar.

lunes, 3 de abril de 2017

El feminismo socialista, Aleksandra Kollontái (1872-1952)



La historia de Aleksandra Kolontái es la historia del feminismo socialista y de la revolución rusa protagonizada por las mujeres.
 


Durante un breve periodo de tiempo Aleksandra soñó con un mundo utópico en el que las mujeres se liberaran de lo que ella consideraba sus principales ataduras sociales: la familia, la sexualidad y la maternidad. A pesar de que sus logros no se prolongaron en el tiempo, su vida fue sin duda excepcional y dejó una importante huella en el feminismo europeo de principios del siglo XX.


Una aristócrata rebelde
Aleksandra Mijáilovna Kollontái nació el 31 de marzo de 1872 en el San Petersburgo de los zares, en el final de la esplendorosa época de la Rusia Imperial. Pertenecía a una familia aristocrática rusa de origen ucraniano que anclaba sus raíces más allá del siglo XIII. Su padre, Mikhail Alekseevich Domontovich, era un general al servicio del zar, y su madre, Alexandra Androvna Masalina-Mravinskaia provenía de una familia de campesinos finlandeses que había hecho una gran fortuna en la industria maderera.


Aleksandra estuvo siempre muy unida a su padre, quien inculcó en la joven el interés por la historia y la política desde una óptica liberal. Con su madre tendría algún que otro conflicto, sobre todo cuando mostró interés por continuar sus estudios, algo que para su madre, no era apto ni necesario para una mujer.


La infancia de Aleksandra fue una infancia feliz gracias a la situación acomodada de su familia. A los 19 conoció al que sería su marido, Vladimir Ludvigovich Kollontai. Este no sería del agrado de su madre, pues era un joven estudiante de ingeniería de origen modesto. El enfrentamiento con su madre no serviría de mucho al futuro de la pareja pues Aleksandra, tras afiliarse en 1896 al partido socialista abandonó a su marido y su hijo para estudiar en Zúrich, centro neurálgico de las jóvenes estudiosas afines a las ideas socialistas. En 1899 se afiliaba al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso iniciando a partir de entonces una carrera trepidante hasta formar parte activa en la revolución bolchevique de 1917.


A la sombra de Lenin

Después de convertirse en la primera mujer elegida por el Comité Central del Partido Bolchevique ese mismo año de 1917, Aleksandra Kollontai se sumergió en la dirección de la Organización de Mujeres Soviéticas conocida como Zhenodtel en 1920 gracias a su nombramiento por parte de Lenin.


Siguiendo las ideas marxistas que situaban a la familia burguesa en el centro de unas estructuras sociales opresivas e inmorales propias del capitalismos, Aleksandra definió su política social y feminista alejada de la estructura familiar. Para ella, como para muchos socialistas, era necesario eliminar el concepto de la familia patriarcal opresora y trasladar la responsabilidad de los hijos y el hogar a la sociedad. Para ello, Lenin y Kollontai imaginaron una red de instituciones como casas-cuna y guarderías, restaurantes y lavanderías públicos, que liberaran a las mujeres de las tareas del cuidado de los niños y de la casa1.


Durante los primeros años de la revolución rusa, la directora de la Zhenodtel promulgó varias leyes que liberarían a las mujeres a través de sus ideas socialistas. Le dio al matrimonio un carácter civil e igualitario entre cónyuges, facilitó el acceso al divorcio por ambas partes y consiguió la protección estatal a madres e hijos a la vez que hizo gratuita la asistencia maternal en los hospitales.


Los sueños utópicos

A pesar de la Aleksandra Kollontai consiguió avanzar en buena medida en la liberación de las mujeres rusas, dos fueron sus puntos débiles. Por un lado, toda su obra política estaba demasiado ligada a la figura de Lenin quien, en el momento en que dejó de darle su apoyo destituyéndola de la dirección de la Zhenodtel, hizo decaer su influencia política. La destitución vino provocada en buena medida por uno de los puntos del programa ideológico de Kollontai: además de defender la liberación de la mujer alejándola del hogar y de la maternidad, la liberación sexual debía ser el siguiente paso. Pero sus ideas demasiado modernas para su tiempo fueron rechazadas no sólo por Lenin, sino también por muchas mujeres socialistas con unas ideas tradicionalistas demasiado arraigadas.


Por otro lado, su intención de sustituir a la familia por un estado socialista que se hiciera cargo de los roles domésticos, tampoco dio sus frutos. La guerra civil que devastó Rusia tras la revolución bolchevique, trayendo hambre, muerte y desolación, hizo que los que sobrevivieron se aferraran a las instituciones tradicionales, entre ellas la familia.


Así, en 1922, la voz de Aleksandra Kollontai perdió fuerza. Lenin la relegó de su cargo y le asignó tareas diplomáticas. Sin saberlo, Aleksandra se convertiría en la primera mujer embajadora del mundo.


Durante más de 20 años, la gran defensora del socialismo feminista transmitió sus ideas por Europa y Estados Unidos. Mientras Aleksandra defendía con orgullo y profundo convencimiento sus ideas por medio mundo, en la nueva Unión Soviética, Stalin revocaba parte de las leyes que ella había promulgado en defensa de los derechos de la mujer.


Un gran número de artículos y discursos así como varios libros y su propia autobiografía dejaron por escrito sus ideas, sentando las bases del movimiento feminista socialista.


