sábado, 9 de septiembre de 2017

Primera radiografía de clase de los apoyos al independentismo en Cataluña

El corazón burocrático de la ruptura 

"Los Pujol, Mas y Puigdemont son representantes de una burguesía burocrática que vive de parasitar los presupuestos públicos, es decir de saquear al conjunto de la población catalana"

Los principales referentes de la alta burguesía catalana, tradicional sostén del nacionalismo, se han pronunciado contra la independencia. ¿Dónde están entonces los apoyos de clase en Cataluña a la fragmentación? ¿O es que acaso el procés soberanista es el primer proyecto político en la historia que no tiene una clase que lo impulse y sustente?

Para establecer una primera radiografía de los apoyos de clase al independentismo, hemos de partir de los profundos cambios sucedidos en Cataluña durante las últimas décadas.

La gran burguesía catalana ya no se parece en nada a la tradicional imagen de botiguer o el propietario de pequeños talleres. Sus capas más altas se han incrustado en la oligarquía española. Organizados en torno a grandes gigantes financieros como La Caixa, o a bancos emergentes como el Sabadell. Y con una nutrida representación en el Ibex-35 y en los consejos de administración de los principales monopolios españoles, desde Repsol a Gas Natural...

Consiguiendo además una especial vinculación con gobiernos o aparatos del Estado, que les ha permitido, por ejemplo, beneficiarse de la subasta de las cajas rescatadas con dinero público.

Para este sancta santorum de la gran burguesía catalana, la independencia es un contratiempo, ahora que han conquistado una posición de privilegio en España, y que la protección del Estado español es clave para garantizar sus cuantiosas inversiones internacionales.

Por eso el presidente de La Caixa, Isidre Faine, advirtió públicamente a Mas con la sentencia “presidente, te estás equivocando”, y reafirmando que “estamos mejor juntos que separados”. Mientras Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell, confiaba en que “el desafío soberanista se acabará solucionando dentro de los cauces institucionales”.

Más claro fue el presidente de la CEOE, el histórico líder de la patronal catalana Foment del Treball Nacional, Joan Rosell, al afirmar que “la hipotética independencia de Cataluña sería un destrozo humano y económico”.

Excepto Grifols, todos los emblemas de la alta burguesía catalana han redoblado sus esfuerzos para reconducir el desafío independentista hacia una negociación con el Estado que otorgue a Cataluña mayores competencias y privilegios.

El resto de la burguesía catalana, representada por la extensa red de pequeñas y medianas empresas, tampoco está interesada en la independencia.

Frente a las ideas, esgrimidas por el independentismo para ganarse el apoyo del empresariado, sobre que el peso de las exportaciones al extranjero ha relativizado la importancia del mercado español para las empresas catalanas, la realidad es exactamente la contraria.

Dependiendo de los sectores, entre un 25% y un 40% de las ventas de las empresas catalanas se realizan en el resto de España. Y, mientras el comercio con el extranjero sale deficitario, el que realiza Cataluña con el resto de España le reporta un importante superávit.

Cuestionar el acceso al mercado español, levantando muros políticos, significaría la quiebra para muchas empresas catalanas.

Tampoco en el conjunto de la población catalana existe una mayoría independentista, a pesar de que la Generalitat ha empeñado todo su enorme poder en intentar crearla. En ninguna de las elecciones celebradas en Cataluña el voto independentista ha superado el 50%, y todas las últimas encuestas confirman el descenso del apoyo social a la fragmentación.

¿Dónde está entonces el cuartel general del independentismo? ¿Qué le permite disponer de un respaldo social en Cataluña?

Una burguesía burocrática

El Estado de las Autonomías entregó a la Generalitat de Cataluña el control de un enorme presupuesto público, y la capacidad para levantar un enorme entramado político y social.

Sobre estas bases, se ha gestado en Cataluña una auténtica burguesía burocrática, que debe sus ganancias no a su dinamismo y competitividad, sino a la gestión y saqueo de los fondos públicos.

El escándalo de 3% y el “caso Pujol” son su radiografía. Multimillonarias obras públicas concedidas por la Generalitat a cambio de mordidas que financiaban a Convergencia.

Y en torno al saqueo de los fondos públicos, o a la concesión de obras públicas, ha medrado toda una nueva clase empresarial catalana. Estos son los “empresarios” que hoy respaldan el procés soberanista, y cuyo apoyo exhibe la Generalitat. Como las patronales Pimec y Cecot, o los que se sumaron el “Manifest del far”, defendiendo “el derecho a decidir”.

Si el cobijo de la Generalitat, que les permite acceder al despojo de las riquezas catalanas, a través de negocios seguros a través de concesiones directas decididas por el poder político, estos “empresarios” perecerían, incapaces de competir en el mercado.

Pero desde la Generalitat se ha construido todo un régimen, que extiende sus tentáculos sobre toda la sociedad catalana. El instrumento principal ha sido el reparto de subvenciones, que ha creado toda una red clientelar que depende del respaldo de la Generalitat.

Utilizando el presupuesto de la Generalitat y el boletín oficial autonómico, una nueva burguesía burocrática, que ya no es la tradicional burguesía catalana, representada por los Pujol, Mas y Puigdemont, ha extendido su control sobre la sociedad catalana.

Desde los medios de comunicación, con subvenciones que quintuplican las concedidas en el País Vasco, y que han creado de la nada medios independentistas que se suman al altavoz que supone TV3.

Penetrando también en ámbitos tradicionalmente de izquierdas, como algunos sectores sindicales, organizaciones sociales...

O sosteniendo, desde los presupuestos de la Generalitat, grupos como Omnium Cultural o la Assemblea Nacional Catalana, que convocan los actos de masas a favor de la independencia. Y que llegan hasta impulsar organizaciones de castellano hablantes por la independencia, como Sumate.

Los proyectos de ruptura no han salido de la nada, no han surgido espontáneamente desde la sociedad civil. Han sido prefabricados, y tienen un corazón burocrático, incrustado en las altas esferas de la Generalitat y el poder autonómico, que vive de parasitar los presupuestos públicos, es decir de saquear al conjunto de la población catalana.

viernes, 18 de agosto de 2017

EL TERRORISMO SIEMPRE ES FASCISMO






El terror ha vuelto a golpear en el corazón de una capital española, como siempre de forma cobarde e indiscriminada. 







Desde Unificación Comunista de España (UCE) manifestamos nuestra condena y rechazo más enérgico y absoluto a este crimen terrorista. Y queremos transmitir nuestra solidaridad con las víctimas y sus familias, y los deseos de pronta recuperación para los heridos.


Y lo hacemos desde la posición de principios con la que siempre hemos combatido y condenado cualquier tipo de terrorismo: el terrorismo siempre es fascismo. No solo siega la vida de víctimas inocentes, hiere y siembra el dolor, además atenta contra la libertad y la democracia de todos.

El terrorismo y su obscena base de principios, venga de donde venga y se disfrace como se disfrace, nunca será de los pueblos.

Por eso llamamos a la unidad de todos los demócratas. En momentos como estos, por encima de cualquier otra consideración y diferencias políticas, debemos estar unidos el conjunto del pueblo y toda la sociedad para hacer frente al terrorismo, enemigo común, y defender la libertad y la democracia -por la que juntos luchamos- frente a los oscuros y subterráneos intereses de los terroristas y quienes les alientan.

La unidad y voluntad de los pueblos en defensa de la paz, la libertad y la democracia será siempre mucho más fuerte que el terror.

Unificación Comunista de España, en señal de duelo y solidaridad con las víctimas y sus familias, ha suspendido todas sus actividades políticas, actos, distribución del ‘De Verdad’ y campañas.

viernes, 21 de julio de 2017

Guerra de Secesión


“OTRA HISTORIA DE CATALUÑA”. Marcelo Capdeferro)


«La revuelta de los payeses se transformó en guerra secesionista, gracias a la formación de un eje político entre la Diputación, los barones de la frontera y la Francia de. Richelieu» (Joan Reglá, Historia de Catalunya)




El 19 de agosto (1640) se había publicado una nota, en Madrid, anunciando la intención de! Rey de convocar las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña, En relación con la Convocatoria de las Cortes Catalanas decía la nota oficial que el objetivo era «poner en respeto, ejercicio y libertad, la justicia en aquel Principado, violentada y ahuyentada por alguna gente ruin y sediciosa...».

Como contestación, la Diputación se adelantó a convocar a las Cortes para el 10 de septiembre. Sabido es que las Cortes sólo podían ser convocadas y presididas por el Rey o su Lugarteniente; en este caso se trataba de una convocatoria de los Brazos (por lo que no procede hablar de Cortes) cuya composición difería sensiblemente con las Cortes ordinarias, ya que, como se ha dicho, en ellas los Brazos eclesiástico y real tenían un número fijo de representantes, mientras en la reunión de los Brazos se había convocado a todos los «ciudadanos honrados» y a todos los Canónigos que quisieran asistir. Es dudoso que existiera precedente de una convocatoria similar. El 10 de septiembre pues, se reunieron los Brazos, tal como estaba previsto, pero con mucha menos asistencia que la esperada; tan sólo estaban presentes 34 eclesiásticos, 144 nobles y 10 del estamento real. La sesión de apertura consistió en la lectura de un largo documento elaborado por los Diputados relatando y relacionando las atrocidades cometidas por las tropas; tras su lectura, que duró tres horas., se suspendió la sesión has la el día 13, para dar tiempo a que llegaran más convocados. Con también escasa asistencia, los Brazos aprobaron, a propuesta de los Diputados, la creación de una .Junta de 36 miembros que se haría cargo de todos los asuntos relativos a la defensa del Principado. Toda la autoridad pues, de los Brazos, queda­ba transferida a 36 personas partidarias de los Diputados: Por su parte el Consejo de Ciento aprobaba, el 17 de septiembre, rogar a los Diputados que nombraran a un Comandante en jefe de «cualquier nación», para el mando de las fuerzas que se estaban reclutando para la defensa del Principado.

La mención de «cualquier nación» es reveladora, Efectivamente hacía ya tiempo que se habían iniciado conversaciones con Francia; no se ha podido averiguar la fecha exacta del inicio de los contactos, pero se cree que ya en julio los había iniciado Francisco Villaplana; incluso hay quien cree que se iniciaron en abril, ya fuera por medio de Villaplana o por otro personaje. Lo que sí es notorio es que existían muchos espías de Richelieu; el más importante, el monje de Montserrat, Fray Ferrand.

