viernes, 20 de diciembre de 2013

La productividad, el reparto del trabajo y las pensiones



En los comienzos de la industrialización los obreros contemplaban las máquinas como una gran amenaza, pensaban que podían robarles su puesto de trabajo. 





Su preocupación en lo inmediato no carecía de cierta lógica.
Veían que allí donde se necesitaban cien trabajadores, una vez mecanizada la producción eran suficientes cincuenta para fabricar lo mismo.
Sin embargo, andando el tiempo se ha visto que los descubrimientos científicos, la tecnología y la mecanización han hecho posible el desarrollo y han elevado el nivel y la calidad de vida de la clase trabajadora.
Y todo ello gracias a los incrementos de productividad, que, aunque algunos pretendan confundir ambos conceptos, dista mucho de identificarse con la competitividad. De hecho, hoy la mayoría de los países y de las empresas buscan la competitividad prescindiendo de la productividad por el mecanismo de hundir las condiciones laborales y sociales.
Podemos afirmar sin lugar a equivocarnos que en el origen del desarrollo social y económico de las sociedades se encuentran los enormes incrementos de productividad acaecidos a lo largo de los años.
Pero ha sido necesario algo más: un pensamiento y una ideología que propugnase que todos los ciudadanos se beneficiasen de esos incrementos de modo que no fuesen destinados únicamente a aumentar el excedente empresarial.
Esas mejoras deberían servir para acrecentar las rentas del capital, sí, pero también para subir los salarios, e incluso para mantener económicamente a aquellos que coyunturalmente no puedan trabajar, y todo ello mediante el incremento de los ingresos del Estado que redundaría en beneficio de todos los ciudadanos a través de las prestaciones sociales.
Los incrementos de productividad favorecieron a los trabajadores mediante dos vías diferentes.
En primer lugar, por un incremento de sus retribuciones abandonando las retribuciones de subsistencia, y rompiendo así la ley de bronce de los salarios y desmintiendo a Malthus, a David Ricardo e incluso a Marx. En segundo lugar, disminuyendo la cantidad de trabajo que deberían aportar, no solo mediante la reducción de la jornada de trabajo, sino también por el sistema de acortar su vida laboral.
Los incrementos de la productividad y su reparto hicieron posible superar los salarios de miseria, pero también que la jornada laboral fuese reduciéndose progresivamente, y que los niños y las mujeres saliesen de las fábricas y abandonasen las condiciones inhumanas que, por ejemplo, nos narra Dickens.
Poco a poco se fue retrasando la edad de incorporación al mercado laboral, con lo que se generalizó la educación e instrucción de los menores.
Se creó un nuevo reparto de funciones en el seno de la familia.
Ya no resultaba necesario el trabajo en el exterior de todos sus miembros y, por regla general, era el varón el que alquilaba su fuerza de trabajo en el mercado laboral mientras que la mujer se dedicaba al cuidado de la casa, de la prole y de los ancianos.
Según iba aumentando la esperanza de vida, se posibilitó, además, gracias a la participación del Estado en los incrementos de productividad (impuestos, cotizaciones etc.), que no hubiera que continuar trabajando hasta el último minuto de la existencia puesto que se podía contar con una pensión digna. Y era la participación del Estado también la que garantizaba que incluso en los momentos de crisis económica los parados disfrutasen de una prestación económica hasta que encontrasen empleo.
Si en un principio la población activa coincidía con la población total, exceptuando a los nobles y algunos burgueses que vivían de las rentas, progresivamente sin embargo fue viable que un porcentaje cada vez menor de trabajadores, con una jornada incluso más reducida, produjesen más y mantuviesen por tanto a la población total.

Trabajar menos y cobrar más

Todo ello era posible gracias a los incrementos de productividad y a su reparto.
Ciertamente que no todo fue perfecto, que su aplicación no fue total y homogénea en todos los países, pero esta era la tendencia y sobre todo la teoría sobre la que se asentaban las sociedades, discurso que si en un momento recibió el nombre de socialdemócrata, fue asumido de forma más o menos total por las otras fuerzas políticas y sus principios incluidos en las constituciones de los distintos países.
Desde hace ya bastantes años, la tendencia no obstante ha cambiado.
Ciertamente no es que hoy hayan disminuido la innovación y la tecnología y que por lo mismo los incrementos de productividad sean menores, todo lo contrario.

El problema está en el reparto. 

Según se han ido imponiendo los principios del neoliberalismo económico y se ha ido extendiendo la libre circulación de capitales, estos imponen sus exigencias a las sociedades y a los gobiernos, y reclaman para sí todo el aumento de la productividad, incluso pretenden que salarios y pensiones no se actualicen de acuerdo con la inflación, es decir, que esta se convierta en sus manos en un arma para transferir rentas a su favor.
La consigna ahora es la de ese buen presidente de la patronal ahora en la cárcel: trabajar más y cobrar menos.
La mujer se ha incorporado de nuevo al mercado de trabajo, lo que podría haber sido muy positivo desde el punto de vista de los derechos femeninos si hubiese venido acompañado de una nueva distribución funcional en el seno de la familia, con la reducción de la jornada laboral de ambos cónyuges, o al menos con la asunción de determinadas funciones por el Estado (guarderías, cuidado de ancianos, enfermos, etc.), lo que hubiese precisado de una apropiación por parte del Estado del incremento de productividad.
Nada de eso se ha hecho, las jornadas laborales son cada vez más elevadas y el sector público se desentiende progresivamente de sus funciones sociales.
El resultado es que la familia aporta en la actualidad al mercado laboral el doble de horas de trabajo.
La Oficina Presupuestaria del Congreso de los EE UU, al analizar las modificaciones producidas en la distribución de la renta tras el gobierno de Reagan, llegó a la conclusión de que en la mayoría de los hogares los ingresos seguían siendo similares, con la diferencia de que ahora eran dos los sueldos que los producían, es decir, el doble de horas trabajadas.
El nuevo discurso aparece en todo su esplendor en el tema de las pensiones, puesto que basa la inviabilidad de estas en el incremento de la esperanza de vida y en la reducción del porcentaje entre activos y pasivos. Pero es que precisamente los incrementos de productividad para lo que deben servir es para que cada generación pueda vivir mejor que la anterior, trabajando menos horas a lo largo de toda la vida, lo que incluye que la proporción entre sus etapas activa y pasiva disminuya.
En los últimos treinta años la productividad en la economía de los países se ha incrementado de forma espectacular, pero, dados los avances tecnológicos, todo hace prever que en el futuro lo pueda hacer en un porcentaje aún mayor. ¿Dónde se encuentra entonces la dificultad? Tan solo en el sistema de reparto, en la pretensión del capital y de las clases altas de apropiarse de todo el incremento de la productividad

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