Aleksandra Kollontai moría el 9 de marzo de 1952 en Moscú. Tenía 79 años.

sábado, 18 de marzo de 2017

Marx y Engel


Los nacionalismos
 contra el proletariado



Los nacionalismos son, por su propia naturaleza, reaccionarios. Representan la tendencia contraria a la creación de los grandes Estados, al desarrollo en gran escala de los medios de producción y comunicación. Anteponen sus mezquinas aspiraciones nacionales, en palabras de Engels, a la revolución. Y esto es así desde el primer momento. Cada vez que se presenta una gran ocasión histórica, una gran revolución, ellos toman el bando de la contrarrevolución.





"Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera con sus reivindicaciones surge necesariamente del sistema económico actual, que, con la burguesía, crea inevitablemente y organiza al proletariado.

Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan no por los esfuerzos bien intencionados de algunas que otras nobles personalidades, sino por medio de la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en dejar sentado en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea.

Toda la historia escrita hasta ahora es la historia de la lucha de clases, la sucesión en el dominio y en las victorias de unas clases sociales sobre otras. Y esto ha de continuar hasta que no desaparezcan las bases de la lucha de clases y del dominio de clase: la propiedad privada y la producción social caótica.

Los intereses del proletariado exigen que estas bases sean destruidas, por lo que la lucha de clase consciente de los obreros organizados debe ser dirigida contra ellas. Y toda lucha de clases es una lucha política.


Estos conceptos de Marx y de Engels los ha hecho suyos en nuestros días todo el proletariado en lucha por su emancipación" Vladimir I. Lenin




martes, 7 de febrero de 2017

PASO A NIVEL SIN BARRERA




"La consecuencia de dejar pasar el tiempo es que este se acaba".






Pueden reírse a gusto, pero esta altisonante sentencia de perogrullo fue pronunciada por el President de la Generalitat, Carles Puigdemont, en la reciente reunión de la dirección de su rebautizado partido (Pdecat); y son una palabras tan ambivalentes que no se sabe si intenta amenazar a Rajoy o lamentarse.


Parece más bien lo segundo pues el Govern de la Generalitat retrocede en sus planteamientos. Hace apenas 12 meses consideraron las últimas elecciones autonómicas como plebiscitarias y defendían que el resultado les legitimaba para la independencia por tener más escaños, aún no llegando al 50% de los votos. Apenas tardaron unas semanas en alargar ese objetivo con la promesa de una futura "declaración unilateral de independencia" en un plazo de 18 meses. En octubre ya habían rebajado de nuevo sus metas con la consigna de "referéndum o referéndum" pero sin fijar fecha. Sus portavoces hablan de que como objetivo basta que se les reconozca el derecho a decidir. Y aún empiezan a sonar voces que suplican por una consulta pactada con el Estado. El mismo Puigdemont contestaba estos días en una entrevista que desea reunirse con Rajoy aunque no sea para tratar de la independencia. Y esto tras afirmar hace unas semanas que él abandonará la presidencia y se va a su casa en breve.


Agotados


Son síntomas de desfallecimiento. Ninguneados en la escena internacional, con la totalidad de las cancillerías europeas dándoles la espalda. Con los sectores de la oligarquía española vinculados a Cataluña apostando abiertamente por la unidad: "El Banco de Sabadell podría trasladar su sede -fuera de Cataluña- en caso de necesidad sin tener que someter esta decisión a la aprobación de la junta general de accionistas", afirmó este enero su presidente Josep Oliu. "Mejor juntos que separados", había sentenciado ya hace tiempo Isidre Fainé presidente de Caixabank. Y sobretodo se corresponde a una merma notable en el apoyo popular.


La última encuesta del CEO, un organismo controlado por la Generalitat corroboraba lo que vienen anunciando los resultados y pronósticos electorales: la disminución del apoyo a la separación.


Camuflados


Y si baja en general el apoyo a los partidos independentistas, no digamos ya del batacazo electoral a nivel autonómico que se anuncia (ya se lo dieron a nivel estatal) para el partido de Artur Mas. Tras la ruina de Convergencia, separado de Unió Democrática, acuciado por los procesos judiciales sobre la trama de corrupción del 3%, con su fundador (Pujol) pasando de "honorable" a repudiado, endeudados hasta ver su sede embargada... Y cosechando la mitad de sus tradicionales votos en unas Generales, para quedar reducidos a una fuerza residual en un Parlamento estatal, en el que llegaron a ser el apoyo principal de varios gobiernos. Finalmente este pasado verano tuvieron que cambiarse el nombre y esconderse de urgencia tras nuevas siglas: Pdecat.


Sí todo apunta a que se les acaba el tiempo: el órdago del soberanismo ha chocado con una oligarquía española que no cede ni un euro. Más que el repetido "choque de trenes" que se anuncia, parece que la vieja Convergencia se ha saltado un paso a nivel sin barreras y se le viene encima un tren de mercancías.