«Es punto muy dudoso cuando comenzaron los Diputados a tratar con franceses. Unos quieren que sea años antes. En esta opinión, están los más presumidos de noticias y secretos de la malicia del tiempo y no ven que una comunidad no puede tratar años antes con secreto una rebelión. Lo que tengo por cierto es que, viendo muerto al Virrey, temieron los Diputados y tentaron qué era lo que podía esperar de Francia, si S.M. tratase de castigar la provincia, y que el primero que entró en Francia fue Francisco Villaplana, primo del Diputado

eclesiástico Claris» (Doctor D. Ramón Rubí, Juez de la Audiencia, “Levantamiento”).

Efectivamente, parece que ya en julio pasó Francisco Villaplana a Narbona en misión secreta cerca del Duque de Espenan, Comandante francés de Salses, que se había rendido el 6 de enero. También intervino en las gestiones el noble Alejo de Sentmenat quien, además, se dedicaba a la compra de armas francesas. El comandante de las tropas españolas del Rosellón, Juan de Garay, tuvo noticias de esta conspiración y el 23 de agosto arrestó a Sentmenat y a otros sospechosos. Al conocer la noticia del arresto de Sentmenat, en Perpiñan, Villaplana, que se hallaba en Barcelona, salió precipitadamente, pasó la frontera y prosiguió las conversaciones con Espenan, con el que firmó un primer acuerdo el 7 de septiembre. Algunos días más tarde los delegados de la Diputación, Francisco Villaplana y Ramón de Guimerá, se reunían en Ceret (en el convento de los Capuchinos) con los delegados franceses. La Conferencia de Ceret terminó el 24 de septiembre. El plenipotenciario francés Du Pléssis-Besançon, pariente de Richelieu, llegó a Barcelona el 24 de octubre para proseguir la negociación. Fue recibido solemnemente en la Diputación, Se dio el caso chusco y sorprendente de que, como ningún Diputado sabía el francés, ni Du Pléssis-Besançon sabía el catalán, las conversaciones tuvieron que desarrollarse en castellano, que sí sabía el delegado francés, haciendo constar Claris «el disgusto que le causaba tener que expresarse en la .lengua de una nación por la que sentía tanta aversión».

Las conversaciones duraron una semana y no fueron demasiado cordiales. Al final la Diputación se avino a dar plenas facilidades para desembarcos de tropas francesas en los puertos catalanes; a pagar, mantener y alojar a tres mil soldados que Francia enviaría a Catalunya, y a enviar a Francia nueve rehenes como garantía de la seguri­dad de las tropas francesas en Cataluña.

La Diputación decretó la movilización general; como sabía que, instigado por ella, el pueblo catalán se negaba masivamente a enrolarse en el servicio militar, y a principios de octubre la Diputación consideró necesario establecer un Tribunal especial para castigar a quienes rehusaran obedecer la orden de movilización. Anteriormente se había acordado que todos los catalanes «juraran fidelidad a la Provincia (es decir, Cataluña) y que los que se negaran a hacerlo fueran considerados traidores a la patria». (Elliot), Al mismo tiempo la Diputación había decretado un incremento de los impuestos, con el fin. de poder subvenir a las necesidades militares.

Cataluña francesa

El 4 de diciembre, cumpliendo lo estipulado con la Diputación, las fuerzas francesas, alineadas ya en el Rosellón iniciaban la penetración en el Principado. El General d´Espenan llegó a Barcelona el 10, con 800 soldados de Caballería; el 16 salió hacia Tarragona, amenazada por las fuerzas del Marqués de los Vélez. “Viéndose impotente para afrontar al poderoso ejército de los Vélez, se apresuró a pactar la rendición y se comprometió a volver a Francia con su ejército”. Tarragona se rindió el 24 de diciembre.

Hasta la «masacre» de Cambrils las fuerzas catalanas se rendían casi sin luchar; el propio Marqués de los Vélez no cesaba de declarar que venía en son de paz; pero después de los sucesos de Cambrils las cosas cambiaron. En la misma larde del 24 de diciembre llegó a Barcelona la noticia de la rendición de Tarragona. El populacho se desenfreno, sospechando traición; grupos de rebeldes, reforzados por extranjeros, se dedicaron a la caza de «traidores», con una ferocidad superior a la del día del Corpus. Fueron asesinados Juan Gori, Luis Ramón y Rafael Puig, jueces de la Real Audiencia, que habían salvado la vida meses antes, y otras figuras de la nobleza catalana. Los sublevados obligaron a los Diputados a liberar a todos los presos. Hubo también desordenes en otras poblaciones.

Mientras tanto la causa que defendía la Diputación tuvo un inesperado e importante refuerzo: en la tradicional elección por insaculación del 30 de noviembre, había resultado elegido “Conceller en Cap» de Barcelona, el gran jurisconsulto y asesor de; la Diputación, Joan Pere Fontanella, acérrimo partidario de Claris.

El 2 de enero de 1641 Richelieu recibió a tres embajadores catalanes a los que comunicó (hablando en castellano) su deseo de que Cataluña se transformará en República separada de España y bajo la protección francesa. El día 14 Du Plessis-Besançon se presentaba en Barcelona con la misión de constituir dicha República, El 16 Claris anunció a los Brazos la ruptura con España y la constitución de Cataluña en República, bajo la protección de Francia, lo que fue aceptado por los Bracos y el Consejo de Ciento. Pero siete días más tarde Claris anunció que en vista de que la proyectada República era inviable, proponía que Cataluña se pusiera bajo la obediencia del Rey de Francia, “como en tiempos de Carlomagno, con el pacto de respetar nuestras constituciones. Ese mismo día (23 de enero) la Junta de los Brazos y el Consejo de Ciento proclamaron Conde de Barcelona a Luis XIII de Francia. Está demostrado que el proceso que culminaba con la proclamación de Luis XIII como Conde de Barcelona fue obra personal de Claris que se valió de su cargo para frustrar los intentos de mediación de Felipe IV, «temeroso (dice Elliot) de que la mayoría se habría inclinado a aceptarlas”. Incluso sus colegas de la Diputación como Tamarit y Ferrán, no querían llegar tan lejos.

Al mismo tiempo se nombraba una Junta de Guerra compuesta por personalidades catalanas y francesas, bajo la presidencia de Joan Pere Fontanella, con plenos poderes para organizar la defensa del Principado y, concretamente, la de Barcelona, ya que las fuerzas del Marqués de los Vélez estaban en las cercanías de la ciudad. El 26 de enero se enfrentaron ambas fuerzas en la montaña de Montjuich que había ocupado el ejército real, con un ataque por sorpresa; .las trapas franco-catalanas le causaron importantes bajas; incomprensiblemente el Marqués de los Vélez dio orden de retirada

(…) Refiriéndose a esta crisis escribió el embajador inglés, Hopton, que «la grandeza de esta Monarquía, se está acercando a su fin». Y Du Plessis-Besançon, el agente de Richelieu en Cataluña, escribió: «Se puede decir sin exageración, que las consecuencias de este acontecímiento (la revuelta catalana) fueron tales que (aparte la revuelta de Portugal, cuya pérdida fue tan perjudicial, no sólo a la reputación de España, sino a toda la estructura de su monarquía... y que nunca se habría producido sin el ejemplo de Cataluña), nuestros asuntos que en Flandes no iban nada bien y peor aún un el Piamonte, súbitamente empezaron a prosperar por todas partes, incluso en Alemania, pues las fuerzas de nuestros enemigos, contenidas dentro de su país, quedaban reducidas a debilidad en todos los demás teatros de la guerra”.

(…) La guerra duró 12 años, Pablo Claris murió el 27 de febrero de 1641 dejando a la clase dirigente dividida. Richelieu envió a d'Argenson corno Gobernador de Cataluña (1641-1643) y poco después al Marqués de Brezé, como Virrey. La administración del país fue confiada a un grupo de catalanes adictos a Francia: Joan Pere Fontanella, «Conseller en Cap», de Barcelona y su hijo José, regente de la Cancillería, al frente de un grupo de amigos, fueron los nuevos dictadores de !a administración catalana. Las autoridades francesas respetaron las instituciones catalanas, pero tuvieron buen cuidado de que, en las principales instituciones, Diputación y Consejo de Barcelona, no pudieran aparecer dirigentes partidarios de España, estableciendo el derecho de veto de las listas de candidatos, suprimiendo los nombres de los posibles desafectos a la causa francesa.

(…) La capitulación de Perpiñán fue celebrada en París con un solemne Tedeum y en Barcelona con ceremonias, iluminaciones, fuegos de artificio y otros festejos.

“Cataluña llorará con sangre lo que celebra hoy con gritos de alegría”, escribió el cronista coetáneo Miguel Parets. Hubo muchos catalanes que no participaron en el entusiasmo que celebró las victorias francesas. «La instalación de los franceses fue una visión intolerable para numerosas familias de nuestros Condados (Rosellón y Conflent) a las que se vio partir hacía el interior de Cataluña». La nueva Real Audiencia había decretado la confiscación de bienes de los catalanes pasados al bando español. Ya en aquellas fechas de triunfo francés era notoria la división de los catalanes: los obispos, la nobleza, e incluso sectores populares., eran hostiles a Francia y a Richelieu, pues consideraban a los franceses «los enemigos tradicionales desde siglos. Por otra parte la gente avispada iba percatándose de las verdaderas intenciones de la corte francesa. Richelieu había dado instrucciones para que se nombraran gobernadores catalanes en Perpiñan, Colliure, Salses, etc, respetando el tratado, pero poniendo a su lado “un francés particularmente hábil y decidido, que ejerza verdaderamente el poder”. Pronto se vio que la conducta de las tropas francesas con la población civil era peor que la de las tropas españolas,.

(…) Por otra parte, la situación interna de Cataluña no era buena, los catalanes se habían decepcionado del dominio trances. Pedro de Marca escribía en 1644; «el clero está molesto por la presencia de tropas de hugonotes». Y en 1647 escribía «Me he confirmado en la opinión de que todo el mundo (en Cataluña) tiene mala voluntad para Francia, e inclinación por España... Tengo todos los días nuevas pruebas de que los eclesiásticos, los religiosos, los nobles y el pueblo, son muy malintencionados para el servicio del rey (de Francia)... En el clero, la nobleza, la burguesía, el pueblo, ningún partido es pro francés».