Y la izquierda sonámbula



Con este título, antes del referéndum del 9-N por el que estos días se juzga a sus promotores, el vicerector en la Universidad autónoma de Barcelona, Francisco Morente publicaba un artículo en el que ya se preguntaba "qué pinta ahí la izquierda", aceptando que el debate sobre la soberanía y lo identario que dirige y orienta una burguesía temerosa de perder su cuota de poder regional, desplace y oculte las demandas sociales de la mayoría. "La cuestión nacional... contribuye a desinflar la protesta contra la brutal ofensiva que desde el Govern se ha desencadenado contra las clases populares catalanas. Guste o no guste leerlo y oírlo, el susodicho derecho a decidir no hace sino dividir a las clases trabajadoras...". Y este es el centro del asunto: la unidad del pueblo trabajador es una cuestión de principios. Dado que las clases populares suman una inmensa mayoría frente a sus explotadores, dividir para vencerlas es una imprescindible táctica para cualquier burguesía que aspire a su dominio. ¿Qué puede hacer un pueblo dividido frente a las imposiciones de las grandes potencias? ¿No acatan Mas o Puigdemont y Rajoy por igual los mandatos de recortes de EEUU o la UE? ¿No protegen unos y otros los beneficios de los grandes inversores y propietarios contra los intereses de la mayoría? Y cuando Trump enarbola el nacionalismo del cierre de fronteras y los muros, produce indignación oir a portavoces de la izquierda reduciendo el debate en España a conseguir un encaje territorial, como si fuera un problema de tectónica de placas.


Concluía la citada tribuna de opinión con un demoledor: "La izquierda, sonámbula, está en el centro de la pista bailando con su enemigo. Cuando despierte quizás caiga en la cuenta, tarde, de que esto iba de otra cosa. Lucha de clases le decían los clásicos." Pues eso.

domingo, 5 de febrero de 2017

HISTORIA DEL CAPITALISMO A TRAVÉS DE SUS CRISIS (II)



La formación del proletariado








La acumulación originaria comienza con la expropiación forzosa –a través de diversos métodos de usurpación y haciendo uso del terrorismo más inhumano- de los pequeños campesinos propietarios. Así se crea el contingente de proletarios libres y desheredados, privados de la propiedad sobre cualquier medio de producción y de vida, condición imprescindible para el desarrollo del régimen de producción capitalista.

Estamos hablando de un periodo histórico, que arranca a fines del siglo XV y comienzos del XVI, de disolución del régimen feudal y acelerada decadencia de una aristocracia arruinada, de ascenso progresivo de los elementos que conformarán la burguesía, y de constitución de las monarquías absolutas –como un tercer poder independiente que se apoyará en la burguesía en ascenso, beneficiándola con muchas de sus decisiones, para imponer su poder absoluto frente a la aristocracia feudal-.

Veamos cómo lo explica Marx:

2.- CÓMO FUE EXPROPIADA DEL SUELO LA POBLACIÓN RURAL

En Inglaterra, la servidumbre había desaparecido ya, de hecho, en los últimos años del siglo XIV. En esta época, y más todavía en el transcurso del siglo XV, la inmensa mayoría de la población se componía de campesinos libres, dueños de la tierra que trabajaban, cualquiera que fuese la etiqueta feudal bajo la que ocultasen su propiedad. (…) Además, tenían derecho a compartir con los verdaderos labradores el aprovechamiento de los terrenos comunales en los que pastaban sus ganados y que, al mismo tiempo, les suministraban la madera, la leña, la turba, etc.. La producción feudal se caracteriza, en todos los países de Europa, por la división del suelo entre el mayor número posible de tributarios. El poder del señor feudal, como el de todo soberano, no descansaba solamente en la longitud de su rollo de rentas, sino en el número de sus súbditos, que, a su vez, dependía de la cifra de campesinos independientes. Estas condiciones cerraban el paso a la riqueza capitalista.

El preludio de la transformación que había de echar los cimientos para el régimen de producción capitalista, coincide con el último tercio del siglo XV y los primeros decenios del XVI. El licenciamiento de las huestes feudales lanzó al mercado de trabajo a una masa de proletarios libres y desheredados. (…) El florecimiento de las manufacturas laneras de Flandes y la consiguiente alza de los precios de la lana, fue lo que sirvió de acicate directo para esto en Inglaterra. La antigua aristocracia había sido devorada por las guerras feudales, la nueva era ya una hija de sus tiempos, de unos tiempos en los que el dinero es la potencia de las potencias. Por eso enarboló como bandera la transformación de las tierras de labor en terrenos de pastos para ovejas. (…)

La Reforma, con su séquito de colosales depredaciones de los bienes de la Iglesia, vino a dar, en el siglo XVI, un nuevo y espantoso impulso al proceso violento de expropiación de la masa del pueblo. Al producirse la Reforma, la Iglesia católica era propietaria feudal de una gran parte del suelo inglés. La persecución contra los conventos, etc., transformó a sus moradores en proletariado. Muchos de los bienes de la Iglesia fueron regalados a unos cuantos rapaces protegidos del rey o vendidos por un precio irrisorio a especuladores rurales y a personas residentes en la ciudad, quienes, reuniendo sus explotaciones, arrojaron de ellas en masa a los antiguos arrendatarios, que las venían cultivando de padres a hijos.

(…) La «glorious Revolution» (Revolución gloriosa 1688) entregó el poder, al ocuparlo Guillermo III de Orange, a los terratenientes y capitalistas-acaparadores. Estos elementos consagraron la nueva era, entregándose en una escala gigantesca al saqueo de los terrenos de dominio público, que hasta entonces sólo se había practicado en proporciones muy modestas. (…) Estos bienes del dominio público, apropiados de modo tan fraudulento, en unión de los bienes de que se despojó a la Iglesia, son la base de esos dominios principescos que hoy posee la oligarquía inglesa. Los capitalistas burgueses favorecieron esta operación, entre otras cosas, para convertir el suelo en un artículo puramente comercial, extender la zona de las grandes explotaciones agrícolas, hacer que aumentase la afluencia a la ciudad de proletarios libres y desheredados del campo, etc. Además, la nueva aristocracia de la tierra era la aliada natural de la nueva bancocracia, de la alta finanza, que acababa de dejar el cascarón, y de los grandes manufactureros, atrincherados por aquel entonces detrás del proteccionismo aduanero. La burguesía inglesa obró en defensa de sus intereses (…).