(…) A partir de 1650 las armas españolas avanzaron dentro de Cataluña, por el Sur y el Oeste, En 1651 enlazaron los dos ejércitos reales con base en Tarragona y Lérida respectivamente, poniendo cerco a Barcelona (agosto 1651), La Diputación, que estaba en Manresa, había decidido volver a la obediencia de Felipe IV; pero a pesar de ello. Barcelona prefirió resistir un asedio de catorce meses.

El 1 de octubre de 1652 los «Consellers» de Barcelona aceptaron tratar la rendición. Dos días más tarde el Gobernador de Cataluña, José de Margarit, salió por mar de la ciudad, acompañado por un reducido grupo de fervientes partidarios de Francia; y ese mismo día el Mariscal La Mothe, otra vez Virrey francés, comunicaba al Marqués de Mortara, General español, su decisión de capitular. El 11 de octubre a las 9 de la mañana, se organizaba una procesión de prohombres, encabezada por el «Conseller en Cap», que se dirigió a parlamentar con el príncipe Juan José de Austria, uno de los jefes del ejército español. El príncipe ofreció perdón para todos los delitos cometidos desde 1640, excluyendo de la amnistía tan solo a José Margarit. Firmada la rendición, dos días más tarde (13 de octubre), salían de Barcelona el Mariscal La Mothe y José Ardena con las.ropas francesas, suizas y catalanas. Seguidamente entraron las españolas, capitaneadas por Juan José de Austria.

El Rey aprobó las decisiones de Juan José de Austria y el Marqués de Mortara: que las constituciones Catalanas permanecerían intocadas, así como los privilegios de que gozaba la ciudad de Barcelona. El 18 d enero (1653) en que llegó la notificación oficial de dicha decisión real, Barcelona celebró la jubilosa noticia con un repique general de campanas., un solemne Te Deum en la Catedral y otras manifestaciones religiosas y fiestas populares.

Pero la guerra con Francia prosiguió aún siete años.

Mutilación de Cataluña

Tras varios años de conversaciones en Münster (capital de Westfalia) fue firmada la llamada paz de Westfalia en 1648, que ponía fin a la guerra de los Treinta Años; España reconocía la independencia de Holanda. Pero la guerra franco-española prosiguió; a ella se unió Inglaterra.

La paz de Westfalia fue el triunfo de Francia sobre el Imperio; de una forma especial, era el triunfo (relativo) de la política de Richelieu, que consistía en dar término a la gran Francia, la cíe los límites de la Galia (del Rhin a los Pirineos) llamados «fronteras naturales». Para asegurar estas fronteras se había aceptado en Westfalia el principio llamado de «libertades germánicas», favorable a la división de Alemania en una serie de Estados, siendo desde entonces el título Imperial meramente honorífico y simbólico.

Francia, que había logrado en el norte parte de los objetivos (incorporación de AIsacia, etc.), no iba a desaprovechar la ocasión de su guerra con España, la ocupación de parte de Cataluña, y la manifiesta decadencia española, para lograr su viejo sueño de «frontera natural» al Sur del país: la pirenaica.

Tras la capitulación de Barcelona (1652) las tropas francesas abandonarán gran parte del territorio catalán que aún conservaban en su poder y se concentraron en las fortalezas de Rosas, Perpiñán, Salses, Colliure, Argelés, etc, y en la llanura del Rosellón, desde donde aguantaron un alzamiento generalizado de la mayoría del pueblo catalán contra la presencia francesa y catalana francófila; dicho levantamiento revistió especial importancia en la Cerdaña, Conflent, Vallespir y parte del Rosellón, Francia y España seguían en guerra; y la lucha se había desplazado ahora a Artoís v Flandes, pero estaba claro que Francia no tenía Intención de abandonar el Rosellón.

Ya durante el sitio de Barcelona el nuevo hombre fuerte francés, Cardenal Mazaríno, escribió: «El Rey no puede nunca, pase lo que pase, admitir la restitución del Rosellón». Frase que recuerda la de Richelieu, en carta escrita al Rey: «No hay que pensar en devolver la Lorena... Perpiñan y el Rosellón; pues tenía el criterio de que “aquello que ha sido conquistado por la espada, no puede ser devuelto».

Las autoridades francesas ordenaron al Mariscal la Mothe que hiciera todo lo posible para la conservación del Rosellón, con la particularidad de que «No pensarnos sólo en conservar el Rosellón, sino en hacer un esfuerzo para establecernos nuevamente en Cataluña», según carta de Mazarino a la Mothe.

Las tropas Francesas procedentes de Barcelona pasaron por el Roselkón, Cerdaña y Conflent cometiendo toda clase de desmanes y dedicándose al pillaje. A principios de 1653 la Corte de París dispuso una campaña tendente a consolidar las posiciones conservadas en el Rosellón, a reconquistar Conflent, Vallespir, Capsular y Cerdaña, y a atacar nuevamente el resto de Cataluña. En febrero de 1653 fue enviado a Rosellón el Mariscal de Launay con la misión de organizar la defensa de la plaza de Perpiñan y la fortaleza de Rosas. Al mismo tiempo se inició una política de captación de emigrantes catalanes, Fue nombrado Gobernador el Dr. Segarra y Virrey el Conde d´Hocquincourt, con instrucciones de restablecer la Diputación y la Real Audiencia. Fueron añagazas para atraerse a los catalanes y disimular la feroz represión de la oposición a Francia. Durante los últimos meses de 1652 y primeros de 1653, las familias más prestigiosas que aún quedaban en el Rosellón pasaron a la Cataluña española, así corno muchos sacerdotes y religiosos. Unos huían de la indisciplina y el pillaje de los soldados franceses; otros del terror impuesto por el Gobernador Segarra y demás catalanes francófilos. El historiador Henry dice a este propósito: “Los rosellonenses eran catalanes desde hacía demasiados siglos paro no hacer causa común con su pueblo, para no compartir su antipatía contra los franceses. Viendo al Principado libre de quienes consideraban sus opresores, amaron de liberarse también de ellos y reclamaron la ayuda de sus compatriotas. Unos delegados enviados al Marqués de Hurtara, Virrey de Cataluña, le: aseguraron que los franceses eran muy débiles en el Rosellón, y que el país esperaba tan sólo su presencia para sublevarse de Francia”. (…)


El tratado de los Pirineos


(…) Así pues, a pesar de las protestas de Felipe IV. se firmó la paz de Westfaliana (1648), dejando de lado a España, que tuvo que proseguir su guerra con Francia. Poco tiempo después se iniciaron contactos diplomáticos entre ambos gobiernos, en los que los franceses expusieron invariablemente sus pretensiones de incorporarse Flandes, Artrosis, Franco-Condado y Rosellón (hasta Rosas), propuestas inaceptables para España, Así pasaron los años, hasta que, en 1658 agotada España tras la derrota en la batalla de las Dunas, el gobierno español decidió entablar conversaciones de paz, Antonio Pimentel fue enviado a Francia como plenipotenciario. El 8 de mayo de 1659 se firmaba en París el armisticio. El 4 de junio Pimentel y Mazarino firmaron el tratado preliminar de paz. Se estipulaba "la cesión a Francia de los Condados del Rosellón, Artois, parle de Luxemburgo y algunas plazas de Flandes. Al mismo tiempo se concertaba el matrimonio de María Teresa, hija de Felipe IV, con Luis XIV; la infanta llevaría una dote de 500.000 escudos y renunciaba a sus derechos a la sucesión española. La Conferencia de Paz propiamente dicha, tuvo lugar en la Isla de los Faisanes (islote situado en el río Habidas), inaugurada d 13 de agosto de 1659. El 7 de noviembre los respectivos jefes de gobierno, Luis Menéndez de Haro, por España y el Cardenal Mazarino por Francia, firmaron el Tratado de los Pirineos, sustancialmente en parecidos términos al provisional firmado en París el 8 de mayo por el Embajador Pimentel.


Quedo convenido en el tratado “que los montes Pirineos, que comúnmente han sido siempre tenidos por división de Hispania v la Galia de aquí en adelante también la división...»,


Como consecuencia de esta definición se adjudicaba a Francia (en el Tratado) el Condado de Rosellón. En cuanto al Conflent y a la Cerdaña, se estipulaba que aquél sería para el Rey francés y esta para el español: pero si hubiere en el Conflent lugares dentro de los Montes Pirineos en la parte de España, quedarían para España y si hubiera en la Cerdaña lugares que estuvieran en dichos montes, en la parte de Francia, permanecerían franceses. Es decir, corno hace notar Soldevilla, «que había que determinar cuáles eran los Montes Pirineos... que aquellos límites que siempre, y comúnmente, habían sido tenidos por los límites de España y la Galia, no se sabia cuales eran: había que establecerlos».


Para establecer dichos límites se nombro una comisión formada, por parle española por Miguel Salvá de Vallgornicra, lugarteniente del «Maestre Racional» de la Corona de Aragón, y José Romea de Ferrer, miembro de la Real Audiencia de Cataluña. Por parte francesa fueron nombrados Pedro de Marca, obispo de Tolosa y Jacinto Se­rrón , Obispo de Orange. La Comisión se reunió en Ceret (22 de marzo de 1660), Las exageradas pretensiones francesas indignaron a los comisionados españoles; pretendía Francia que pasaran a su soberanía la comarca pirenaica oriental hasta Rosas, toda la Cerdarña, Seo de Urgel con toda su comarca y el Valle de Ribas. A mediados de abril se suspendió la conferencia sin acuerdo alguno.


Ante la amenaza de ruptura del Tratado se reanudaron las conversaciones sobre límites, esta vez en Hendaya, entre el propio Luís de Haro, primer ministro español y el plenipotenciario francés Hughes de Dionne (mayo 1660). Las discusiones fueron violentísimas y, finalmente aflojó Luis de Haro y el 28 de mayo se conformó con ceder a Francia el valle del Carol, la fortaleza Cerdaña y 33 pueblos situados en el valle oriental de la Cerdaña. Como Llivia tenía el título de villa se opuso a su incorporación a Francia. El 31 de mayo de 1660 se firmaba la declaración aclaratoria del articulo 42 del Tratado de los Pirineos, por el que se incorporaban a Francia los antiguos condados del Rosellón, Conflent, Vallespir, y parte de la Cerdaña. Así se pisoteaban 800 años de historia y se consumaba la mutilación de Cataluña.

Resistencia de los catalanes a incorporarse a Francia


Durante los años de la Revolución en que Cataluña fue ocupada por los franceses, los catalanes tuvieron ocasión de comprobar que la opresión francesa era mucho peor que la española. A excepción de unos cuantos catalanes afrancesados (Margarit, Fontanella, Ardena, Scgarra, Aux y unos pocos centenares de seguidores [unos 700] la gran mayoría del pueblo catalán era antifrancesa.


Parte de culpa en la amputación de Cataluña la tenían los propios catalanes que se habían dejado conducir por los representantes de la oligarquía extremista. “Como a menudo acontece, los exaltados que "propugnaban... una Cataluña francesa hicieron más daño que beneficio a la causa patriótica». “En elogio de los peloponenses hay que decir que en aquella hora dramática, los franceses no hallaron entre ellos abolicionistas, a excepción del doctor Trobat. Los que hicieron el juego a aquella política de amputación de Cataluña y de anulación de nuestras instituciones fueron un grupo de catalanes exiliados no rosellonenses los cuales, de acuerdo con sus conveniencias exclusivamente personales, renegaron de su patria natural y cooperaron eficazmente a la imposición del régimen francés». Poro el pueblo no se dejo engañar: «El Rosellón era un país ocupado por el enemigo y, para sus habitantes, la patria estaba del otro lado de los Pirineos; era pues para ellos un deber de nacionalidad intentar romper el yugo francés».


Los catalanes tenían mal recuerdo de los franceses desde hacía siglos. A raíz de los sucesos de 1640 los inexpertos dirigentes catalanes entraron en contacto con el gobierno francés al que pidieron ayuda militar. «La petición fue muy bien recibida por Richelieu, que vio la posibilidad de crear un frente dentro de la misma España y, así, poder ocupar el Rosellón. Después de largas conversaciones entre los representantes de Cataluña y Francia durante el verano y otoño de 1640, se llegó al acuerdo de hacer entrar en nuestro país soldados franceses, previo el compromiso de París de no comenzar la conquista de las plazas del Rosellón sin convenirlo antes con los representantes de Cataluña, y de poner gobernadores catalanes en las que fuesen. conquistadas, Los catalanes, faltos de experiencia política, creyeron de "buena fe que se respetarían aquellos compromisos; no previeron que pronto no serían otra cosa que papel mojado».


(…) La resistencia de los rosellonenses a la ocupación empezó ya en sus inicios. Así los cónsules (concejales) de Estalla escribieron a la Diputación el 20 de abril de 1641: «Por estar vejados de los franceses con capturas de personas y de ganado, se ha determinado dar aviso a V.S. para que ordenen el modo de comportarnos». En meses suce­sivos se fueron recibiendo en la Diputación quejas parecidas quejas de una mayoría de pueblos, a las que se unió la de Perpiñán en octubre de 1642. Era la segunda edición del problema de los alojamientos de tropas. Por esa razón Perpiñán quedó casi despoblada. Como la Diputación no resolvía nada para aminorar las desdichas de la población, los Cónsules de Perpiñán se dirigieron directamente a París pidiendo “quedar aliviados de los alojamientos y reparados de los muchos daños que nos hacen los soldados» (carta de 19 de diciembre de 1643). Al problema de los alojamientos de tropas y desmanes de la solda­desca se unió la falla total de respeto hacia las famosas constituciones catalanas. Los franceses se negaron a pagar los «derechos del General» por mercancías provenientes de Francia. En el segundo semestre de 1645 se descubrió en Barcelona un complot contra Francia por lo que el Virrey francés efectuó una violentísima represión que afectó incluso a altos funcionarios y al propio presidente de la Diputación que fue llevado al Rosellón y encerrado en el castillo de Salses (enero de 1646).


A medida que pasaban los años empeoraban las relaciones de los catalanes del Rosellón con los franceses. Hasta el punto que Francisco de Sagarra, gobernador títere del Rosellón, escribía a Mazarino en el otoño de 1652 diciéndole que contaría “lo que pasa en este país para ver si se puede poner remedio a tantos males y desdichas”. Se refiere a las tropas de Ples sis-Bellieure, “las cuales ojalá no hubieran entrado nunca en este país porque ellas lo han reducido todo a la desesperación en todos los pueblos y ciudades por donde han pasado, VM no sabría imaginar ningún acto de hostilidad que los enemigos puedan cometer, que estas tropas no los hayan también cometido».


En 1656 (abril) los Canónigos de la Seo de Urgel, tan amigos de Francia, enviaron un memorial al Cardenal Mazarino denunciando las brutalidades de los soldados franceses.


Consecuencias políticas del Tratado de los Pirineos

Luis XIII, como Conde de Barcelona, había jurado defender y mantener las constituciones, instituciones y privilegios catalanes. Su sucesor Luis XIV había contraído parecido compromiso. Aún era reciente (invierno de 1659) la promesa del rey de mantener las institu­ciones, privilegios v libertades de los Condados que iban a incorporarse a Francia.

Todo era falso. Fresca aun la tinta de la firma del tratado de los Pirineos se dio a conocer el Edicto firmado por Luis XIV en San Juan de Luz en junio de 1660, por el que se ordenaba la supresión del Consejo Real de Cataluña, la Diputación y todas las demás instituciones catalanas, pasando los condados catalanes incorporados a Francia a regirse por las leyes generales del país. Por las mismas fechas se publicaban otros decretos de “perdón y abolición a favor de las tropas que hayan cometido excesos y desórdenes durante la guerra”. Así se restablecía la paz, pero no la justicia.

En julio de 1660 se establecía la obligación, para toda persona de categoría social o patrimonial de prestar juramento de fidelidad al rey de Francia. Se inició pronto la reconstrucción de las fortalezas de la región y se enviaron regimientos franceses para ocupar militar-mente el territorio. En 1662 se dictaron severas órdenes de control de reuniones de la gente de Perpiñan y de las comarcas rurales.

Política de afrancesamiento

En sustitución de las antiguas instituciones catalanas los franceses crearon el “Consejo del Rosellón”, llamado pomposamente “Consejo Soberano”, que en manos de catalanes exiliados y de rosellonenses pro franceses, actuaba a las órdenes del gobernador francés. Todo lo anterior fue barrido porque,, decía Luis XIV en el decreto “he resuelto establecer en los Condados y Veguerías del Rosellón y Conflent y países adjuntos... el mismo orden y la misma forma de justicia y de gobierno que existían en las otras provincias de nuestro reino”.

La administración francesa se implantó en 1663. Por decreto de 2 de abril de 1670 Luis XIV prohibía el uso oficial del catalán por ser “contrario a mi autoridad y al honor de la nación francesa”. Se ordenaba que los procesos judiciales, sentencias, contratos, etc. se redactaran en francés, idioma que desconocía la casi totalidad del pueblo. La Universidad de Perpiñán fue confiada a miembros franceses de la Compañía de Jesús (1661), Se exigió el juramento de «ser bueno v fiel vasallo de Luis XIV» (1660).

La acción de afrancesamiento siguió en marcha. Siguieron las fuerzas militares como en país conquistado.

Vicente Margarit (hermano del aristócrata gerundense gobernador general de Cataluña pro-francés, fue nombrado Obispo de Perpiñán (1654-I672). Desde entonces (1672) ningún Obispo de Perpiñán ha sido catalán.

A pesar de ello, el afrancesamiento de los catalanes del Rosellón no fue nada fácil. Mucho tiempo después de su incorporación a Francia el Intendente del Rollona escribía: «El pueblo de! Rosellón se llama y se siente catalán, y consideraría el nombre de francés o de catalán francés como una degradación o una injuria.

(Del libro: “OTRA HISTORIA DE CATALUÑA”. Marcelo Capdeferro)

jueves, 20 de julio de 2017

Dos líneas en el nacionalismo.

La histórica ceguera del movimiento obrero y de la izquierda en nuestro país le ha llevado permanentemente a no valorar a las fuerzas políticas y de clase de acuerdo con la posición que adoptan ante el enemigo principal:el imperialismo.

Debido a ello, la izquierda no ha sabido distinguir la doble tendencia que existe en el nacionalismo. No ha sabido diferenciar las líneas pequeño burguesas, progresistas, populares e incluso revolucionarias, de las que se esconden detrás de otros sectores con un carácter profundamente reaccionario y proimperialista.

Las consecuencias de no trazar con claridad esta línea de demarcación ha sido la de desarmar, confundir y extraviar a amplios sectores populares.


Las peculiaridades de nuestro desarrollo histórico como país y los rasgos principales de la formación social española han determinado que España haya podido mantener su carácter de nación plural.
En el resto de países europeos -primero con las monarquías absolutas y especialmente al imponerse el dominio de clase de la burguesía- el  Estado “uniformizó” a la población, eliminando prácticamente cualquier vestigio de lenguas, costumbres o la personalidad política, social y cultural propia de sus distintas partes.
Por el contrario, en España la formación de un Estado nacional se hizo compatible con la existencia de distintas lenguas y culturas, con el mantenimiento de una fuerte personalidad diferenciada de las nacionalidades y regiones coexistiendo en un todo común.

Tres factores objetivos, de lucha de clases, explican esta aparente anomalía:
1º.- Fruto de su carácter dependiente y la intervención exterior a que ha ido sometida desde sus mismos orígenes, la oligarquía española ha sido incapaz de encabezar su propia revolución burguesa, que permitiera encuadrar y unificar a toda la nación bajo su dominio.
2º.- Ha existido históricamente un arraigado sentimiento popular en las nacionalidades, interclasista e integrador, de preservar, defender y desarrollar su lengua, cultura, usos y costumbres, instituciones de autogobierno… frente a los persistentes intentos de las clases dominantes por hacerlos desaparecer.
3º.- Tras la constitución de la moderna clase dominante española en el último tercio del siglo XIX, a raíz de la fusión entre la alta burguesía bancaria y comercial con la aristocracia terrateniente, la pequeña y mediana burguesía –que estaban especialmente desarrolladas en Cataluña y Euskadi, los territorios más ricos y dinámicos- quedaron fuera de este nuevo  poder que pasó a dominar de forma exclusiva el Estado. Serán estas burguesías las que, para afianzar su posición en el mercado regional frente a la voracidad monopolista del gran capital financiero, levantarán la bandera del nacionalismo o del regionalismo político (apoyándose en los sentimientos populares de defensa de lo que les es propio), como medio para dotarse de la fuerza y el apoyo de masas necesarios para ello.