Los bienes comunales eran una institución de viejo origen germánico, que se mantenía en vigor bajo el manto del feudalismo. (…) La forma parlamentaria que reviste este despojo es la de los Bills for Inclosures of Commons (leyes sobre el cercado de terrenos comunales); dicho en otros términos, decretos por medio de los cuales los terratenientes se regalan a sí mismos en propiedad privada las tierras del pueblo, decretos de expropiación del pueblo (…) reconociendo con ello, que la transformación de estos bienes en propiedad privada no puede prosperar sin un golpe de Estado parlamentario. (…)

Los terrenos anexionados por el terrateniente colindante, bajo pretexto de cercarlos, no eran siempre tierras yermas, sino también, con frecuencia, tierras cultivadas mediante un tributo al municipio, o comunalmente.

(…) En el siglo XIX se pierde, como es lógico, hasta el recuerdo de la conexión existente entre el agricultor y los bienes comunales. Para no hablar de los tiempos posteriores, bastará decir que la población rural no obtuvo ni un céntimo de indemnizaciones por los 3.511.770 acres de tierras comunales que entre los años de 1801 y 1831 le fueron arrebatados y ofrecidos como regalo a los terratenientes por el parlamento de terratenientes.

Finalmente, el último gran proceso de expropiación de los agricultores es el llamado Clearing of Estates («limpieza de fincas», que en realidad consistía en barrer de ellas a los hombres).

(…) En Escocia, en el siglo XVIII, a los gaeles lanzados de sus tierras se les prohibía al mismo tiempo emigrar del país, para así empujarlos por la fuerza a Glasgow y a otros centros fabriles de la región. Como ejemplo del método de expropiación predominante en el siglo XIX, bastará citar las «limpias» llevadas a cabo por la duquesa de Sutherland. Esta señora, muy instruida en las cuestiones de Economía política decidió, apenas hubo ceñido la corona de duquesa, aplicar a sus posesiones un tratamiento radical económico, convirtiendo todo su condado —cuyos habitantes, mermados por una serie de procesos anteriores semejantes a éste, habían ido quedando ya reducidos a 15.000— en pastos para ovejas. Desde 1814 hasta 1820 se desplegó una campaña sistemática de expulsión y exterminio para quitar de en medio a estos 15.000 habitantes, que formarían, aproximadamente, unas 3.000 familias. Todas sus aldeas fueron destruidas y arrasadas, sus campos convertidos todos en terreno de pastos. Las tropas británicas, enviadas por el Gobierno para ejecutar las órdenes de la duquesa, hicieron fuego contra los habitantes, expulsados de sus tierras. Una anciana pereció abrasada entre las llamas de su choza, por negarse a abandonarla. Así consiguió la señora duquesa apropiarse de 794.000 acres de tierra, pertenecientes al clan desde tiempos inmemoriales.

A los naturales del país desahuciados les asignó en la orilla del mar unos 6.000 acres, a razón de dos por familia. Hasta la fecha, esos 6.000 acres habían permanecido yermos, sin producir ninguna renta a sus propietarios. Llevada de su altruismo, la duquesa se dignó arrendar estos eriales por una renta media de 2 chelines y 6 peniques cada acre a aquellos mismos miembros del clan que habían vertido su sangre por su familia desde hacía siglos. Todos los terrenos robados al clan fueron divididos en 29 grandes granjas destinadas a la cría de lanares, atendida cada una de ella por una sola familia; los pastores eran, en su mayoría, braceros de arrendatarios ingleses. En 1825, los 15.000 gaeles habían sido sustituidos ya por 131.000 ovejas. Los aborígenes arrojados a la orilla del mar procuraban, entretanto, mantenerse de la pesca; se convirtieron en anfibios y vivían, según dice un escritor inglés de la época, mitad en tierra y mitad en el mar, sin vivir entre todo ello más que a medias.

Pero los bravos gaeles habían de pagar todavía más cara aquella idolatría romántica de montañeses por los «caudillos» de los clanes. El olor del pescado les dio en la nariz a los señores. Estos, barruntando algo de provecho en aquellas playas, las arrendaron a las grandes pescaderías de Londres, y los gaeles fueron arrojados de sus casas por segunda vez.

Finalmente, una parte de los pastos fue convertida en cotos de caza. Como es sabido, en Inglaterra no existen verdaderos bosques. La caza que corre por los parques de los aristócratas es, en realidad, ganado doméstico, gordo como los concejales de Londres. Por eso, Escocia es, para los ingleses, el último asilo de la «noble pasión» de la caza.

«En la montaña» —dice Somers en 1848— «se han extendido considerablemente los cotos de caza. (…) Los propietarios siguen la norma de diezmar y exterminar a la gente como un principio fijo, como una necesidad agrícola, lo mismo que se talan los árboles y la maleza en las espesuras de América y Australia, y esta operación sigue su marcha tranquila y comercial».

(…) La depredación de los bienes de la Iglesia, la enajenación fraudulenta de las tierras del dominio público, el saqueo de los terrenos comunales, la metamorfosis, llevada a cabo por la usurpación y el terrorismo más inhumano de la propiedad feudal y del patrimonio del clan en la moderna propiedad privada: he ahí otros tantos métodos idílicos de acumulación originaria. Con estos métodos se abrió paso a la agricultura capitalista, se incorporó el capital a la tierra y se crearon los contingentes de proletarios libres y privados de medios de vida que necesitaba la industria de las ciudades.