Sobre estos factores internos va a actuar la intervención exterior de las principales potencias imperialistas azuzando los ataques contra la unidad. Este es el aspecto principal de que sea necesario distinguir desde sus orígenes las dos tendencias, las dos líneas y las dos naturalezas que surgen en el nacionalismo.
Por un lado, un nacionalismo dominantemente pequeño burgués, al que podríamos catalogar como iberista, defensor de preservar la diferenciación de cada una de las partes, pero manteniendo y reforzando al mismo tiempo la unidad de España en un régimen de tipo federal o confederal. Y que se une a las reivindicaciones y anhelos del conjunto del pueblo español.
Por otro lado, un nacionalismo (cuyo principal exponente sería la línea dominante en el PNV, pero que también está presente en el nacionalismo catalán) orgánicamente vinculado a potencias extranjeras, esencialmente reaccionario y retrógrado, del cual han partido todos los proyectos independentistas, y que históricamente ha actuado como un verdadero aparato de intervención del imperialismo en nuestro país.

Históricamente, los  nacionalismos iberistas (en los que podríamos englobar al catalanismo, el galleguismo o el andalucismo)  por su mismo carácter de clase mediano y pequeño-burgués y por su programa de lucha, han tendido a ser fuerzas más o menos radicalmente antioligárquicas y antimonopolistas. Lo que en numerosas ocasiones en nuestra historia les han llevado, además, a enfrentarse con los proyectos imperialistas de dominio sobre nuestro país. Constituyendo, a pesar de sus errores y vacilaciones, fuerzas en lo principal progresistas.

El fomento y la revitalización de la lengua y las expresiones culturales propias (movimiento conocido como la “Renaixença”, el renacimiento) son el vehículo que utilizará la burguesía catalana a partir de 1830, como plataforma desde la que construir, en una siguiente etapa, un movimiento político nacionalista.  Con las Bases de Manresa –documento presentado como proyecto para una ponencia ante el consejo de representantes de las asociaciones catalanistas en 1892– este movimiento de regeneración cultural da el salto al nacionalismo político uniendo a sus tradicionales reivindicaciones culturales la exigencia del autogobierno y la autonomía política.
Dirigido en su etapa inicial por los sectores de una alta burguesía no oligárquica, este sector de clase, representado por la Lliga Regionalista de Francesc Cambó, participara en diferentes gobiernos en Madrid, e impulsará un “nacionalismo económico español” como forma de proteger sus intereses y negocios frente a las amenazas del capital extranjero.
Con la llegada de la IIª República, una pequeña burguesía extremadamente radicalizada en torno a la cuestión nacional –pero también en lo político y lo social– se convertirá en la fuerza hegemónica y dirigente dentro de las fuerzas nacionalistas catalanas.
Con la ERC de Macià y, posteriormente de Companys, el nacionalismo catalán –pero también el galleguismo de Castelao o la ORGA y el andalucismo de Blas Infante– se convertirán en fuerzas activas y de primer orden en la lucha contra la reacción y el fascismo, la defensa de la legalidad republicana y la resistencia contra la intervención nazi-fascista.

Políticamente situadas en la izquierda y socialmente avanzadas y progresistas, este tipo de nacionalismo iberista -que siguen Macià en 1931 al proclamar “la República catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica”,  o Companys en 1934 decretando “el Estat Català dentro de la “República federal española”- continúan la tradición federal o confederal defendida durante la Iª República y que toma cuerpo en los movimientos nacionalistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Una concepción de España que, paradójica mente, enlaza de algún modo –salvando el tiempo y las distancias– con el proyecto a través del cual los Reyes Católicos dieron forma a la unidad política de España. Una especie de “monarquía confederal”, que hundía sus raíces en las tradiciones políticas de la Corona de Aragón. Es decir, una idea de España en la que, por encima incluso de las estructuras jurídico-políticas, es la existencia de un proyecto unificado y la defensa de unos intereses comunes, así como una inquebrantable lealtad y una firme voluntad de cooperación lo que fortalece y da cohesión a los lazos de unidad. Y que por lo tanto, permite que cada una de las partes que componen ese todo pueda gozar de la máxima autonomía en la gobernación de sus asuntos particulares, sin que ello afecte en lo más mínimo la unidad, sino que al contrario la refuerce.
Esta es la línea dominante en el nacionalismo catalán, que van a defender los sucesivos presidentes de la Generalitat tras Companys, desde Josep Arla, nacido en una familia obrera de republicanos federales, o Josep Tarradellas, que acababa todos sus discursos gritando “Visca Catalunya y Viva España”.

A esta tradición iberista pertenecen también  Castelao o Casares Quiroga en Galicia y Blas Infante en Andalucía, pero también el escritor Lobo Antunes y el premio Nobel José Saramago en Portugal, defendiendo la unidad ibérica.

Sólo desde este carácter es posible entender cómo, por ejemplo, en la década de los 70  pudo darse un trasvase fluido de cuadros dirigentes entre el PSUC y ERC, entre ellos, el ex-diputado de ERC y gran amigo del Partido Francesc Vicens, cuya posición profundamente antiimperialista y patriótica no era para nada incompatible con el programa iberista y confederalizante de la ERC de entonces.

Enfrentado a la concepción iberista tradicional en las fuerzas nacionalistas, otros sectores -especialmente el hegemónico en el PNV y algunas posiciones presentes en el nacionalismo catalán- no han dudado en alinearse con las potencias imperialistas más fuertes y agresivas (Inglaterra, Alemania o EEUU), poniéndose a su servicio incondicionalmente. Es precisamente esta carácter proimperialista el que le otorga los rasgos particularmente reaccionarios que los caracterizan.

  • Desde su mismo nacimiento el nacionalismo vasco va a estar al servicio de los intereses de una alta burguesía comercial vizcaína, frente a una oligarquía española en la que está integrada la gran burguesía minera y metalúrgica vasca de la que han quedado excluidos, y contra la creciente amenaza de un proletariado cada vez más numeroso, organizado y consciente.
Va a integrar en su pensamiento tanto los valores del tradicionalismo conservador más retrógrado y rancio como el integrismo católico más reaccionario, convirtiéndose en el nuevo instrumento para perpetuar el poder caciquil y eclesiástico en el mundo rural.

Contra el movimiento obrero, cuya principal base social lo constituyen las oleadas de trabajadores llegados del resto de España a las minas y la siderurgia, Sabino Arana introduce en el discurso nacionalista un pensamiento profundamente racista, xenófobo y etnicista, haciendo a los “maketos” (término que él mismo inventa) responsables de todos los males de Euskadi. Esta xenofobia y el racismo extremos del fundador del nacionalismo vasco Sabino Arana, se concentran y adquieren su máxima expresión en el odio a todo lo español, que llega a convertirse en uno de los pilares de su obra.

Pero el aspecto principal de este sector hegemónico en el PNV está concentrado en las palabras de Sabino Arana en junio de 1901: “Dice la prensa que por esa (aludiendo a San Sebastián) banquetea un coronel inglés propalando la especie de una posible alianza de Inglaterra con Francia, cuyo resultado sería la desmembración de España… Si el tal que así se expresa existe y no es un quidam, nos conviene aprovecharnos de la ocasión: porque con esa alianza es muy probable nuestra libertad; y sin ella, imposible nuestra salvación”.

Desde sus orígenes, el PNV adquiere un carácter marcadamente proimperialista, su línea dirigente buscará aprovechar las contradicciones entre los imperialismos con intereses de dominio sobre España o entre éstos y la clase dominante española para tratar de hacer avanzar su apuesta radical por la independencia. Todo vale para imponer su dominio sobre Euskadi. Y en tanto que su fuerza económica, social y política es incomparablemente menor que la de su oponente oligárquico, no dudará en ofrecer su territorio y su pueblo al servicio de las potencias imperialistas más fuertes de cada momento, interesadas en fomentar fuerzas centrífugas para debilitar a España y dominarla más fácilmente.
Sabino Arana se ofrecerá permanentemente a Inglaterra, buscando en Londres (o en París) la fuerza necesaria para desmembrar España. Aguirre, primer lendakari de la autonomía vasca, se dirigirá a Hitler, en  plena guerra mundial, para buscar su apoyo a la independencia vasca. Al no conseguirlo organizará una red de espionaje a través de las casas regionales vascas en Iberoamérica que pondrá al servicio de la CIA. Delatando a comunistas, socialistas, anarquistas o patriotas antiyanquis a fin de hacer méritos ante el hegemonismo y buscar su apoyo para la causa de la independencia vasca. Arzallus buscará en la burguesía alemana y su proyecto de la “Europa de los pueblos” el sostén para llevare adelante la independencia de Euskadi “al estilo de Lituania”.

  • También en el seno del nacionalismo catalán, junto a los sectores dominantes de tradición iberista, coexisten otros que sirvieron objetivamente a la vieja ambición de las  potencias imperialistas para enfrentar, debilitar y dividir a nuestro país.
En el seno de ERC -más que un partido, un movimiento que agrupaba a sectores muy diferentes- van a convivir junto a Companys elementos extremadamente reaccionarios y proimperialistas como Josep Dencàs, ministro del Interior de Companys, quien trató de organizar un golpe de Estado para proclamar la independencia de Cataluña aprovechando la huelga general revolucionaria de octubre de 1934 contra la entrada de la CEDA en el gobierno o Pi i Sunyer, que fue a ofrecer los servicios de la Generalitat en el exilio a Churchill a cambio de que los aliados, tras la victoria, reconocieran a Cataluña como una nación independiente dentro de la Europa federal.
                       