1º.- La acumulación originaria imprescindible para que surja el capital, exigía desposeer a los campesinos de sus tierras y medios de vida.

Este es el corazón de un proceso que se prolonga durante tres siglos, y que se realiza a través de los más diversos métodos de usurpación y haciendo uso del terrorismo más inhumano.

Las condiciones en las que vivía el pueblo a finales del siglo XV eran aceptables –es un periodo conocido como “la edad de oro” del campesinado-, pero incompatibles con el desarrollo del capitalismo. La inmensa mayoría eran campesinos libres y propietarios, los jornaleros eran escasos y tenían las espaldas cubiertas por los campesinos libres. A su vez existían terrenos comunales y públicos que permitían la subsistencia.

2º.- La privatización de los terrenos comunales o la confiscación de los bienes de la Iglesia se llevaron a cabo desde el poder.

Como dice Marx, la transformación de estos bienes en propiedad privada no puede prosperar sin un golpe de Estado parlamentario.

Los terrenos comunales son privatizados ilegalmente, amplias áreas son transformadas en pastos y sus habitantes expulsados, la confiscación de los bienes de la iglesia enriquece o crea grandes propietarios.

Un proceso que crea la agricultura capitalista –haciendo hegemónicas en el campo unas relaciones capitalistas que eran antes marginales-.

3º.- Este proceso, sobre todo, genera por la fuerza la clase de hombres desposeídos –obligados por tanto a vender su fuerza de trabajo, que es ahora su único medio de subsistencia-, que dará origen al proletariado moderno.

“Se crearon los contingentes de proletarios libres y privados de medios de vida que necesitaba la industria de las ciudades”.

Después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, era necesario encuadrar a los antiguos campesinos libres en la disciplina que exigía el trabajo asalariado, y eso sólo podía hacerse –en el periodo de la acumulación originaria- mediante leyes grotescamente terroristas, y a fuerza de fuego y tormentos.

Marx nos lo sigue explicando:

3.- LEGISLACION SANGRIENTA CONTRA LOS EXPROPIADOS, A PARTIR DE FINES DEL SIGLO XV. LEYES REDUCIENDO EL SALARIO.

Los contingentes expulsados de sus tierras al disolverse las huestes feudales y ser expropiados a empellones y por la fuerza formaban un proletariado libre y privado de medios de existencia, que no podía ser absorbido por las manufacturas con la misma rapidez con que aparecía en el mundo. Por otra parte, estos seres que de repente se veían lanzados fuera de su órbita acostumbrada de vida, no podían adaptarse con la misma celeridad a la disciplina de su nuevo estado. Y así, una masa de ellos fue convirtiéndose en mendigos, salteadores y vagabundos; algunos por inclinación, pero los más, obligados por las circunstancias. De aquí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI se dictase en toda Europa Occidental una legislación sangrienta persiguiendo el vagabundaje. De este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes «voluntarios», como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones, ya abolidas.

En Inglaterra, esta legislación comenzó bajo el reinado de Enrique VII.

Enrique VIII, 1530: Los mendigos viejos e incapacitados para el trabajo deberán proveerse de licencia para mendigar. Para los vagabundos capaces de trabajar, por el contrario, azotes y reclusión. Se les atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane de su cuerpo, devolviéndolos luego, bajo juramento, a su pueblo natal o al sitio en que hayan residido durante los últimos tres años, para que «se pongan a trabajar». ¡Qué ironía tan cruel! En caso de reincidencia de vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al culpable y cortarle media oreja; a la tercera vez que se le coja, se le ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad.

[NOTA: Marx sigue citando legislaciones similares de Eduardo VI (1547), Isabel (1572), Jacobo I (1603). En algunas de ellas se ordena que si alguien se niega a trabajar se le asigne como esclavo a la persona que le denuncie como holgazán, marcándole a fuego una S y ahorcándole si se escapa. También se da derecho a quitarle los hijos a los vagabundos y esclavizarlos].

(…) Estos preceptos, que conservan su fuerza legal hasta los primeros años del siglo XVIII, sólo fueron derogados por el reglamento del año 12 del reinado de Ana, (1702-1707).

Leyes parecidas a éstas se dictaron también en Francia, en cuya capital se había establecido, a mediados del siglo XVII, un verdadero reino de vagabundos. (…) Normas semejantes se contenían en el estatuto dado por Carlos V, en octubre de 1537, para los Países Bajos, en el primer edicto de los Estados y ciudades de Holanda (1614), en el bando de las Provincias Unidas (1649), etc.

Véase, pues, cómo después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado.

No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. Ni basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas las resistencias; la creación constante de una superpoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo y, por ello, el salario a tono con las necesidades de crecimiento del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales. Dentro de la marcha natural de las cosas, ya puede dejarse al obrero a merced de las «leyes naturales de la producción», es decir, puesto en dependencia del capital, dependencia que las propias condiciones de producción engendran, garantizan y perpetúan. Durante la génesis histórica de la producción capitalista, no ocurre aún así. La burguesía, que va ascendiendo, necesita y emplea todavía el poder del Estado para «regular» los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que benefician a la extracción de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de dependencia. Es éste un factor esencial de la llamada acumulación originaria.

(…) En Inglaterra, la legislación sobre el trabajo asalariado, encaminada desde el primer momento a la explotación del obrero y enemiga de él desde el primer instante hasta el último, comienza con el Statute of Labourers [Estatuto de obreros] de Eduardo III, en 1349. A él corresponde en Francia la Ordenanza de 1350, dictada en nombre del rey Juan. La legislación inglesa y francesa, siguen rumbos paralelos y tienen idéntico contenido.

(…) En el Statute of Labourers se establece una tarifa legal de salarios. Se prohíbe, bajo penas de cárcel, abonar jornales superiores a los señalados por el estatuto, pero el delito de percibir tales salarios ilegales se castiga con mayor dureza que el delito de abonarlos; se castiga con diez días de cárcel al que abone jornales excesivos; en cambio, al que los cobre se le castiga con veintiuno. (…) Desde el siglo XIV hasta 1825, el año de la abolición de las leyes anticoalicionistas, las coaliciones obreras son consideradas como un grave crimen. Cuál era el espíritu que inspiraba el estatuto obrero de 1349 y sus hermanos menores se ve claramente con sólo advertir que en él se fijaba por imperio del Estado un salario máximo; lo que no se prescribía ni por asomo era un salario mínimo.

Durante el siglo XVI, empeoró considerablemente la situación de los obreros. El salario en dinero subió, pero no proporcionalmente a la depreciación del dinero y a la subida de los precios de las mercancías. En realidad, pues, los jornales bajaron. A pesar de ello, seguían en vigor las leyes encaminadas a hacerlos bajar, con la conminación de cortar la oreja y marcar con el hierro candente a aquellos que nadie quisiera tomar a su servicio. (…)

Por fin, en 1813 fueron derogadas las leyes sobre reglamentación de salarios. Estas leyes eran una ridícula anomalía, desde el momento en que el capitalista regía la fábrica con sus leyes privadas, haciéndose necesario completar el salario del bracero del campo con el tributo de pobreza para llegar al mínimo indispensable. Las normas de los Estatutos obreros sobre los contratos entre el patrono y sus jornaleros, sobre los plazos de aviso, etc., las que sólo permiten demandar por lo civil contra el patrono que falta a sus deberes contractuales, permitiendo, en cambio, procesar por lo criminal al obrero que no cumple los suyos, siguen en pleno vigor hasta la fecha.

Las crueles leyes contra las coaliciones hubieron de derogarse en 1825, ante la actitud amenazadora del proletariado. No obstante, sólo fueron derogadas parcialmente. Hasta 1859 no desaparecieron algunos hermosos vestigios de los antiguos estatutos. (…) Como se ve, el parlamento inglés renunció a las leyes contra las huelgas y las tradeuniones de mala gana y presionado por las masas, después de haber desempeñado él durante cinco siglos, con el egoísmo más desvergonzado, el papel de una tradeunion permanente de los capitalistas contra los obreros.

En los mismos comienzos de la tormenta revolucionaria, la burguesía francesa se atrevió a arrebatar de nuevo a los obreros el derecho de asociación que acababan de conquistar. Por decreto del 14 de junio de 1791, declaró todas las coaliciones obreras como un «atentado contra la libertad y la Declaración de los Derechos del Hombre», sancionable con una multa de 500 libras y privación de la ciudadanía activa durante un año. Esta ley, que, poniendo a contribución el poder policíaco del Estado, procura encauzar dentro de los límites que al capital le plazcan la lucha de concurrencia entablada entre el capital y el trabajo, sobrevivió a todas las revoluciones y cambios de dinastía. Ni el mismo régimen del terror se atrevió a tocarla. No se la borró del Código penal hasta hace muy poco.

1º.- Para formar el proletariado moderno, se encajó a los antiguos campesinos, mediante leyes terroristas, a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado.

Los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes “voluntarios”, como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones.

2º.- La organización del proceso capitalista de producción suponen la dependencia completa de la fuerza de trabajo asalariada respecto al capital, dependencia que las relaciones de producción capitalistas “engendran garantizan y perpetúan”.

En la producción capitalista, el obrero desprovisto de todo medio de vida ha de vender su fuerza de trabajo para subsistir. Marx explica: “El obrero obtiene a cambio de su fuerza de trabajo medios de vida, pero, a cambio de estos medios de vida de su propiedad, el capitalista adquiere trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora con la cual el obrero no sólo repone lo que consume, sino que da al trabajo acumulado [al capital] un mayor valor del que antes poseía. El obrero recibe del capitalista una parte de los medios de vida existentes. ¿Para qué le sirven estos medios de vida? Para su consumo inmediato. Pero, al consumir los medios de vida de que dispongo, los pierdo irreparablemente.” Por el contrario, el capital ha aumentado con el trabajo del obrero.

Este intercambio desigual entre el capital y la fuerza de trabajo es el que sirve de base a la producción capitalista y tiende a reproducir al obrero como obrero y al capitalista como capitalista”.

El obrero no sólo produce mercancías, sino que produce capital, aumentando el poder de éste sobre el trabajo asalariado en cada intercambio. Esto hace cada vez más fuerte el dominio del capital y agranda el abismo social que lo separa del trabajo asalariado.

Sin embargo, en el inicio del capitalismo este dominio del capital está en estado naciente, esa clase obrera educada y disciplinada que debe aceptar como “orden natural” las relaciones capitalistas de producción no está aún formada.