Este desarrollo histórico del nacionalismo hay que leerlo hoy a la luz de la intervención hegemonista y del desarrollo de nuestro país en los últimos 40 años. Donde se entrecruzan dos fenómenos:
    *El impulso a la disgregación en Europa que ha acompañado a la nueva emergencia de Alemania como centro de poder europeo.
    *Y el nacimiento, al calor del desarrollo del Estado autonómico, de nuevas castas político-burocráticas que se han adueñado tanto de las instituciones de autogobierno como de las fuerzas nacionalistas periféricas, cambiando la naturaleza y el contenido que históricamente han tenido y convirtiéndolas en uno de los principales medios para la intervención hegemonista sobre nuestro país.

¿Cómo es posible que en España, que se ha convertido en uno de los países más descentralizados del mundo, donde las nacionalidades disfrutan de un mayor reconocimiento a sus particularidades y los gobiernos locales concentran más poder y tienen más autonomía, no solo no se hayan amortiguado los conflictos en la articulación nacional, sino que en los últimos 20 años hemos asistido, primero en Euskadi y ahora en Cataluña, a dos abiertos desafíos secesionistas?

Para comprender esta aparente paradoja, debemos partir no solo del desarrollo histórico de la cuestión nacional, sino también de dos fenómenos que están determinando la vida del país.

1.- El dominio alemán y la “Europa de los Pueblos”
La desaparición de la URSS como superpotencia hegemonista y la reunificación alemana provocan un cambio estructural en la jerarquía de la cadena imperialista, convirtiendo a Berlín en el nuevo centro de poder emergente en Europa.
La burguesía monopolista alemana, ante el declive estratégico norteamericano, ve la oportunidad –y se lanza a por ella– de avanzar en sus objetivos de dominio sobre Europa. Su plan no es otro que el viejo proyecto hitleriano de la “Europa de los pueblos”, una reconversión del continente europeo que implica su reorganización territorial, la disolución y recombinación de sus estructuras administrativas y sistemas estatales, el desmembramiento de los antiguos Estados-nación y su transformación en pequeñas unidades productivas “naturales” (es decir, homogéneas por razones étnicas, raciales, históricas o lingüísticas) que giren en torno a la locomotora- tanque germana. Para cuestionar los límites de los Estados actuales, fragmentándolos, se utiliza en unos casos la diversidad étnica o lingüística, las disputas históricas o las rencillas territoriales; en otros los conflictos económicos de las regiones más ricas, pero en todos los casos la tendencia inexorable es a la desmembración de los actuales Estados y la integración de las nuevas comunidades en las superestructuras europeas en las que Alemania ya se ha asegurado la hegemonía.
Este proyecto adquiere su cara más sangrienta en la fragmentación de Yugoslavia, pero también una versión “suave”, una “disgregación plácida”, en Checoslovaquia.
A través de organismos oficiales de la UE -como la “Europa de las regiones”- o de una extensa red política, social y cultural que emana del Estado alemán y se ha extendido por todo el continente -lo que hemos denominado la “bundestelaraña”-, se ha extendido el virus de la disgregación en Europa desde hace casi tres décadas.

A pesar de que las diferentes coyunturas lo pongan en primer plano o lo aminoren, la utilización de la fragmentación como arma es una política estratégica de la burguesía alemana para imponer su dominio sobre Europa.
Por su parte, EEUU no ha renunciado en ningún momento a utilizar la carta de la disgregación a su servicio. Convirtiendo el nuevo Estado de Kosovo en una gigantesca base del Pentágono, y respaldando o creando movimientos independentistas en las ex repúblicas soviéticas.

2.- La formación de las burguesías burocráticas regionales.

Este impulso “desde fuera” a la fragmentación ha actuado sobre determinaciones internas.
Tras la aprobación de la Constitución de 1978 se inició un amplio proceso de descentralización política como alternativa para resolver los problemas de distribución territorial del poder, así como el complicado encaje de las nacionalidades históricas, un tema desde siempre conflictivo en la historia de España. El Título VIII de la Constitución se tradujo en un nuevo diseño de organización territorial, caracterizado básicamente por la aparición de las Comunidades Autónomas, las cuales han supuesto un verdadero reparto del poder político que ha tenido enorme incidencia en todas las estructuras del país.
Los éxitos en la construcción del Estado autonómico, que hoy nadie discute, no pueden ocultar los errores y excesos cometidos, y las graves consecuencias que comportan.

Desde su creación y generalización, Gobiernos y parlamentos autonómicos han ido construyendo en todo esto este tiempo una espesa e intrincada trama de poder, en el que ambos aspectos –poder político y capacidad financiera y presupuestaria– se han ido alimentando mutuamente en una carrera que parece no tener fin. Cuantos más recursos poseen los gobiernos autonómicos, más crecen las estructuras burocrático-administrativas de que disponen. Y viceversa. Cuanto más se extienden estas estructuras de poder local, más recursos presupuestarios necesitan arrebatar al Estado para sostenerlas y ampliarlas.

Este modelo de descentralización política y administrativa ha dado como resultado la aparición y emergencia de una nueva clase social: unas burguesías burocrático-administrativas regionales dotadas, en cada uno de los territorios que controlan, de un fuerte poder político, de unos ingentes recursos económicos y de una base social de apoyo formada por decenas de miles de personas cuyas condiciones materiales de vida y de trabajo dependen exclusivamente de que estos poderes taifales se mantengan y se amplíen.
Y que han creado -a través del reparto de subvenciones o las posibilidades que ofrece la cercanía al poder político- unas redes “clientelares” –enrocadas con los fundamentos históricos del caciquismo en España, pero con formas remozadas– que se extienden al terreno de las instituciones políticas y sociales, de la economía regional, de los medios de comunicación, del claustrofóbico mundo cultural,...

Mientras el dominio del hegemonismo y el imperialismo se concentra (el de la superpotencia norteamericana en todo el mundo, el de una UE crecientemente hegemonizada por Alemania) en España el desarrollo del Estado de las Autonomías ha desembocado en la existencia de 17 marcos para-estatales donde medran y se hacen fuertes estas nuevas burguesías. Ofreciendo un vehículo a través de cual el hegemonismo puede multiplicar su capacidad de intervención interna e influencia en España.

La emergencia de estas burguesías burocráticas regionales prohegemonistas, el poder que han alcanzado en la administración autonómica y el control que ejercen sobre buena parte de los partidos nacionalistas es lo que ha hecho que, en la actualidad, algunas de esas fuerzas que en su origen fueron las fuerzas que representaban a los nacionalismos iberistas hayan dado un giro de 180º en su carácter y naturaleza, pasando a ser fuerzas abiertamente prohegemonistas y uno de los vehículos principales de la intervención imperialista en España en nuestros días.

El ejemplo más claro es el nacionalismo catalán. La entrega del gobierno a Jordi Pujol en 1980, a pesar de que existía la posibilidad de formar un gobierno de izquierdas, quiebra la continuidad con la línea que representaban Companys o Tarradellas. Pujol prohibió a éste último finalizar en el nuevo Parlament catalán su discurso con su tradicional “Visca Espanya”.



Las peculiares condiciones de Cataluña han permitido que sea allí donde mayor poder ha alcanzado una auténtica burguesía burocrática, que debe sus ganancias no a su dinamismo y competitividad, sino a la gestión y saqueo de los fondos públicos. Y que ha utilizado el enorme aparato de la Generalitat para fortalecer su dominio económico, político, social, cultural... sobre la población de Cataluña.
Esta nueva burguesía burocrática ya no se corresponde con la tradicional burguesía catalana, contraria a la independencia, en sus capas más altas porque se ha incrustado en la oligarquía española, en su extensa red de pequeñas y medianas empresas porque sus negocios siguen dependiendo, a pesar de la globalización, del mercado español.
Conforme aumenta su poder esta nueva casta, se agudizan los rasgos más reaccionarios -que nunca habían sido dominantes en el nacionalismo catalán-: la difusión del odio a España, la siembra de un racismo de clase hacia los “charnegos”, los trabajadores venidos de otras partes de España, o la nueva clase obrera inmigrante, la sumisión al catolicismo más conservador, el recurso estructural a la corrupción...
Los sucesivos gobiernos catalanes desde la transición han sido alumnos aventajados en aprovechar las nuevas condiciones internacionales para fortalecer sus relaciones con el nuevo centro de poder europeo. A través de instituciones como la “Europa de las regiones”, o estableciendo por parte de los núcleos dirigentes de la ex Convergencia una relación privilegiada con la CSU, representantes de la “fracción bávara” de la burguesía alemana.

Ha sido la degradación política de España provocada por el proyecto hegemonista de saqueo e intervención impuesto desde Washington a partir de 2010 -y no “las consecuencias de la crisis” o la reacción ante la revocación del nuevo Estatut por parte del Tribunal Constitucional- lo que ha creado las condiciones aprovechadas por los sectores de la burguesía burocrática catalana nucleados en torno a Mas y Puigdemont para atacar la unidad. 



martes, 18 de julio de 2017

La Guerra de Secesión. Factores externos e influencias externas en el origen de los nacionalismos.

Vamos a hacer un brevísimo recorrido por los principales acontecimientos de los siglos XVII, XVIII y XIX en los que España, no sólo perderá uno tras otro los territorios conquistados, sino que se pondrá en cuestión la unidad peninsular.

·        Desde mediados del siglo XVII, España pasa de ser la potencia hegemónica en Europa a convertirse en terreno de intervención por parte de las grandes potencias.
·        El azuzamiento y respaldo a la desmembración –no ya del vasto imperio, sino también de la misma unidad peninsular– se convierte en uno de los privilegiados instrumentos de dominio e intervención sobre España.
·        Francia es, en este periodo, el origen y sostén de todos los movimientos disgregadores, provocando en 1640 la secesión de Cataluña y Portugal.
·        Durante todo el siglo XVIII, España constituye un virreinato francés de facto, donde los embajadores, emisarios o colaboradores galos hacen y deshacen a su antojo. Este hecho hará desaparecer durante esta centuria las tensiones fragmentadoras. Cuando París necesitó cuestionar la unidad española –aunque durante el periodo de los Austrias, los diferentes territorios disfrutaban de una amplísima autonomía-, las turbulencias secesionistas hicieron su aparición. Por el contrario, cuando España permaneció férreamente alineada bajo dominio galo, el fantasma de la disgregación desapareció, pese a que el centralismo borbónico suprimió los fueros y libertades locales.
·        Durante el siglo XIX la intervención de Inglaterra será el factor decisivo que librará a España de la desintegración como país. Mientras Francia va a potenciar por diferentes vías la fragmentación, Inglaterra dedicará sus energías a desmembrar el Imperio americano, pero actuará en los hechos como una fuerza de contención para impedir que Francia se adueñe de España. Esto se pondrá claramente de manifiesto en las diferentes posiciones que adoptan ante el carlismo, París azuzará su pervivencia y extensión, mientras Londres intervendrá para cerrar una herida que sólo contribuye al incremento de la influencia gala.

Los principales acontecimientos por orden cronológico son:

I.- 1640: Guerra de Secesión. Francia impulsa la independencia de Cataluña y Portugal.
La intervención francesa provoca la fragmentación peninsular, impulsando la independencia de Cataluña y Portugal, que no sólo debilitará España hasta el punto de transformarla, en un brevísimo lapso de tiempo, en una mera colonia de las grandes potencias, sino que acarreará nefastas consecuencias para los territorios empujados hacia las aventuras secesionistas.
Cataluña huirá espantada de la ocupación francesa, que provoca un unánime rechazo popular, no sin antes sufrir la amputación de casi un tercio de su territorio, incorporado a Francia. Y Portugal iniciará su andadura formalmente independiente satelizada por la voracidad inglesa.

II.- 1701-1713. Guerra de Sucesión. Francia e Inglaterra se disputan el dominio de España.
Frente a la propaganda independentista que nos la presenta como “una guerra entre Cataluña y España”, la Guerra de Sucesión fue un conflicto donde Inglaterra y Francia se disputan militarmente el dominio de España.
Inglaterra se apoyará en el fomento del arraigado apego de los territorios de la Corona de Aragón a sus privilegios y libertades locales para intervenir en España. Promete protección a Cataluña para conservar su autonomía, pero traiciona después todos sus compromisos en una negociación con París de la que se excluye tanto a Madrid como a Barcelona. Con el Tratado de Utretch, que dará fin a la guerra, Inglaterra obtendrá las plazas de Menorca y Gibraltar, entre otras.

III.- 1808-1814. Guerra de la Independencia. Los proyectos de Napoleón para fragmentar España.
Para incorporar a España como una colonia del imperio francés, Napoleón proyecta la anexión del territorio español al norte del Ebro, dinamitando el resto en tres virreinatos ocupados por monarcas títeres.
Fruto de esta política, y como ejemplo a trasladar al resto de España, París consumará en 1812 la anexión en los hechos de Cataluña, sólo deshecha con la expulsión de las tropas napoleónicas.
Mientras el pueblo español, de forma especialmente combativa en Cataluña, se levanta contra el invasor francés, Napoleón empuña la fragmentación como medio para eternizar el dominio galo.

IV.- 1833-1876. La grieta carlista.
Aunque esté protagonizada por grandes propietarios rurales enfrentados al desarrollo capitalista que amenaza sus intereses y privilegios, es el respaldo político, militar y económico de París lo que provoca que el carlismo se convierta en un problema nacional, que sin tener nunca un carácter secesionista, incide sobre todo en Euskadi y Cataluña, constituyéndose en ambos territorios como parte del sustrato de los futuros nacionalismos.
El carlismo y sus efectos desestabilizadores permitirán a París disponer de un privilegiado, y muy lucrativo, instrumento de presión, injerencia y dominio.

NOTA: En escuelas anteriores hemos tratado la guerra de la independencia, el carlismo o incluso la guerra de sucesión, sin embargo, no hemos tenido ocasión de estudiar la guerra de secesión.
Hemos considerado de interés dedicar un paréntesis a este acontecimiento especialmente significativo. El único momento donde se consumó en los hechos la independencia de Cataluña. Su principal cabeza, Pau Claris, es definido en los círculos independentistas como “un presidente valiente que se posicionó al lado del pueblo frente a la monarquía hispánica”. Comprobemos en los hechos si esta afirmación es cierta o se trata de una burda e interesada tergiversación de la historia.

La Guerra de Secesión (1640 – 1652): desmembración de Cataluña y ruptura con Portugal.

·        Los antecedentes de la guerra de secesión están en el enfrentamiento larvado entre Cataluña y la Corona, agudizado por las necesidades de la política imperial y la falta de cintura táctica del Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV.
·        Pero la clave que desencadena la secesión es la intervención francesa a través de un minoritario pero muy activo partido profrancés, cultivado durante años por la diplomacia gala. La intervención de Francia, transformará la rebelión catalana en una aventura secesionista.
·        Se quiebra así la histórica corriente principal de desarrollo peninsular hacia la creación de una más amplia unidad política, culminada sólo sesenta años antes con la incorporación de Portugal a la corona española.

La relación entre Cataluña y la Corona se encona por la intervención del Conde-Duque Olivares, que encarna una política unificadora con la máxima Multa regna, sed una lex, «Muchos reinos, pero una ley», pretende repartir entre todos los territorios las necesidades de la política imperial (con múltiples frentes abiertos y una hacienda pública exhausta). Sus pretensiones de aumentar la contribución económica y aporte de tropas, no serán bien acogidos por las Cortes periféricas y especialmente las catalanas. En 1635 Luis XIII declara la guerra a Felipe IV. Olivares elige deliberadamente a Cataluña como frente para atacar a Francia por el sur y forzar así que Cataluña contribuyese a los esfuerzos militares. Una política suicida que encona las relaciones con las élites catalanas, y hace estallar la rebelión social.

En 1640 se produce la sublevación de Cataluña o “Guerra dels Segadora”. En el origen del conflicto está el descontento popular ante la hambruna, el saqueo y los atropellos protagonizados por las tropas españolas, formadas por mercenarios y desplegadas por el territorio catalán para combatir al francés.
Sobre esas contradicciones actuará la injerencia francesa, transformando una rebelión provocada por los excesos de Olivares que jamás habría derivado por su propia dinámica a una ruptura, en un abierto desafío secesionista.
Un minoritario grupo creado por la diplomacia francesa entre sectores de las élites dirigentes, aprovechará las dramáticas circunstancias de 1640 –enconamiento del conflicto con la Corona, amenaza militar francesa, rebelión campesina…- para dar un auténtico golpe de Estado interno.
Violentando la misma legalidad local, Pau Claris, canónigo de la Seo de Argel y presidente de la Diputación General de Cataluña, consigue forzar a las Cortes a aceptar el apoyo de Francia para levantarse contra España.
Entonces se materializa el pacto secreto que destacados miembros del partido profrancés habían acordado con París para asegurar la protección militar francesa en un levantamiento contra España.
Las tropas galas penetran en la península. Francia empujará entonces los acontecimientos. Richelieu insta a tres embajadores catalanes a proclamar una República separada de España, que Claris hace aceptar a los Brazos y el Consejo de Ciento. Para una semana después declararla inviable y colocar a Cataluña bajo obediencia francesa. Ese mismo día se proclama a Luis XIII como Conde de Barcelona, bajo el nombre de Luis I.
La valoración del enviado plenipotenciario de Luis XIII, y pariente de Richelieu, Du Plésis-Besançon, no deja lugar a dudas sobre la intervención francesa en la secesión catalana:“Se puede decir sin exageración que las consecuencias de este acontecimiento (la revuelta catalana) fueron tales que nuestros asuntos que en Flandes no iban nada bien y peor aún en el Piamonte, súbitamente empezaron a prosperar por todas partes, incluso en Alemania, pues las fuerzas de nuestros enemigos, contenidas dentro de su país, quedaban reducidas a debilidad en todos los demás teatros de la guerra”.

La histórica política francesa hacia España aparece ya definida en 1640: mantener a España enredada en sus provocados desgarros internos, azuzar la fragmentación para someterla, en todo o en parte, a vasallaje.
Al calor de la secesión catalana, los círculos de la nobleza lusa en torno al Duque de Braganza –la familia real portuguesa- reciben el apoyo de Richelieu para hacer realidad sus ambiciones independentistas. En 1641, Richelieu firmó una Alianza con Portugal. A pesar de que un importante sector de la nobleza portuguesa se opuso a la secesión, el apoyo francés, y más tarde británico, obligarán a España reconocer en 1668 la independencia portuguesa.
El cuestionamiento de la unidad peninsular alcanza tales cotas que algunas destacadas cabezas pretenden tomarse el reino por su mano. En Andalucía fue descubierta la conspiración nobiliaria del duque de Medina Sidonia y del marqués de Ayamonte, que pretendían tomar el poder en esta zona contando con el apoyo portugués. En 1648 se volvió a descubrir otra intentona de ruptura con Castilla, esta vez procedente de tierras aragonesas y cuyo protagonista era el duque de Híjar, que pretendía proclamarse rey de Aragón.



La intervención francesa provoca la fragmentación peninsular, con nefastas consecuencias

 para los territorios empujados hacia las aventuras secesionistas. 


El carácter de agentes franceses y enemigos de Cataluña de los máximos promotores 
de la secesión quedará demostrada en su colaboración con el invasor galo.




Pocos meses después de que los dirigentes del partido profrancés enarbolaran la negativa a cualquier tipo de colaboración militar con la Corona española, aceptaron facilitar el desembarco de tropas francesas en puertos catalanes, sufragar las tropas de Luis XIII y enviar a Francia nueve rehenes como garantía. Condiciones mucho más duras que las exigidas por Felipe IV.

Los privilegios locales que los Claris, Tamarit, Villaplana dicen defender son pisoteados por los invasores. El gobierno catalán, que hasta entonces permanecía celosamente en manos locales, pasa a manos francesas. Francia nombró un Gobernador y luego un Virrey, impuso en las instituciones catalanas individuos adictos a París, estableciendo el derecho de veto sobre las listas de candidatos a cargos institucionales, o suprimiendo de ellas los nombres de los posibles desafectos a la causa francesa. Richelieu había dado instrucciones de que se nombraran gobernadores catalanes en cada localidad conquistada pero poniendo a su lado “un francés particularmente hábil y decidido, que ejerza verdaderamente el poder”.