Por esto, durante todo este periodo, se hace necesario hacer uso de la violencia y el terror en primera instancia para encuadrar a los obreros asalariados en las condiciones que exigía el capital. Y esta es la razón del conjunto de leyes grotescamente terroristas que se dictan durante esta época. Obligando a los antiguos campesinos propietarios, una vez expropiados, a convertirse en obreros asalariados.

3º.- Durante el periodo de la acumulación originaria es el Estado quien garantiza la sujeción de los salarios a las necesidades del capital, imponiendo salarios máximos por debajo de los límites de subsistencia. Este es un factor esencial para explicar la acumulación originaria.


Como afirma Marx, la burguesía, que va ascendiendo, necesita y emplea todavía el poder del Estado para “regular” los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que benefician a la extracción de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de dependencia.

Este –y no sólo, ni principalmente, el desarrollo de las fuerzas productivas- es un factor esencial que explica el “milagro” de la acelerada revalorización del capital durante la época de la acumulación originaria.

Como complemento inevitable a esta cadena de abusos terroristas sobre el trabajo asalariado, había que privarle de cualquier derecho y libertad como clase. Las revoluciones burguesas enarbolan las declaraciones de los derechos humanos universales. Pero el derecho de los obreros a organizarse contra el interés burgués está proscrito. En Inglaterra está prohibida hasta 1825 cualquier asociación obrera, y sólo en 1871 se reconoció legalmente a las tradeunions. La revolución francesa –emblema del proceso democrático burgués- dictó inmediatamente la prohibición de las asociaciones obreras, que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX.

jueves, 2 de febrero de 2017

HISTORIA DEL CAPITALISMO A TRAVÉS DE SUS CRISIS (I)



La “acumulación – expropiación” originaria





Hemos visto que la existencia del capital requiere de dos condiciones previas:

Primera: que exista una acumulación originaria (o como dice Marx, hablando en propiedad, una expropiación originaria) gracias a la cual una parte de la sociedad –la clase de los capitalistas– se ha apropiado de los frutos del trabajo social.

Segunda: que, por el contrario, exista otra parte de la sociedad que no posea otra cosa que su fuerza de trabajo y deba venderla en el mercado para subsistir.

¿Y cómo se dio este proceso?

Marx dedica un capítulo de su obra principal, El Capital, a exponer cómo surgieron en la historia las condiciones para la aparición del modo de producción capitalista. El texto es tan rico y completo que resulta difícil recortarlo, hemos optado por presentar una selección amplia que sintetizaremos al final.

Veamos lo que plantea Marx:

1.- EL SECRETO DE LA ACUMULACION ORIGINARIA

Hemos visto cómo se convierte el dinero en capital, cómo sale de éste la plusvalía y de la plusvalía más capital. Sin embargo, la acumulación de capital presupone la plusvalía; la plusvalía, la producción capitalista, y ésta, la existencia en manos de los productores de mercancías de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo este proceso parece moverse dentro de un círculo vicioso, del que sólo podemos salir dando por supuesto una acumulación «originaria» anterior a la acumulación capitalista («previous accumulation», la denomina Adam Smith), una acumulación que no es fruto del régimen capitalista de producción, sino punto de partida de él.

Esta acumulación originaria viene a desempeñar en la Economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original. Adán mordió la manzana y con ello el pecado se extendió a toda la humanidad. Los orígenes de la primitiva acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. (…) Así se explica que mientras los primeros acumulaban riqueza, los segundos acabaron por no tener ya nada que vender más que su pellejo. De este pecado original arranca la pobreza de la gran masa que todavía hoy, a pesar de lo mucho que trabaja, no tiene nada que vender más que a sí misma y la riqueza de los pocos, riqueza que no cesa de crecer, aunque ya haga muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar.

(…) Sabido es que en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, el esclavizamiento, el robo y el asesinato, la violencia, en una palabra. Pero en la dulce Economía política ha reinado siempre el idilio. Las únicas fuentes de riqueza han sido desde el primer momento el derecho y el «trabajo». En la realidad, los métodos de la acumulación originaria fueron cualquier cosa menos idílicos.

Ni el dinero ni la mercancía son de por sí capital, como no lo son tampoco los medios de producción ni los artículos de consumo. Hay que convertirlos en capital. Y para ello han de concurrir una serie de circunstancias concretas, que pueden resumirse así: han de enfrentarse y entrar en contacto dos clases muy diversas de poseedores de mercancías; de una parte, los propietarios de dinero, medios de producción y artículos de consumo deseosos de explotar la suma de valor de su propiedad mediante la compra de fuerza ajena de trabajo; de otra parte, los obreros libres, vendedores de su propia fuerza de trabajo y, por tanto, de su trabajo. Obreros libres en el doble sentido de que no figuran directamente entre los medios de producción, como los esclavos, los siervos, etc., ni cuentan tampoco con medios de producción de su propiedad como el labrador que trabaja su propia tierra, etc.; libres y desheredados. Con esta polarización del mercado de mercancías se dan las condiciones fundamentales de la producción capitalista. (…) Por tanto, el proceso que engendra el capitalismo sólo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la propiedad de las condiciones de su trabajo, proceso que, de una parte, convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras que, de otra parte, convierte a los productores directos en obreros asalariados. La llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Se la llama «originaria» porque forma la prehistoria del capital y del modo capitalista de producción.

La estructura económica de la sociedad capitalista brotó de la estructura económica de la sociedad feudal. Al disolverse ésta, salieron a la superficie los elementos necesarios para la formación de aquélla.