El coste del ejército francés para Cataluña era cada vez mayor, y cada vez se mostraba más como un ejército de ocupación. Mercaderes franceses comenzaron a competir con la burguesía comercial local, pero favorecidos por el gobierno francés que convirtió a Cataluña en un nuevo mercado para Francia. Todo esto, junto a la situación de guerra, la consecuente inflación, plagas y enfermedades llevó a un descontento de la población que iría a más conscientes de que su situación había empeorado con Luis XIII respecto a la que gozaban con Felipe IV.

Las tropas francesas son obligadas a abandonar gran parte territorio catalán. Pero el tratado de los Pirineos, en 1659, con el que se da fin a la guerra, anexionará a Francia el Rosellón, Conflent, Vallespir y parte de la Cerdaña.

Mientras que Felipe IV decreta una amnistía y respeta los fueros y privilegios catalanes, en la parte francesa Luis XIV ordena la supresión del Consejo General de Cataluña, la Diputación y las demás instituciones catalanas, al tiempo que prohíbe el uso oficial del catalán “por ser contrario a mi autoridad y al honor de la nación francesa”.

Destacados miembros del partido profrancés catalán se exiliarán en el Rosselló ocupado por Francia, ejecutando, al ocupar importantes cargos locales, la política centralizadora de Luis XIV.

Por su parte, el Portugal formalmente independiente pronto quedó satelizado por Londres. Lisboa perdió una sustancial parte de su imperio (Malaca, Mascate, Tidore, Ceilan, Cochín, Tánger, Azemmur, y Bombay a Inglaterra). Al año siguiente, el matrimonio de Catalina de Braganza con Carlos II de Inglaterra selló una alianza que pronto se transforma en dependencia. En 1703, el tratado de Methuen reservó el mercado inglés a los vinos de Madeira y de Oporto; a cambio, Inglaterra podía colocar libremente el trigo y sus géneros de lana en Portugal, que a partir de entonces se dedicó al monocultivo de la vid, y participar en el comercio de Brasil.



Factores internos e influencias externas en los orígenes del nacionalismo en España








La intervención de Inglaterra y Francia va a provocar el fracaso de la Iª República, y de las corrientes federalistas e iberistas que se habían convertido en la alternativa de importantes sectores de la burguesía peninsular. Desencadenando, especialmente en Cataluña, la transformación de una parte considerable de estas fuerzas hacia el nacionalismo.

Se ha difundido que las fuerzas nacionalistas están, por su propia naturaleza y desde su mismo nacimiento, enfrentadas a la unidad y en permanente conflicto “con Madrid”. Los hechos históricos dicen exactamente lo contrario. El nacionalismo catalán hunde sus raíces en las corrientes iberistas que propugnaban un reforzamiento y ampliación de la unidad peninsular.
A partir de las revoluciones de 1854, y sobre todo de 1868, se abre un periodo donde, como expresa el historiador Pierre Villar, “España pueda gobernarse a sí misma”.
Es entonces cuando los  sectores más dinámicos y avanzados de la burguesía española se articulan en torno al iberismo, una corriente ideológica y política que propugna la unión de las dos naciones peninsulares (España y Portugal) en una única entidad política. El ideal iberista se hace especialmente fuerte entre los liberales (y entre ellos en sus sectores más progresistas) y entre los republicanos federales. De forma particularmente importante precisamente en Cataluña.
El iberismo no se expresa de forma romántica, sino bajo la forma de una alternativa política que formula explícitamente tres grandes objetivos:
1.- En primer lugar dotar de una plena eficiencia al desarrollo del capitalismo que en ambos países está en sus inicios y es extremadamente débil.
Potenciando el desarrollo económico de la Península con unas comunicaciones e instrumentos económicos comunes: diseño unificado de la red de ferrocarriles y carreteras,  la navegación de los ríos y la conexión entre el Duero y el Ebro, la unión del Mediterráneo y el Atlántico,  supresión de aduanas, moneda única...
2.- En segundo lugar, el iberismo, al potenciar los vínculos de unidad entre liberales, progresistas y revolucionarios españoles y portugueses buscaba dotar de una mayor fuerza a los partidarios de las transformaciones liberales frente a la fuerte reacción absolutista interna en ambos países.
3.- Por último, entre los sectores más avanzados del iberismo se genera una conciencia de la necesidad de la unión para el fortalecimiento de ambos países, convertidos en su proyecto en una única entidad política estatal, frente a las potencias europeas.
Fernando Garrido, uno de los máximos exponentes del iberismo, diputado en 1869 y 1872 y seguidor de las teorías socialistas utópicas de Fourier, diría en su libro Los Estados Unidos de Iberia: “Ni España ni Portugal pueden ejercer su legitima influencia en la política de Europa ni en la de las Américas y por su aislamiento están en África anulados [pero] federándose asegurarían su independencia y la conservación de sus todavía vastas provincias ultramarinas”.
El auge del iberismo va a enfrentarse a los intereses de dominio imperialista.
Nada más proclamarse la Iª República, el gobierno inglés envió un memorándum secreto a su homólogo francés manifestando su voluntad de no permitir jamás el triunfo de un movimiento iberista en la península.
La intervención de Londres y París va a poner fin a la primera experiencia republicana, abriendo paso a la restauración monárquica. Acelerando la fusión entre los círculos más reaccionarios de la burguesía y la aristocracia, que contó con la bendición incondicional de la Iglesia y el beneplácito de las potencias imperialistas de la época, en particular de Inglaterra y Francia, que se apoyaban en estos sectores precisamente para impedir el desarrollo de un capitalismo autónomo (y por tanto rival) y para intervenir en los asuntos internos de España.
Los sectores de la burguesía media y la pequeña burguesía (que desde Cataluña, con Prim o Pi i Margall, habían jugado un importante papel en la política española) son excluidos de cualquier participación en el aparato estatal.
Estos son los hechos que van a determinar la evolución de estos sectores hacia el nacionalismo. Con mayor velocidad tras la crisis del 98 y la amputación de Cuba -cuyo comercio era clave para la economía catalana- a manos de la nueva potencia imperialista emergente, los EEUU.
Sin embargo, las concepciones iberistas no van a desaparecer, y reaparecerán enarboladas por los sectores más progresistas del nacionalismo catalán o gallego en la IIª República.

Junto a estos factores internos, esta transición desde el republicanismo federal hacia el nacionalismo, va a estar marcada también por la influencia ideológica y política que irradia, a partir de 1870, la nueva potencia imperial en ascenso en Europa: el nuevo Imperio Alemán unificado o Segundo Reich.
Los nacionalismos en España empiezan a eclosionar poco tiempo después de que se haya producido un cambio sustancial en la correlación de fuerzas y el equilibrio entre las distintas potencias europeas. La derrota de Napoleón III ante las tropas de Bismarck marca el cambio en la supremacía continental, que pasa a Berlín.
Las formas ideológicas y políticas que adquieren los nacionalismos en España estarán en correspondencia con la irradiación política y cultural que se propaga desde allí como nuevo centro de expansión imperialista. Y no porque exista una relación mecánica entre las fuerzas políticas nacionalistas españolas y el imperialismo alemán, ya que en aquel momento Alemania no tiene ningún interés en promover una ruptura de España que únicamente beneficiaría a Francia, la potencia con la que se está jugando la hegemonía europea.  
Sin embargo, el mismo hecho de que sea un poder imperial en ascenso y expansión hace que las formas político-ideológicas que históricamente había adoptado el nacionalismo alemán para su unificación sean las que predominen en el surgimiento de esta segunda oleada de nacionalismos europeos. Unas concepciones, además que se apoyan en toda la serie de desarrollos impulsados desde Alemania que en el campo de las ciencias (historiografía, antropología, socio-lingüística, biología,..) dominan el pensamiento europeo de la época.
Un nacionalismo que se basa de forma determinante en el volkgeist (“el espíritu, el genio del pueblo”), es decir, en una especie de esencia o de valores cuasi genéticos que cada pueblo posee y que le hace diferente de los demás. Desde esta concepción, la raza, el territorio, la lengua o la tradición son los elementos que aglutinan al pueblo que conforma una nación. Y esto, además, es algo que le viene dado a cada individuo que forma parte de esa colectividad, y es, por lo tanto, independiente de la voluntad de sus habitantes.
La influencia de estas concepciones en el nacionalismo vasco resulta evidente en las teorías racistas de Sabino Arana, pero de ellas tampoco se libran el resto de los nacionalismos.
Muchos de los padres intelectuales del nacionalismo catalán aplaudieron la aparición en 1887 de un libro, “Herejías” de Pompeu Gener (adscrito al republicanismo federal para después reconvertirse al nacionalismo) cuya tesis central es que “existe una raza catalana de origen ario-gótico, superior al resto de pueblos peninsulares, de raíces semíticas. Mientras que los catalanes reconquistaron pronto sus territorios y entraron bajo la benéfica influencia aria de los francos, Castilla pasó largos siglos dominada por los semitas árabes y bereberes, lo que explica la radical diferencia e incompatibilidad e ambos pueblos”
Aunque ocupando una posición subordinada y secundaria a sus objetivos políticos, las ideas de diferenciaciones y superioridades raciales, de incompatibilidad de unos pueblos con otros forma parte de su “humus” ideológico, aunque permanezca en estado latente o sea enarbolado sólo por sus sectores más radicalmente independentistas, para los que “la raza constituye la única fuente de cultura y debe mantenerse pura”.
Como el diputado por el ala radical de ERC, Pere Mártir Rosell, que en 1930, presentará, ante el peligro que la “mezcla entre catalanes y no catalanes conduzca a la degeneración”, un “Plan para la mejora de la raza catalana”, elaborado directamente desde sus experiencias sobre la mejora genética del ganado durante su etapa como director del Servicio de Ganadería de la Mancomunitat catalana. Para estos sectores del radicalismo independentista, “la raza constituye la única fuente de cultura y debe mantenerse pura”.

La fuerte influencia de estas concepciones etnicistas y racistas propias del nacionalismo alemán en las distintas corrientes nacionalistas españolas no podían jugar, excepto en el caso vasco, un papel determinante en sus estrategias políticas, al no existir paralelamente un  proyecto estratégico imperialista que les diera cobijo. Pero resultan especialmente peligrosos en el momento en que cambia la orientación del imperialismo alemán.