El productor directo, el obrero, no pudo disponer de su persona hasta que no dejó de vivir encadenado a la gleba y de ser siervo dependiente de otra persona. Además, para poder convertirse en vendedor libre de fuerza de trabajo, que acude con su mercancía adondequiera que encuentre mercado, hubo de sacudir también el yugo de los gremios, sustraerse a las ordenanzas sobre aprendices y oficiales y a todos los estatutos que embarazaban el trabajo. Por eso, en uno de sus aspectos, el movimiento histórico que convierte a los productores en obreros asalariados representa la liberación de la servidumbre y la coacción gremial, y este aspecto es el único que existe para nuestros historiadores burgueses. Pero, si enfocamos el otro aspecto, vemos que estos trabajadores recién emancipados sólo pueden convertirse en vendedores de sí mismos, una vez que se vean despojados de todos sus medios de producción y de todas las garantías de vida que las viejas instituciones feudales les aseguraban. Y esta expropiación queda inscrita en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego.

A su vez, los capitalistas industriales, estos potentados de hoy, tuvieron que desalojar, para llegar a este puesto, no sólo a los maestros de los gremios artesanos, sino también a los señores feudales, en cuyas manos se concentraban las fuentes de la riqueza. Desde este punto de vista, su ascensión es el fruto de una lucha victoriosa contra el poder feudal y sus indignantes privilegios, contra los gremios y las trabas que estos ponían al libre desarrollo de la producción y a la libre explotación del hombre por el hombre. Pero los caballeros de la industria subieron y triunfaron por procedimientos no menos viles que los que en su tiempo empleó el liberto romano para convertirse en señor de su patrono.

El proceso de donde salieron el obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización del obrero. Este desarrollo consistía en el cambio de la forma de esclavización: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista. Para comprender la marcha de este proceso, no hace falta remontarse muy atrás. (…) Allí donde surge el capitalismo hace ya mucho tiempo que se ha abolido la servidumbre (…).

En la historia de la acumulación originaria hacen época todas las transformaciones que sirven de punto de apoyo a la naciente clase capitalista, y sobre todo los momentos en que grandes masas de hombres son despojadas repentina y violentamente de sus medios de subsistencia y lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres y desheredados. Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino. Su historia presenta una modalidad diversa en cada país, y en cada uno de ellos recorre las diferentes fases en distinta gradación y en épocas históricas diversas. Reviste su forma clásica sólo en Inglaterra, país que aquí tomamos, por tanto, como modelo.


1º.- Llamamos acumulación originaria a un proceso singular de acumulación de capital.

Singular porque no es fruto del régimen de producción capitalista, sino punto de partida imprescindible para él. Sólo sobre la base de una acumulación originaria de este tipo pudieron llegar a brotar de la estructura económica de la sociedad feudal las condiciones fundamentales de la producción capitalista.
Marx no llega al concepto de “acumulación originaria” a través del estudio de los hechos históricos, sino exactamente al revés. Lo establece como una necesidad teórica del materialismo histórico, y sólo luego la busca y la documenta en la historia.

2º.- Las condiciones fundamentales necesarias para que exista la producción capitalista exigen polarizar el mercado de mercancías en dos tipos muy distintos de poseedores:

- de un lado los propietarios de dinero, medios de producción y artículos de consumo deseosos de aumentar el valor de su propiedad mediante la compra de fuerza de trabajo ajena.

- del otro, obreros libres. Libres en el doble sentido, se ha librado de las relaciones de servidumbre; pero también ha sido desposeídos de sus medios de vida. Libres y desposeídos.


3º.- La acumulación originaria es el imprescindible punto de partida en la génesis del capitalismo. Exige la disociación entre el productor y los medios de producción.

Supone la expropiación forzosa del productor directo, transformándolo en obrero asalariado.

Sólo así pueden crearse las condiciones fundamentales para que exista la producción capitalista. Como dice Marx: El proceso de donde salieron el obrero asalariado y el capitalista, tuvo como punto de partida la esclavización del obrero. El cambio de la forma de esclavización: la explotación feudal se convirtió en explotación capitalista.

4º.- Este proceso está escrito en la historia “a sangre y fuego”. Es un proceso de lucha de clases. Y “los métodos fueron de todo menos idílicos”.

En la trasformación de los productores en obreros asalariados, los historiadores burgueses sólo ven el aspecto de la liberación de la servidumbre. Pero ocultan el otro aspecto, el de ser “despojados de todos sus medios de producción. Y esta expropiación queda inscrita en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego”.

A su vez la burguesía tuvo que desalojar del poder a los feudales.
Las condiciones necesarias para la aparición del capitalismo no brotan de forma espontánea de la descomposición del régimen feudal. Este sería un punto de vista economicista. Es un proceso de lucha de clases, y se imponen desde el poder y por la fuerza.

5º.- Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino.

Allí donde surge el capitalismo hace ya tiempo que el régimen feudal está en abierta disolución y se ha abolido la servidumbre. Esta disolución del feudalismo crea una gran masa –Marx plantea que en la Inglaterra del siglo XV son la inmensa mayoría de la población- de campesinos libres que son propietarios de la tierra que trabajan, tienen a su disposición amplios terrenos comunales donde se aprovisionan de diversos productos y pastaban sus ganados.

En la próxima asignatura conoceremos cómo se da en Inglaterra este proceso por el que “grandes masas de hombres son despojadas repentina y violentamente de sus medios de subsistencia y lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres y desheredados”.